Se fue el Tata, el gladiador que era suplente y se convirtió en héroe

José Luis Brown no tenía ni club cuando Bilardo lo llevó al Mundial del 86 y poco antes se había roto la rodilla. Pero Passarella se enfermó y el central terminó de titular y con un gol ante los alemanes en una final que jugó lesionado.

Por Luciano Carrera

Faltan horas para el debut ante Corea del Sur. José Luis Brown se prepara para verlo desde el banco. Desayuna como cada día y regresa a su habitación en la concentración del América. Pero en el camino se cruza con Carlos Bilardo. El técnico que lo conocía de Estudiantes y lo llevó al Mundial pese a su rodilla castigada. “Hola, Bron, ¿cómo estás?”, le pregunta el Narigón, que pronunciaba mal el apellido del hombre al que le estaba por cambiar la vida. “Bien, por fin llegó el día”, le contesta el defensor. El técnico camina unos pasos más, se da vuelta, y lanza una frase que le atraviesa el corazón: “Ahh, Bron, mirá que hoy jugás vos”. El Tata sigue camino a su pieza, cierra la puerta y empieza a recordar. El esfuerzo del viejo en el almacén, el de la vieja sumando el mango como empleada doméstica, el de su hermano mellizo y el otro, el mayor, con los que compartía una habitación separada de la cocina por una tela. El de la escuela-hogar de su pueblo en la que pasaba casi todo el día porque allí le daban tres comidas diarias que en casa no tenía. José Luis Brown tiene 29 años, pero llora como un pibe.

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No había caso. Las lágrimas se repetían cada vez que se prendía una cámara y José Luis recordaba aquella final. Su salto eterno hacia la gloria, el hombro roto, la camiseta agujereada para seguir en la cancha y terminar de cumplir todos los sueños posibles del pibe humilde de Ranchos que se transformaba en Campeón del Mundo. Pasaban los años y se repetía la imagen. Hoy nos toca a nosotros llorar por él.

El paso del tiempo agrandó aquella hazaña lejos de casa. Las finales perdidas y los golpes mundialistas agigantaron a esos héroes de México 86. Pero no hacía falta. Dejaron marcadas a varias generaciones por el título alcanzado, y por las formas. El Tata es un ejemplo de todo eso. De cómo dejar la vida por camiseta Albiceleste, de cómo quemarse la piel en busca de la gloria. Sin club, con la rodilla maltrecha desde hacía dos años, fue a México a sumar y terminó siendo un emblema, una imagen imperecedera, un caudillo que marcó su primer gol en la Selección en una final del mundo ante Alemania y que no sacó de la cancha siquiera una luxación en un hombro. Un guerrero que generó orgullo y hoy le rompe el corazón al mundo futbolero con su partida.

El Tata había entrado en la lista mundialista con mucho esfuerzo. Padecía por su rodilla desde hacía dos años, tanto que Deportivo Español lo había dejado libre porque no termina de curarse. Bilardo, que lo conocía desde hacía 10 años y lo había hecho debutar, lo llevó igual. La mala suerte de Daniel Passarella, el gran capitán del 78, le dio el giro de fortuna a su historia en ese Mundial. Su compañero de habitación tuvo un problema con una bacteria que lo sacaría de toda la Copa del Mundo y el tata heredó su lugar. Y la gloria.

"El día del debut, mientras nos cambiábamos en el vestuario, entra Don Julio (Grondona) a saludarnos, uno por uno. Tenía un papel en la mano, me pregunta cómo estoy y se va a hablar con Carlos. Yo miro de reojo y veo que hablaban de mí, porque me señalaban. Enseguida viene Don Julio y me da el papel. Era un telegrama de mi familia deseándome suerte. Mi familia sabía todo lo que había sufrido para llegar ahí: los dos años luchando con la rodilla, mis viajes a dedo para jugar en Estudiantes, mi infancia en la escuela-hogar, puffffff, tremendo", contó años después.

Ese 2 de junio Brown debutó en una Copa del Mundo como líbero de una defensa impasable, que no regaló un mano a mano en ninguno de los siete partidos de esa Copa. Veintisiete días después, era campeón del mundo. Y con un gol en la final. Su cabezazo goleador ante los alemanes que abrió el 3-2 no fue la foto eterna de ese 29 de junio. Hubo otra que no se olvidará jamás. La del Tata lesionado, con un hombro luxado y el dedo pulgar de la mano derecha metido dentro de la camiseta, en un agujero salvador, para aguantar el dolor y terminar el partido en cancha, para coronar su obra, para ser campeón del mundo.

"El dolor era insoportable", decía el Tata: "Pero lo miré al doctor Madero y le dije: "ni se le ocurra sacarme". Yo no salía ni muerto de la final. Me mordí la camiseta y seguí. Pasé millones de cosas duras en mi vida para vivir ese momento y ni una lesión ni nada me iba a sacar. Pensá que en la historia del fútbol argentino hay solo 5 tipos que metimos goles en una final del mundo, y yo soy uno de esos 5. Son recuerdos maravillosos e imborrables, hasta hoy se me pone la piel de gallina y me emociono". Ahora la emoción es de nosotros.

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