Una cárcel vieja, mil historias y ocho gatos

Una recorrida por el edificio que se levantó hace más de un siglo. Allí funcionó la U9.

Por Mario Cippitelli / cippitellim@lmneuquen.com.ar

Los cuento. Son ocho gatos. Tal vez sean más. Pero a la vista son ocho. Están desorientados y sorprendidos por la visita. Hasta hace poco convivían con el ruido y se alimentaban de las sobras de la cocina o de lo que les daban los presos, pero en cuestión de días la vida cambió para ellos, como cambió su hogar y su entorno: la cárcel federal a la que llaman U9 se mudó y quedó vacía. En cada paso retumba el eco en los rincones porque ya no hay murmullos, gritos ni llantos. Ni siquiera las risas, si es que alguna vez retumbaron. No hay más vida que la de los gatos que deambulan como pidiendo una explicación.

Ahora son periodistas que ingresan por primera vez para conocer el edificio y ver las instalaciones para imaginarse cómo era la vida en un presidio viejo con 200 personas alojadas y otras tantas que las vigilaban.

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Hay autoridades penitenciarias que hacen de guías para recorrer una parte de la cárcel que fue y que a partir de ahora se destinará a un espacio urbanístico que se integrará a la ciudad. Los gatos siguen los movimientos a una distancia prudente, desconfiados y tal vez esperanzados en que los nuevos visitantes se queden allí por un buen tiempo y para que todo vuelva a ser como hasta hace unos pocos días.

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El lugar es sombrío, húmedo y con un olor a encierro que llega a causar náuseas, pero que a la vez permite entender que en buena parte de ese edificio no entró el sol en más de 100 años. Tampoco el aire fresco.

Paredes descascaradas, pisos que alguna vez tuvieron un alisado de cemento o baldosas y que ahora son apenas un tablero de ajedrez pisoteado. Ruinas que fueron el hogar de muchos, cientos, miles.

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Por los pasillos y pabellones vivieron y murieron hombres, todos imperfectos. Asesinos, violadores, ladrones, infelices que pagaron sus delitos con la libertad.

El Pabellón 2 es el lugar elegido para la visita. Se trata de la construcción más vieja de la cárcel que se levantó con fuerza bruta, allá por 1911, cuando Neuquén era un pueblito. Dicen los guías que hasta hace poco estaban alojados allí los presos con buena conducta o con un proceso avanzado. En definitiva, los que no traían problemas. En el piso superior, vivía otro grupo, que lo integraban los que alguna vez pertenecieron a las fuerzas de seguridad y que torcieron su destino. Estaban aislados por temor a que el resto de los internos les hiciera algo, o los matara.

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Fue tan reciente la mudanza que las habitaciones del pabellón están como si las hubieran abandonado hace apenas unas horas. Las camas están revueltas y los colchones doblados, tal vez por la última requisa. Hay algunas camisetas, calzoncillos y medias tiradas por el piso, al lado de revistas viejas que se leyeron vaya a saber cuántas veces. Las ventanas están en lo más alto, pero están tapadas con papel para que no entre la luz. Dicen que las bloquearon para dormir mejor, en cualquier momento del día. En una cárcel el paso del tiempo siempre es relativo, igual que las horas.

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Al costado de las piezas, que tienen espacio para cuatro camas, están los baños. En un lugar se ubican las duchas separadas con lienzos de plástico que hacen de cortinas, opacas, sucias y descoloridas; en otro, los sanitarios. Todas las instalaciones hacen juego con el resto del pabellón: dependencias derruidas, viejas, rancias.

Los guardias y autoridades que ofician de guía parecen no conmoverse con cada detalle que se descubre en la recorrida. Están acostumbrados al encierro y al lugar, a lidiar con los hombres imperfectos, desde los más malos hasta los más dóciles, los famosos, los del apodo.

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La caminata sigue aunque la consigna es no recorrer más que el Pabellón 2 y algunos sectores comunes de la cárcel, como el patio de las visitas, que tiene un jardín desordenado que agoniza por la falta de agua, y la famosa pasarela por la que durante un siglo caminaron los guardias para cuidar que no se escapara nadie, aunque no siempre lo lograron.

Es un camino que bordea todo el presidio, con un piso suspendido de bloques de hormigón que tiemblan con cada paso y que lo interrumpen varias garitas que apenas si sirven de refugio.

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La recorrida no dura mucho porque el espacio a mostrar es acotado. Pero en cada lugar por el que uno camina se siente observado por esos varios pares de ojos curiosos que se asoman y parecen multiplicarse en cada pasillo o rincón. Son los ocho gatos desorientados. Los que conocieron todas las historias, los testigos discretos del encierro. Los que ahora parecen pedir explicaciones por el vacío.

Son los únicos que quedaron. Los ocho misteriosos gatos.

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