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La Mañana Monumental

La calma antes de Messi: el Monumental ya está listo para la despedida

La selección aplastó a Burkina Faso en una noche de sábado que tuvo varios momentos atípicos. Se aproxima la despedida del Diez.

Hubo humo, fuego y ruido. Faltó gente. El Monumental hizo todo lo posible por vestirse de fiesta, pero a cinco minutos del comienzo todavía sobraban butacas y faltaba esa electricidad que suele acompañar a la Selección. Cuando los 22 jugadores salieron a la cancha, los fuegos artificiales iluminaron Núñez y una nube cubrió por algunos segundos el campo de juego. Fue una linda postal. También duró poco. Cuando el humo se levantó, volvió a aparecer el cemento.

Tal vez porque el partido que todos esperan todavía no se jugó. Argentina goleó a Burkina Faso en una noche extraña, de esas que parecen estar ocurriendo mientras la cabeza ya está puesta en otra parte.

El martes será la despedida de Lionel Messi y el Monumental lo sabe. Este sábado fue apenas la calma antes de una noche que promete tener muy poco de calma.

Una jornada diferente

El estadio terminó con una ocupación cercana al 60% y dejó una imagen difícil de ignorar. La organización había informado sobre sanciones de la FIFA que condicionaban el aforo disponible. Tal vez el partido también haya servido para cumplir y dejar el Monumental listo para el martes. Pero esa explicación no alcanzaba para disimular el resto: butacas vacías, sectores sin ocupar, palcos a oscuras y un partido que, desde antes del comienzo, ofrecía poco atractivo.

La imagen no estaba a la altura de la Selección. Tampoco ayudaban un rival de escasa jerarquía ni un contexto que parecía pensado más para cumplir con el calendario que para construir una verdadera noche de fútbol. Todo eso le quitó prestigio al amistoso y dejó la sensación de que funcionaba, sobre todo, como una escala previa a lo que realmente importa. Porque la Selección empieza a caminar hacia una vida sin Messi. Y esa Argentina, inevitablemente, tendrá que construir también su propio atractivo.

La camiseta ayudó a viajar en el tiempo. Argentina volvió a utilizar la que había vestido por última vez en aquella semifinal inolvidable del Mundial, cuando Lautaro Martínez convirtió el 2-1 ante Inglaterra y empujó al equipo hacia la final. Esta vez, sin embargo, el escenario y el rival proponían bastante menos.

La diferencia se construyó rápido y el partido perdió todavía más misterio. Argentina jugó a media máquina ante un rival que ofreció pocas herramientas para medir seriamente cuánto de lo que se veía podía trasladarse a desafíos de otra jerarquía. Gianluca Prestianni volvió a tener su oportunidad, mientras Scaloni continuó moviendo nombres y buscando respuestas en una etapa en la que probar parece más importante que confirmar.

La gente, sin embargo, celebró cada gol con ganas. Casi como si necesitara desahogarse. Muchos de los que estuvieron este sábado no tendrán entrada para el martes y encontraron en este amistoso su oportunidad de volver a ver de cerca a la Selección antes de la última función de Messi. Hubo también pequeños momentos de pertenencia.

A los 24 minutos, Enzo Fernández caminó hacia una de las esquinas para ejecutar un córner. El ex River, otra vez de local en esa cancha, recibió una ovación. Escuchó los aplausos, levantó las manos y agradeció.

Después llegaron los cambios, las pruebas y otra noche difícil de utilizar como termómetro. Leonel Flores volvió a sumar minutos después de debutar el miércoles con la Mayor y de marcar dos golazos con Boca apenas un día antes. Una semana difícil de imaginar incluso para él.

La goleada podrá engrosar estadísticas y las victorias siempre ayudan. Pero estos amistosos también plantean una discusión: rivales de poca jerarquía, partidos organizados con una lógica difícil de separar de lo económico y una Selección que necesita competencia verdadera para saber dónde está parada. Los títulos respaldan esta gestión de manera incontestable. Justamente por eso, el desafío que viene merece otra exigencia.

El Monumental terminó entrando en calor. Hubo goles, ovaciones y una gente que convirtió un partido sin demasiada chispa en su propia previa. Muchos sabían que no podrán estar el martes y por eso festejaron cada gol un poco más. Era, de alguna manera, su despedida anticipada.

En tres días esta misma cancha será otra. Estará llena. Estará Messi. Y alcanzará con eso para convertir un partido en una noche histórica.

Después llegará el desafío verdadero. No habrá que encontrar otro Messi porque probablemente no exista. Habrá que construir otra Selección. Una capaz de sostener la exigencia, competir contra los mejores y cuidar todo lo conseguido durante estos años. El martes, el Monumental despedirá al Diez.

Mientras tanto, Scaloni sigue haciendo pruebas para resolver una pregunta bastante más difícil: cuál será el once que venga después del Diez.

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