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La Mañana

“Soy un mentiroso profesional"

Actor y galán. Acaba de estrenar El patrón, radiografía de un crimen, un film que lo obligó a transformarse físicamente y a meterse en temas como la explotación laboral y la cárcel. Sin pareja a la vista, habla de todo, pero muy poco de su vida privada.
Paula Bistagnino
Especial
 
Es serio. Demasiado serio. Él dice que más por timidez que por seriedad. Habla lento, con largos silencios antes de cada respuesta, y los ojos azules, casi inverosímiles por el contraste con su color de piel morena, se clavan en algún lado incierto mientras busca la respuesta. Cuando la encuentra, habla muy despacio y mira fijo, concentrado. Siempre serio: “No, no es cierto. Nunca pude haber dicho que los papeles que interpreto se meten en mi vida. Yo tengo muy bien separado el trabajo de mi vida real y no se me confunden en absoluto. No tengo una relación para nada esquizofrénica con la profesión y no estoy nada de acuerdo con esa escuela de interpretación. Yo trabajo de mentir. Soy un mentiroso profesional. Y me encanta”, responde Joaquín Furriel (40), con una velocidad y reacción inesperadas en la conferencia de prensa de su nueva película, El patrón, radiografía de un crimen. Con la misma que (no) contesta sobre su estado sentimental: “Estoy acompañado por mi familia y amigos”, dice el actor, que hasta hace poco estuvo en pareja con Naomi Preizler (24) y es padre de una nena de 7 años que tuvo con su ex mujer, Paola Krum. Y no habla más de su vida privada. 
¿Cómo viviste tu transformación física para el papel de Hermógenes?
Mal. La primera prueba de maquillaje fue incómoda: no me gustaba nada, sentía que me estaban invadiendo y que era exagerada. Tuve que trabajar en conjunto a lo largo de todo el rodaje con la maquilladora, porque ella componía también mi personaje en una parte importante. Y no fue fácil congeniar…
Sos actor. Debés estar acostumbrado a no reconocerte.
No. Aún siendo actor es muy difícil no reconocerse. Fueron muchos cambios: color de tez y de pelo, lentes de contacto, prótesis dental, otro corte de pelo. Esa incomodidad me acompañaba en la hora y media cotidiana de preparación con alguien trabajando en mi cara. Y además tengo un problema con los lentes de contacto. Ya los había tenido que usar en una película de Luis Ortega y me volvía loco: le pegaba piñas a la pared…
¿Hay algún trauma ahí?
Sí. Siempre la gente con los chicos tiene algún tipo de obsesión con algo: si tienen cachetes, les agarran los “cachetitos”. Y a mí, como tenía una cara chica con los ojos grandotes, la gente se me venía encima diciendo “los ojos”. Se ve que me quedó un trauma con eso. De hecho, no dejo que nadie me los toque, ni siquiera que me pongan gotitas en los ojos…
Pero sí que te miren…
Sí, sí, que me miren sí. 
El film te contactó con el mundo de la pobreza, la explotación laboral, la cárcel.
La película visibiliza a un montón de gente que no está presente mediáticamente, que uno la ve como parte del paisaje urbano. Es detenerse en una problemática que es parte del sistema en el que vivimos, que hace que para que algunos vivan muy bien, otros deban vivir completamente aplastados. Esa es la metáfora de la película.
Hay dos grandes personajes que hiciste en teatro, en Final de partida y en La vida es sueño, que tienen una cosa también de sometimiento…
Me quedé pensando que sumando La mala sangre, ya estoy para hacer un master de sometimiento, porque son varios personajes que fueron abusados… Creo que lo que tienen todos que me gusta mucho es el trabajo físico que implica ser actor. En cuanto a Hermógenes, que es el personaje de esta película, lo central es su analfabetismo y todas las carencias de herramientas que tiene. Ese vínculo en el que alguien, porque no tiene nada, es vulnerable frente a cualquiera que quiera someterlo. Porque ni siquiera entiende lo que le está pasando, porque no tiene posibilidades de análisis crítico. El tema de “el patrón” es lo más fuerte… Creo que ni siquiera hay traducción en otros idiomas. Es algo muy nuestro, de nuestra historia y de nuestra sociedad: los dueños de este país fueron patrones. Y por eso ante cualquier intento que hubo o que hay para formalizar esto y correr esas figuras, hay reacciones muy “reaccionarias”, justamente. Porque a esa clase, no sé cómo llamarla, le conviene un país sin Estado. 
¿Qué te quedó de meterte en ese tema?
Me enriqueció. Pero no me sorprendió. Porque conozco muchísimo todo el país, porque he viajado como mochilero de Ushuaia a La Quiaca. Tantos chicos son arrojados desde muy chicos a trabajos de explotación. En este caso en Santiago del Estero, donde también estuve y es realmente increíble: hay una clase privilegiada con un nivel de ostentación llamativo y un pueblo sometido. Son verdaderos feudos. Y hay toda una clase social, sobre todo en el interior, porque las ciudades son más complejas en este sentido. Son los monotributistas que viajan diez veces por año a Miami. Y son los reaccionarios de las políticas fiscales y de derechos humanos, de la legalidad que los puede tocar. Porque quieren seguir siendo los tipos que trataban esclavos hace 200 años y que fueron como el ejemplo del empresario argentino. 
No es común oírte hablar de estos temas.
Depende del papel. Pero en general la televisión va por otro lado y está bueno que el cine indague en otros temas en los que quizá la televisión no entra, no del mismo modo al menos. Pero yo me formé en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático y tengo con qué ponerme en la piel de alguien que no se parezca a mí, un pibe al que le tocó una vida privilegiada y que habla como un porteño. He estudiado las hablas regionales, así que estaba preparado para poder hacer este papel. Y realmente estoy muy contento de haberlo hecho.

 

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