Cuando Vélez conquistó el mundo con la pirueta del "Turco" Asad

Hoy se cumplen 25 años de la obtención de la Copa Intercontinental de la mano de Carlos Bianchi. El Fortín venció 2 a 0 a Milán de Italia en Tokio y llegó a la cima del planeta futbolero.

PABLO MONTANARO

montanarop@lmneuquen.com.ar

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Ese 1 de diciembre de 1994 el mundo entero se rindió a los pies de aquel club soñado por tres jóvenes reunidos bajo los andenes de la estación Vélez Sarsfield del Ferrocarril Oeste mientras los argentinos recibían el nuevo año: 1910.

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Hace 25 años un grupo enorme de jugadores entregaron sacrificio, valentía y mucho amor por la V azulada que llevaban en el pecho en el Estadio Olímpico de Tokio, Japón, ante más de 50 mil personas, frente al poderoso Milán de Italia comandado por Fabio Capello, uno de los técnicos más exitosos que ya se había alzado con cuatro torneos de la liga italiana y tres supercopas, y que hasta el día de hoy confiesa que aquel partido fue lo peor de su carrera como entrenador.

Hoy, cualquier camiseta de Vélez lleva estampada esa estrella dorada conquistada hace 25 años. Y se lleva orgullosa porque se venció a un club europeo de los grandes pero que, antes de salir al verde del Olímpico de Tokio, subestimó a ese equipo que cuatro meses antes había conquistado la Copa Libertadores de América frente a San Pablo en el mismísimo Morumbí, que quedó en completo silencio cuando el volante velezano Roberto “Tito” Pompei mandó la pelota a la red desde los 12 pasos en una dramática definición ante casi 93 mil hinchas.

Alguna vez José Luis Chilavert contó que en los primeros minutos de juego, los jugadores del Milán se reían cuando hacían un pase, pensando que podían ganarle caminando a ese equipo que consideraban del ascenso. Baresi, Maldini, Donadoni, Costacurta, Savicevic, entre otros saludaron con algo de sorna en el saludo previo. Los jugadores de Vélez no se dejaron ablandar, los miraron firme a los ojos y hasta alguno soltó un insulto.

Unas semanas antes del partido, Carlos Bianchi, director técnico y máximo ídolo de Vélez, les mostró un VHS con el partido que el Milán de Capello lo había vapuleado 4 a 0 al Barcelona de Johann Cruyff en Atenas. “Mejor que en ese partido no iban a jugar”, les dijo Bianchi a sus dirigidos mientras seguían mirando el show milanés.

El talentoso volante Cristián Bassedas dijo que haber llegado a disputar ese partido “nos enalteció más que a ellos. Sabíamos que no éramos los favoritos, en la previa nos sentíamos un poco inferiores”.

En los primeros minutos de juego, el “Turco” Asad, que derrochaba potencia, cumplió al pie de la letra el pedido que le hiciera Bianchi en el vestuario: “Poneles el culo y tiralos a la mierda”. Asad impuso su presencia ante el “mariscal” Baresi, que golpeó en los carteles cuando fue a cubrir una pelota que se iba afuera apareado por el “Turco”. Bianchi sabía muy bien, lo había estudiado, que en los primeros minutos el equipo de Capello iba a querer demostrar su presencia física.

El primer tiempo lo vi en el televisor de mi casa, nervios mediante, y como tenía que tomar el tren para ir a mi trabajo, llamé avisando que iba a entrar más tarde. De esa manera, podía llegar en el entretiempo a la estación de Once y ver el partido en algún puesto de comidas y cuando finalizara tomarme el tren hasta Ituzaingó, donde trabajaba. Me senté en la barra de uno de esos boliches con los ojos fijos en la pantalla del televisor. Percibí que no había ningún hincha de Vélez cercano, nadie con una gorra o una bandera blanca con la V azul, pero sí con ganas que el equipo argentino ganara.

La pantalla marcaba 5 minutos del segundo tiempo cuando grité penal tras un saque largo de Chilavert que recibió Basualdo, que tiró el centro y ante la arremetida de José “Turu” Flores, el defensor lo manoteó. Cuando Roberto Trotta acomodó la pelota en el punto del penal me acordé de mi tío Américo, el responsable de que me haya hecho del Fortín cuando el 7 de marzo de 1971 me llevó por primera vez a ver el partido que Vélez le ganó 4 a 0 a Los Andes con goles de Lapalma y tres de Bianchi. El remate de derecha fue al medio del arco pero imposible de atajar para el arquero Rossi. El gol lo grité con las dos manos levantadas que sobrepasaban a las del resto de los parroquianos que apuraban su café con leche con medialunas. Volví a recordar a mi tío que había muerto unos años antes y que jamás hubiera soñado que alguna vez su querido Vélez Sarsfield estaría jugando una final Intercontinental.

Siete minutos después se escucharon golpes sobre la barra del boliche, gritos de aliento, un “Dale Turquito, dale Turquito” cuando Asad emprendió una corrida al interceptar un pase fallido del zaguero Cortacurta al arquero, ganando la posición y definiendo desde un ángulo más que complicado para poner el 2 a 0 final. Tras la genialidad de Asad y cuando la pelota embolsó la red lloré de emoción, me abracé con el que tenía más cerca y salté gritando “Vamos Vélez”.

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Esa media vuelta bastante acrobática de Asad se grabó a fuego en la retina de cada hincha de Vélez. Se concretaba la epopeya de un equipo que entraba en la historia grande del fútbol mundial y de aquel “Turco” que tres años antes jugaba a la pelota en el barrio soñando algún día jugar una final con el equipo de sus amores. Esa pirueta del “Turco” no se borrará jamás de la mente de ningún hincha de Vélez que no durmieron esperando que sean las 7 de la mañana en la Argentina para ver el partido por Canal 9.

“Fue tocar el cielo, el mejor momento de mi vida”, dijo unos años después el goleador al recordar aquella final, orgulloso de haber ganado la copa tan preciada por los clubes del mundo, y sobre todo defendiendo los colores de Vélez.

El club de barrio que habían soñado esos pibes Nicolás Marín Moreno, Carlos Guglielmone y Martín Portillo al que llamaron Club Argentinos de Vélez Sarsfield conquistaba el mundo. Alguien dijo que ese Vélez de Bianchi era un equipo de guerreros y no se equivocó. Me quedé mirando los abrazos de los hinchas de Vélez que viajaron a Tokio, los abrazos interminables de jugadores, integrantes del cuerpo técnico y dirigentes, la vuelta olímpica que quería que no se terminara nunca. Y de nuevo aparecía la imagen de mi tío y esa sonrisa generosa cuando le dije “Me hago hincha de Vélez” después de gritar mis tres primeros goles de quien sería mi ídolo de siempre y el técnico que comandó aquel equipo inolvidable: José Luis Chilavert, Héctor Almandoz, Roberto Trotta, Victor Sotomayor, Raúl Cardozo; José Basualdo, Marcelo Gónez, Cristián Bassedas, Roberto Pompei; Omar Asad y José Flores. En el banco de suplentes estuvieron esa noche en Tokio: Sandro Guzmán, Flavio Zandoná, Mauricio Pellegrino, Marcelo Herrera y José Luis Sánchez.

Aquella noche en Tokio, la era Bianchi subía el escalón máximo en su época dorada. El proceso iniciado en diciembre de 1992 con el regreso del máximo goleador del club de Liniers, ahora como entrenador, se consagraba y conquistaba el mundo. “Humildad, sacrificio y disciplina táctica”, era la frase con la que Bianchi definió a su equipo.

Bassedas fue precisó como cada pase de gol que hacía dentro de la cancha: “Fue algo único en la historia del club. Es muy difícil ser campeón y haber llegado tan alto. Fue un premio absoluto”.

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