El clima en Neuquén

icon
21° Temp
23% Hum
La Mañana Cutral Co

Crimen de Belarde: la tarde de los 700 tiros en las 450 de Cutral Co

Tras un raid delictivo, tres ladrones tomaron de rehén a una familia. Uno de ellos amagó con entregarse y asesinó a quemarropa al cabo Juan "Lauchita" Belarde, y se desató una balacera de siete horas.

La siesta en que asesinaron al cabo Juan “Lauchita” Belarde, el 31 de enero de 1994, se rompió un código entre ladrones y policías en la comarca petrolera.

La historia tiene todos los condimentos de un clásico policial al mejor estilo Hollywood, pero la acción se desarrolla en medio de la hilera de casas en “L” que están entre los monoblocks de las 450 Viviendas en Cutral Co.

Te puede interesar...

El enfrentamiento se extendió durante casi ocho horas y hasta fue en apoyo un grupo especial de la Uespo desde Neuquén. Tras más de 700 tiros, la balacera concluyó con Belarde muerto y su compañero, Carlos “Teto” Medina, herido. Dos delincuentes cayeron: Juan Carlos “Cara Quemada” Cheuquel y el Peca Sambueza.

Otros tiempos, otros códigos

Siempre la relación entre el hampa y la Policía fue muy estrecha. De hecho, hoy lo sigue siendo. Hay policías casados con hermanas de delincuentes y viceversa. Incluso, conviven en los mismos barrios y hasta se juntan a comer asados porque tienen amigos en común.

Pero años antes, había un código no escrito que establecía algunos límites en esta eterna disputa.

En la comarca petrolera, la cosa no era muy distinta, solo que mientras más chico es el espacio geográfico, más se conoce la gente. De ahí la expresión “pueblo chico, infierno grande”.

Los policías avezados conocían a todos los delincuentes. Al día de hoy, al margen de que están retirados hace más de una década, dan de memoria los nombres de aquellos personajes como si se tratara de la formación de su equipo de fútbol favorito.

“Teníamos códigos con los malandras, vos sabías con quién te tenías que manejar y cómo, pero el trato no era entre todos igual”, recordó Sergio “el 24” Sepúlveda, suboficial retirado que participó de ese fatídico enfrenamiento, sobre cómo venía la mano en la comarca petrolera.

Miguel “Tasmania” Torres, retirado como comisario mayor pero que al momento del hecho era oficial subinspector, contó: “Había ‘señores delincuentes’ con los que sabías bien cómo venía mano, y los suyos respetaban y nosotros a ellos. Al margen de que estamos hablando de delincuentes, había códigos”. Pero la pica entre “los milicos y los malandras siempre estaba latente”, aclaró el 24.

En la zona había una bailanta con pool, Cuorum, que estaba ubicada sobre la Avenida Keidel, del lado de Plaza Huincul, justo en el límite con Cutral Co. Era un garage con una barra de cemento y una pista de baile de madera. “Era pesado y oscuro el lugar”, recuerdan.

Allí, casi todos los fines de semana coincidían policías y malandras. Cada uno en sus mesas, cruzaban miradas, muecas, sonrisas, burlas, alguna cabeceada a modo de saludo, pero en el fondo sabían que la noche terminaría a las trompadas, como de costumbre. En definitiva, allí iban a eso. El alcohol y las mujeres eran una mera excusa para cobrarse, a las piñas, las deudas del día a día.

“Esa bailanta era el lugar adonde nos íbamos a buscar. Al baño teníamos que ir de a dos o de a tres, porque ahí un empujón o un tropiezo desataba el quilombo. Ni hablar si algún milico le quitaba prenda a un malandra (seducía a una mujer que haya estado con uno de los muchachos del hampa), se pudría todo mal”, recordó Sepúlveda.

Pero, en la diaria, delincuentes y policías sobrellevaban su tensa relación respetando ciertos parámetros. “Cuando ellos robaban, por más que supieras quiénes habían sido, si no tenías con qué entrarles, te la tenías que comer y punto. Y ellos, cuando los agarrabas in fraganti, se entregaban porque sabían que habían perdido. Era todo muy claro”, confió el 24, a lo que Torres afirmó: “Pero con el Lauchita se rompió ese código y la cosa nunca mas fue igual”.

Nacido y criado

El Lauchita nació y se crió en las 500 viviendas de Cutral Co. Por su contextura física ­–flaco, fibroso, de baja estatura­– y su rapidez le pusieron ese apodo desde pibe.

En su casa se respiraba aire policial. Dos de sus hermanos también integraron la fuerza, y no era raro llegar a la casa y verlos todavía con el uniforme puesto haciendo un asado tras salir del turno de trabajo.

“Era clavado que entraba a la Policía”, afirmó un retirado, bajo reserva, que se hizo policía tras enterarse de la muerte del Lauchita.

Por los 80 y principios de los 90, en la comarca petrolera, a los que no tenían muchos recursos para financiar sus estudios en Neuquén u otra provincia les quedaban dos alternativas claras. “YPF o la Policía. Todos queríamos entrar a YPF, te salvabas. Los salarios que pagaba la petrolera eran dos o tres veces superiores al del policía. Incluso, en el súper vos veías que los petroleros salían con dos carritos llenos, y uno andaba pidiendo fiado en el almacén del barrio”, recordó el retirado.

policiales2.jpg

Pero el destino de Belarde parecía escrito en su ADN. “Nunca lo dudó, ni siquiera intentó, como hicieron otros, probar suerte con YPF. El Lauchita fue derecho a buscar el uniforme porque él tenía vocación”, detalló emocionado el hombre.

En sus años de policía, Belarde se las ingeniaba, pese a que era menudito, para reducir a los delincuentes. “Se las arreglaba con el churro –un pequeño bate de goma–. Era impresionante cómo se manejaba y te dejaba a cualquier grandote boca abajo y esposado”, confió el retirado.

Ya en los 90 estaba en pareja con Norma Botta y cuando lo abatieron, con solo 25 años, estaban esperando una hija. Pero esa historia la publicaremos en la segunda entrega.

Pesado y decidido

En Cutral Co y Plaza Huincul, recordó Torres, había varios grupos de delincuentes pesados que manejaban barriadas completas. “Pero estos –por Cheuquel y compañía– eran pibes de medio pelo que querían comenzar a destacarse en el ambiente”, sostuvo. Lo mismo afirmó el 24, y agregó: “Cheuquel era bravo y decidido, los otros lo seguían. Cuando Cheuquel quería ir a meter caño, pasaba a buscar a alguno de los amigos y no le podían decir que no, porque eso era una traición, y las traiciones se pagan”.

A Cheuquel le decían Cara Quemada porque tenía la cicatriz de una quemadura en el rostro. Era un pibe de 18 años que ya de adolescente había incurrido en el mundillo criminal. Tenía buena llegada con otros grupos, pero él se manejaba con una bandita de amigos de las 450, donde incluso tenían una casa que hacía las veces de aguantadero.

Ya en esa época en las 450 había un clima pesado y los enfrentamientos con los policías, cuando ingresaban de noche persiguiendo a algún delincuente, eran frecuentes. “Utilizábamos gomeras con las piedras redonditas de las petroleras y ellos nos tiraban, también con gomera, pero con tuercas. Nos manejábamos así porque, si no, salía todo el malandraje y no podías detener a los que perseguíamos. Era complicado y te la tenías que ingeniar”, detalló otro viejo policía que estuvo presente el 31 de enero de 1994.

policiales-8.jpg

El raid de los ladrones

Todo comenzó cerca del mediodía. Ya estaban casi cerrando los comercios cuando el Cara Quemada pasó a buscar al Peca Sambueza y a Colipi. Los tres iniciaron un raid a punta de revólver en un par de comercios de la zona. La movida para ellos era sencilla: metían caño, se hacían de unos pesos y corrían hasta su aguantadero en las 450, delimitadas por las calles Ejército Argentino, Elordi, San Luis y 13 de Diciembre.

Pero ese mediodía, las cosas se le complicaron porque uno de los dos comerciantes asaltados avisó rápido a la entonces Subcomisaría 15, ubicada en el barrio Pampa, sobre calle Elordi, a dos cuadras de las 450.

Los policías acudieron al almacén donde se produjo el asalto y el comerciante, que estaba en la puerta, les dijo: “¡Ahí van!”. Y agregó datos clave que permitieron identificarlos. “Uno tenía una cicatriz y el otro andaba con un buzo negro con capucha. De toque sacamos que se trataba del Cara Quemada con el Peca”, relató Torres.

policiales-7.jpg

Como conocían el aguantadero, les ganaron de mano y llegaron antes. Cuando los delincuentes estaban a solo un par de metros del lugar, vieron a los policías y, antes de caer, prefirieron ingresar abruptamente en una casa donde había una mujer con dos niños chiquitos y los tomaron de rehenes. De inmediato cerraron los postigos de chapa de las ventanas y se encerraron ahí.

“Recuerdo haber pedido apoyo varias veces, por lo que distintos grupos cerraron la manzana para que no se escaparan por atrás. Desde donde nosotros estábamos, detrás de un paredón, casi frente a la casa, se podía ver con claridad si subían a los techos para darse a la fuga”, detalló Torres. Es decir, había un grupo frente a la casa, otro detrás y un tercero en diagonal sobre la famosa torre C9.

Allí, los tres ladrones, rodeados, comenzaron a negociar. La puerta de chapa de la casa se abrió apenas y se vio una cabeza a la que le apuntaba el caño de un revólver plateado. “¡Queremos que venga el juez o la mato!”, gritó el Peca. Todos los policías estaban con sus armas en mano y listas para disparar. El momento era de mucha tensión.

El juez, que en ese entonces era Guillermo Labate, quien luego fue juez federal e integrante del Tribunal Superior de Justicia, se allegó hasta la oficina del titular de la Subcomisaría 15. “Pero nunca, ni él ni el comisario fueron hasta el lugar del hecho. Solo convocaron a un equipo de la Uespo de Neuquén”, confió otro policía que aún hoy mantiene su enojo por esa situación.

Crimen-de-Belarde.jpg

Con la muerte marcada

Tanto el personal de la Subcomisaría 15 como el de la Comisaría 14 y la brigada fueron llevando adelante la negociación con los delincuentes y lograron que soltaran a la mujer con sus dos hijos, que corrieron desesperados y desconsolados.

En plena siesta, a las 15, mientras algunos vecinos curiosos trataban de acercarse y los policías los corrían, el Cara Quemada abrió los postigos de una ventana de par en par y gritó con los brazos levantados: “¡Ya está, me entrego!”.

Cheuquel tenía una campera de jean abierta y cuando saltó por la ventana, un policía vio el brillo del arma desde la torre C9.

Torres detalló sobre ese momento: “Cheuquel saltó la ventana y se paró en la calle. El Lauchita y el Teto avanzaron rápidamente para reducirlo. Cuando el Lauchita le tomó la mano izquierda, se la bajó y se la llevó a la espalda para esposarlo. Ahí se vio clarito el revólver plateado que tenía Cheuquel y muchos gritaron: ‘¡Cuidado, está armado!’”.

“Pero cuando uno tiene la muerte preestablecida, no escucha nada”, se sinceró Sepúlveda.

Lo cierto es que la suerte ya estaba echada. Con la mano derecha, el Cara Quemada sacó el revólver y le ejecutó un tiro a quemarropa a Belarde en el medio del pecho. A Medina, que tastabilló cuando intentó hacerse para atrás, le disparó a la cabeza. La caída, para Medina, fue milagrosa porque el proyectil solo le rozó la nariz y parte de la frente.

Con los dos policías caídos y Cheuquel de pie y armado, todos los policías abrieron fuego. El cuerpo del joven llegó a bailar por el impacto de los proyectiles que llegaban desde distintos lugares hasta que se desplomó. “Mínimo, unos 10 tiros tenía ese pibe”, relató el 24.

“Fue terrible ese momento porque hasta podríamos habernos herido entre nosotros porque estábamos cruzados”, reflexionó Torres.

“Dos muchachos de la brigada corrieron y sacaron al Teto. Yo fui derecho a buscar al Lauchita. Lo agarré de las axilas, lo levanté para llevarlo a la rastra y vi cómo el brillo de sus ojos se apagó. Es una imagen que no me voy a olvidar en mi vida. Ahí supe que él estaba muerto”, confió Torres, a quien una lenta lágrima se le escapó y no intentó disimularla.

En el vértigo de la situación, al Lauchita lo subieron a un móvil para llevarlo rápido al hospital y a uno de los policías se le escapó un tiro que por suerte no hirió a nadie. Ninguno pensó en el manual, ni en las clases de práctica, ni en el seguro del arma. Todo era pura adrenalina.

Belarde ingresó muerto y los médicos hicieron lo imposible por resucitarlo, aunque sin éxito.

Horas de tiros

Sambueza y Colipi, lejos de entregarse, se encerraron en la casa. Al Peca un par de tiros lo alcanzaron cuando cerraba los postigos de la ventana por la que había saltado Cheuquel, que yacía muerto en el medio de la calle.

A partir de ahí, la balacera contra la casa fue infernal. Se estimó, en las pericias, que hubo más de 700 tiros.

El sonido se extendía por toda la comarca. A la estación de servicio YPF ubicada sobre la ruta, a una cuadra de la terminal, llegaban claritos los estampidos.

“Pasado el mediodía, vino un Renault 18 de la Policía a cargar combustible y me dijeron que estaban con quilombo en las 450. Cuando volvieron a la tardecita les pregunté cómo había terminado, y uno me respondió ‘2 a 1’”, recordó el playero, que en ese entonces era joven y tras enterarse de la caída del cabo Belarde decidió ingresar a la Policía.

El grupo especial de la Uespo de Neuquén llegó cuando caía la tarde. “Ellos hicieron la irrupción en el lugar. Estaba todo en silencio y se escuchó un solo tiro, y después de la voz que advertía que estaba todo despejado y bajo control”, afirmó Torres.

Algunos sospechan que ese tiro fue el remate final de Sambueza. Lo cierto es que la fiscal Martínez ingresó a la vivienda. Todo estaba oscuro, cubierto con una densa capa de humo y apestaba a pólvora.

“Cuando la fiscal dispuso que retiraran los cuerpos, Colipi la escuchó, tosió y se entregó. Había utilizado el cuerpo del Peca para cubrirse, así que estaba bañado en sangre, por lo que la fiscal pidió de inmediato una ambulancia y lo trasladaron al hospital”, contó Sepúlveda.

policiales-6.jpg

“Una boleta caminando”

Este episodio a Colipi no le complicó mucho la existencia. Solo le dieron una pena en suspenso por su participación en los robos y se hizo fuerte en las 450. Ahora, la chapa de bravo se la ponía él, que boqueaba la historia en cada ocasión que podía.

La bronca de los policías por la caída del Lauchita quedó latente y al grupo de delincuentes de las 450 lo tenían cruzado mal. Encima, después del tiroteo, cinco uniformados quedaron bajo investigación por el homicidio de Cheuquel y Sambueza. Aunque la causa quedó cerrada porque se trató de un acto en defensa propia.

Colipi siguió delinquiendo y metiendo caño en comercios y casas de la comarca. Un policía un día se le acercó y le dijo: "andate de acá porque sos una boleta caminando", confió un retirado. Pero Colipi optó por seguir en la suya.

Una noche, poco más de un año después del crimen del Lauchita, en un procedimiento que incluyó una persecución en las 177 viviendas de Cutral Co, en un pasillo Colipi quedó mano a mano con una mujer policía y como ocurre en las películas del Lejano Oeste, ambos dispararon. Colipi cayó muerto y la uniformada resultó herida.

De esta forma, los tres ladrones que participaron del crimen de Belarde corrieron la misma suerte. De hecho, en el cementerio de Cutral Co, las tumbas del cabo y los malandras están enfrentadas, así como lo estuvieron sus vidas.

Lo más leído

Leé más

¿Qué te pareció esta noticia?

56.944444444444% Me interesa
14.814814814815% Me gusta
1.8518518518519% Me da igual
4.1666666666667% Me aburre
22.222222222222% Me indigna

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario