Se vieron 40 años después y viven un amor de novela
Sara Aedo
Neuquén.- La vida es una calesita en la que en cada vuelta hay un nuevo paisaje y una nueva historia por vivir. La música de fondo es el amor que mueve al mundo y del que muchos no quieren ni pueden escapar.
Si hace falta un ejemplo, basta con la historia de Graciela y Edgardo, dos personas que vivieron gran parte de su vida a escasos metros de distancia pero que el tiempo los reencontró más de 40 años después.
De manera sorprendente, la vida los llevó por caminos muy similares. A sus 57 años, Graciela tiene una hija de 41 y tres nietos, de 4, 9 y 25 años. Trabajó en el departamento de Vialidad zapalino, donde se jubiló y además dio clases de contabilidad. Edgardo tiene 61 años, una hija de 33 y dos nietos de 9 y 6. Durante casi 10 años trabajó en el mismo edificio que Graciela, a quien podía reconocer vagamente y de nombre.
Se movían por las mismas cuadras, en los pasillos de la misma escuela e incluso compartían un profundo amor por Mimí, la persona que los uniría definitivamente, aunque nunca iba a llegar a saberlo.
El contacto
Mimí murió en enero de 2015 en Bahía Blanca. Era la hermana de Edgardo, con quien después de la separación de sus padres mantenía un contacto esporádico pero un profundo interés. Era, también, la mejor amiga de la niñez y adolescencia de Graciela. Por alguna razón, la muchacha nunca soltó prenda sobre su hermano frente a su mejor amiga.
Quizás la compleja realidad que vivía una familia desmembrada y el peso que eso podía significar hace más de cuatro décadas hizo que las presentaciones entre el hermano y la amiga no fueran posibles.
Desde Bahía, donde también vivía en ese entonces, y en medio del dolor de la pérdida, Edgardo comenzó a contactar a los conocidos de Mimí para ponerlos al tanto de la triste noticia. Amigos en común sobraban y gracias a Facebook el hombre dio con la que hoy es su novia. La charla comenzó por los recuerdos de Zapala y devino en un amor online, con un pronóstico inmejorable.
“Me gustaba chatear con él porque era una charla picante”, asegura Graciela entre risas. Una mujer que desde su simpatía y espontaneidad supo marcar la cancha en un terreno donde los hombres no le generaban demasiada confianza. “A mí no me gustan las comparaciones”, dijo firmemente Edgardo, y la confianza empezó a crecer.
Mimí, la hermana de Edgardo, era la mejor amiga de Graciela, pero ellos prácticamente no se conocían.
El reencuentro
La primera vez que se vieron cara a cara, después de 40 años, fue el día que decidieron encontrarse en Neuquén para tomar un café. Era un 24 de septiembre y llovía. Una película de amor que estaban dispuestos a rodar hasta el final feliz.
“Ahora estoy más tranquilo y más protegido”, dice él y ella agrega, al mejor estilo Jerry Maguire: “Él me complementa”.
Todavía no están seguros de cuáles serán los próximos pasos. Es más, aún no hay convivencia porque Edgardo se mudó, pero no a Zapala sino a Neuquén capital.
Es que no hay apuro y la vida es el día a día, el escape de la rutina. Para este Día de los Enamorados tienen pensado un viaje que comienza en Junín de los Andes y puede que termine en El Bolsón. Aunque nada quita que la luna de miel se extienda un poco más.
A Edgardo le gusta la paz de la convivencia, el mate preparado cuando recién asoma el sol y los pájaros comienzan a cantar. Graciela, por su parte, prefiere empezar el día a su ritmo y tener en mente un rumbo indefinido. Convivir no es un proyecto inmediato, pero no están cerrados a nada. Es que no hay ningún tren que no vuelva a pasar, ni mandatos sociales que cumplir más que compartir este amor que tardó más de 40 años en llegar.
La primera divorciada de Zapala
Entablar una relación en la sexta década de la vida de una persona puede presuponer muchos prejuicios. La mejor manera de combatirlos es vivirlo. Graciela y Edgardo se animaron a un noviazgo lleno de nuevas experiencias después de la jubilación.
“Ya no tenemos que rendir cuentas a nadie”, sostienen. Ambos pasaron por matrimonios que dejan un mal sabor y una familia entera que mantener. Graciela fue la primera mujer legalmente divorciada en Zapala, en épocas donde muy pocas se animaban ni siquiera a pensar en la posibilidad de independizarse de un matrimonio infeliz. Por eso, lo que valoran más que nada es el tiempo libre del que ahora disponen, la vitalidad que les sobra y la libertad de los prejuicios sociales. Porque así es como deciden vivir esta relación, llena del aire del amor y de los nuevos tiempos.
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