Una crisis con pasado, presente y futuro ¿Qué caminos de salida tiene Argentina?

La situación económica de Argentina y los números fríos son preocupantes. Pero hay potencial y chances de salida sin regreso a un modelo cortoplacista.

Por Fernando Schpoliansky - Contador Público/Posgrado en Economía Social

Analizando distintos indicadores económicos, la situación en Argentina es preocupante. Durante el año pasado, el peso se devaluó casi un 100%, la inflación llego al 50% y el país se convirtió en el principal deudor del Fondo Monetario Internacional al contraer un crédito stand by de 57.000 millones de dólares, exponiendo, de esa forma, el manejo de la economía local a las políticas de estabilización y recetas del FMI.

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Transcurrido ya mas de la mitad del 2019, y cerca de las elecciones presidenciales, la tendencia parece sostenerse.

La situación de la economía argentina es de suma fragilidad. Una de tantas causales se puede explicar por su nivel de endeudamiento, que aumentó mas de 20 puntos porcentuales de su PBI entre 2017 y 2019, alcanzando una deuda pública de 97% del PBI.

En la actualidad, la situación económica argentina es sumamente dependiente del ingreso de dólares del FMI. Argentina no tiene formas de financiamiento alternativo.

Es por eso que, gane quien gane las próximas elecciones presidenciales, seguramente deberá conseguir renegociar ese acuerdo con el FMI, que debería implicar una forma de pago atada a la sustentabilidad y el crecimiento de la economía y una extensión en los plazos de pago de los vencimientos futuros.

Con esas condiciones de renegociación, deberíamos dejar de sostener, con respirador artificial, un modelo que es ficticio porque solo se mantiene con préstamos externos.

La fragilidad del modelo

La receta económica que aplicó Mauricio Macri desde su llegada al Gobierno en diciembre de 2015 implicó la necesidad constante de financiamiento vía deuda, la fuga de divisas y la aplicación de un modelo que busca estabilizar ciertos indicadores y brindar rentabilidad a determinados sectores (energético, financiero y agro exportador) e impide cualquier tipo de repunte de la actividad que genere capacidad de repago, generación de empleo e inversiones productivas.

La reducción de los subsidios a los servicios públicos, parte del plan de recorte, disparó las tarifas de estos servicios y alimentó aún más la inflación, a la vez que afectó el consumo al reducir el poder de compra de los argentinos.

La actividad económica, que ya venía sufriendo por la caída del consumo, recibió el golpe de gracia cuando el Banco Central subió más las tasas de interés en busca de contener los precios, encareciendo el financiamiento para negocios y personas.

Otro de los puntos débiles del modelo es la fuga de capitales, ya que la cantidad de dinero fugado alcanza prácticamente el mismo monto prestado por el FMI.

Si se toman en cuenta los tres años y medio de Gobierno de Macri, ese número se eleva a 59.328 millones de dólares, superando los 57.000 millones de dólares del acuerdo alcanzado con el organismo internacional el año pasado.

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El Gobierno, sin embargo, cree que va por buen camino. Recibió en diciembre de 2015 una deuda pública que representaba entre el 41% y el 45% del PBI y la ha llevado hasta el 97%, si se contabiliza el préstamo del FMI. Ese dato no puede disimularse y pesa sobre cualquier perspectiva de crecimiento.

Pero en el Ministerio de Hacienda prefieren resaltar otros datos. Heredaron un gasto público que suponía un 41,5% del PBI y lo han reducido al 37%. La presión fiscal ha bajado del 34% del PBI al 30%, el peso lleva semanas de relativa estabilidad y algunos ya aventuran que la inflación empieza a ser controlada. El Banco Central cumplió con las metas monetarias y extendió el compromiso de crecimiento cero en la cantidad de dinero en circulación hasta fines de 2019.

¿Qué dicen de nosotros?

El Fondo Monetario Internacional ya encendió luces amarillas sobre la economía de Argentina. En su último informe sobre nuestro país, los técnicos del organismo redujeron de 2,2% a 1,1% el crecimiento previsto para 2020 y elevaron de 1,2% a 1,3% la caída del PBI para este año, pero celebraron la austeridad fiscal y la férrea política monetaria aplicada por el Gobierno.

El Banco Mundial publicó hace un par de semanas un informe demoledor titulado “Hacia el fin de las crisis en Argentina”. En él se establece que los argentinos hemos sufrido 15 recesiones desde 1950. De esos 69 años, 23 registraron crecimiento negativo. El único país con peor registro es la República del Congo, un Estado que lleva décadas en guerra civil intermitente.

Continúa el informe mencionando una elevada inflación crónica, punteada por ocasionales episodios de hiperinflación y de deflación, y una moneda extremadamente débil. El peso fue la divisa que más se devaluó frente al dólar en 2018. Perdió la mitad de su valor. Con perspectiva histórica, eso parece casi normal. Desde su creación, en 1881, el peso ha perdido 13 ceros frente al dólar y cambio su denominación en seis oportunidades. Su valor actual, en términos constantes, supone más o menos una billonésima parte del que tenía 140 años atrás.

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Reiteradas crisis financieras y cambiarias y cesaciones de pago a lo largo de décadas hicieron que los argentinos perdieran confianza en su moneda y buscaran refugio para sus ahorros en el dólar. Por eso Argentina es una economía "bimonetaria", y lo que pase con el dólar se siente en los precios domésticos en pesos.

El potencial argentino

Argentina es un país con un entramado productivo heterogéneo, con fuerte presencia del sector industrial pero también agrícola. La industria manufacturera es, con más de 1.300.000 puestos de trabajo (casi 20% de la población económicamente activa), el principal empleador, el que paga mejores salarios y el que presenta menores índices de informalidad en un país con 33% de su población bajo la línea de pobreza. Cada puesto industrial directo genera, además, 2,5 empleos indirectos. Por supuesto, competir con bienes industriales y con valor agregado en un mundo donde la frontera tecnológica se corre día a día, es difícil.

Hoy solo exporta productos primarios y bienes de media y alta tecnología por 500 dólares anuales por habitante, lejos de los países desarrollados. Estos países despliegan políticas de inversión industrial y tecnológica cada vez más sofisticadas que ponen la generación de valor en el centro, como dinamizador de la economía.

¿Cuál es entonces el camino para el desarrollo argentino? Si bien competir es cada vez más difícil, esta diversidad que muestra Argentina es parte de la solución, una oportunidad. Durante muchas décadas predominó la falsa dicotomía entre ser un país industrial o “el granero del mundo”. Hoy el país necesita todo su potencial. No es campo o industria, es “campo, industria y servicios”.

Problemas de raíz

La restricción externa reduce la capacidad que tiene una economía para generar las divisas (dólares) necesarias para afrontar sus necesidades de importaciones para el consumo, la inversión, el pago de deuda y el atesoramiento. Cuando las necesidades de divisas crecen y las fuentes de las mismas no lo hacen en la misma cuantía, aparecen presiones sobre el tipo de cambio, su correlato sobre precios y costos, caída de la inversión, freno a creación de empleo y, en definitiva, el detenimiento del crecimiento económico.

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Tomar deuda no es algo necesariamente malo. La clave es cómo se canalizan esos fondos. La toma de deuda para obras públicas estratégicas que mejoren la competitividad estructural del país (energía, rutas y caminos, ferrocarril, puertos, hidrovías, etc) es algo deseable porque mejora las condiciones de exportación y, por ende, de generación genuina de divisas. Esto ultimo es algo que no ha ocurrido en nuestro país, donde la toma de deuda se fugó por la ventanilla de al lado o se utilizó para ganar enormes sumas de dinero en la “timba financiera”.

¿Qué puede depararnos el futuro?

La medida clave para evitar próximas crisis es tener un plan de desarrollo que siente con claridad las bases para un horizonte productivo y de crecimiento económico sustentable en nuestro país.

Habrá que, rápidamente, fortalecer las exportaciones, el aparato productivo hoy está funcionando con una capacidad instalada del 60% y nuevamente el mercado interno con su principal plataforma que es el consumo. Esto va a permitir “poner a funcionar” nuevamente la economía.

Son necesarias reformas de fondo, impositivas, laborales y de incentivo a las inversiones, sobre todo en ciencia y técnica y bienes de capital con innovación tecnológica, que permitan agregar valor a nuestros productos sin perder competitividad frente al mundo.

Fortalecer aquellos sectores donde tenemos mucho potencial como es el energético. Argentina cuenta con importantes reservas de petróleo y gas, cuya producción va en aumento y ya el próximo año debería comenzar a aportar dólares genuinos. Somos el primer productor de gas en América Latina, tenemos el segundo yacimiento más importante de gas a nivel mundial y la cuarta reserva de petróleo y litio.

El futuro promete ajuste, venga quien venga, aunque con modos diversos. Nos debatiremos entre dos caminos. Uno más duro que seguramente profundizará el proceso planteando una agenda mayor de cambios y ajustes a mayor velocidad que la que se ha llevado adelante, buscando establecer las bases de crecimiento sustentable y duradero, pero sin éxito asegurado. Y otro camino que buscará moderar el “inevitable” ajuste pero con un sesgo más popular, con mejoras mas rápidas pero cortoplacistas, intentado resguardar a los sectores más vulnerables que son su base de sustento electoral.

En un escenario de subestimación de la critica situación actual y de sobre valoración de las capacidades futuras, ¿No sería una buena oportunidad para nuestro país que podamos pensar en recuperar el rumbo colectivo, dejando atrás las posiciones binarias y antagónicas para salir adelante definitivamente?

Fernando Schpoliansky

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