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El fatal accidente de Fangio que mató a su amigo y puso en peligro su carrera

En 1948, antes de toda la gloria en la Fórmula Uno, el Chueco salvó su vida de milagro y, lleno de culpa, pensó en no volver a subirse a un auto de carreras.

“Es fácil morir sin darse cuenta: entre la vida y la muerte no hay nada…”.

La historia lo puso a Fangio en el lugar que se mereció, en el lugar que ganó, como lo hizo en tantas carreras que corrió, primero en su etapa de piloto de Turismo Carretera y luego como el corredor brillante que se inmortalizó como “El Quíntuple” a nivel internacional, por los cinco campeonatos mundiales que alcanzó en la Fórmula Uno. Sin embargo, en octubre de 1948 hubo un hecho que jaqueó su carrera deportiva y lo destrozó anímicamente, tanto que lo dejó al borde del retiro. Un hecho, la muerte de un amigo, la muerte de su compañero copiloto Daniel Urrutia, cuya dimensión fue infinitamente menos famosa que sus logros posteriores como piloto de alta gama. Pero en aquel momento, dos años antes de que debutara en la Fórmula Uno, Juan Manuel Fangio estaba en shock, sin ganas de manejar autos de carreras, atrapado en la feroz angustia de una culpa que pudo haberlo puesto en la historia sólo como un ex bicampeón de TC que luego, quizá, continuaría su vida de mecánico en Balcarce.

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Fue un accidente. Un error de conducción del piloto que nunca se equivocaba, muchos vuelcos, una tragedia, un dolor tan irreparable como esa pérdida que lo hizo sentir que ya no valía la pena volver a las carreras. No lo sentía justo. “Nunca pensé que iba a poder seguir corriendo en la vida -recordó tiempo después-. Ése fue mi primer gran accidente. Y la muerte de Urrutia… Yo fui el culpable”.

Antes de ser “El Quíntuple” y ser el indiscutido más grande piloto de la Fórmula Uno durante medio siglo, hasta que Michael Schumacher y ahora Lewis Hamilton le empezaron a discutir ese sitio, Fangio se había hecho famoso en la Argentina por ganar dos campeonatos de TC, en 1940 y 1941, manejando un Chevrolet. Y por ser el 50% de un duelo histórico contra Oscar Alfredo Gálvez, que manejaba un Ford. Un clásico que trascendía las marcas de los autos y la rivalidad en las carreras, porque Gálvez, porteño de Parque Patricios, era un personaje estridente, hasta un poco fanfarrón, el opuesto al sencillo y apocado hombre de campo que representaba Fangio. Aunque lejos de sus imágenes públicas, se llevaban bien.

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Fangio y su amigo, en tiempos de festejo. Su muerte, con él al volante, lo hizo caer en una crisis.

Fangio y su amigo, en tiempos de festejo. Su muerte, con él al volante, lo hizo caer en una crisis.

Sus padres, Loreto Fangio y Herminia D’Eramo, hubiesen preferido que Juan Manuel siguiese jugando al fútbol, deporte que en su adolescencia lo destacaba en el pueblo, cuando era un wing izquierdo veloz y hábil en Leandro N. Alem de Balcarce, donde por su manera de pararse y correr todos conocían simplemente como “el Chueco”. Pero a ese joven nacido el 24 de junio de 1911 le gustaban por sobre todas las cosas los autos. Y manejarlos corriendo carreras contra otros muchachos del pueblo que tenían la misma pasión que él por los fierros, aunque el riesgo estuviese presente en cada curva o en cada recta: ni los autos ni los caminos daban demasiadas seguridades. Ese temor llevó a que Loreto y Herminia nunca fuesen a ver una competencia de su hijo. A ninguno de los dos les agradaba la idea de que Juan Manuel se subiese a un auto de carreras. “A mi padre no le gustaba pero nunca me lo prohibió. Y mi madre también se angustiaba, pero no lo demostraba: sufría en silencio”, describió años después del retiro del automovilismo, cuando la gloria, y especialmente la vida, estaban de su lado.

Pero en aquella carrera de 1948 fue la muerte la que lo acompañó de cerca. Como el propio Fangio metaforizaba: “Para un piloto de carreras no hay nada que garantice su vida. La muerte siempre corre a su lado y va en un auto que es más veloz”.

Se trataba de una competencia dura. Empezaba en Buenos Aires, cruzaba la Argentina hasta el norte y desde ahí, por la ruta Panamericana, atravesaba cinco países: Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, hasta llegar a Caracas, Venezuela, donde terminaba después de recorrer casi 10.000 kilómetros. Se llamó el Gran Premio del Sur y lo comenzaron corriendo 141 coches, uno de ellos la cupé Chevrolet 39 al mando de Juan Manuel Fangio, que todavía no era una estrella internacional aunque sí un piloto muy reconocido. Faltaba muy poquito para su salto a Europa.

“Tuvimos bastantes problemas”, supo reflexionar tiempo después, sin nunca dejar de sentirse responsable por la muerte del copiloto mendocino Daniel Urrutia.

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El Chevrolet 1939 con Fangio de piloto cayó en una hondonada en los precarios caminos peruanos de montaña.

El Chevrolet 1939 con Fangio de piloto cayó en una hondonada en los precarios caminos peruanos de montaña.

Cada etapa del Gran Premio largaba de acuerdo a la clasificación general y, como en la primera tuvo un problema mecánico, se demoró en la provincia de Salta y terminó llegando último. La siguiente etapa finalizaba en La Quiaca, en el límite con Bolivia. Fangio había partido del último lugar y pasó a más de 60 autos, finalizando tercero. Pero como la tabla general era la que definía la salida siguiente, la última posición de la primera etapa todavía tenía un peso muy negativo y volvió a partir muy atrás. Al otro día había que forzar al auto al máximo para recuperar los lugares perdidos y su Chevrolet 39 “era el que sufría las consecuencias”, rememoraba Juan Manuel.

Aun así, la dupla Fangio-Urrutia llegó a Arequipa, Perú, con bastante terreno recuperado y mejores chances de cara a tramo final de la competencia. Y a pesar de los inconvenientes mecánicos que tenían que resolver ellos mismos, arribaron a Lima. Pero lejos de descansar, el Chueco puso otra vez sus conocimientos de mecánica para arreglar el auto y que estuviese listo para largar, a la mañana siguiente, en el tramo que terminaría en la ciudad peruana de Tumbes. Esto le consumió varias horas de descanso y cuando llegó el momento de dormir, el sueño duró poco: lo despertaron en la madrugada y le dijeron que debía salir en ese momento porque había rumores de una “rebelión” militar que podía afectar la carrera.

Entonces, los pilotos apenas se dieron una ducha y fueron a correr, prácticamente sin dormir. A pesar de los contratiempos y la situación adversa, como manejar de noche casi sin haber descansado y por un camino desconocido, Fangio alcanzó la punta de la carrera y todo se perfilaba para que, de no mediar un hecho extraordinario, fuese el ganador del tramo. Pero ese hecho ocurrió 570 kilómetros después de Lima, apenas pasada la ciudad de Trujillo y cuando todavía la noche era cerrada en esa zona montañosa de la ruta Panamericana.

Fangio venía recto y a mucha velocidad cuando creyó ver una curva y luego un precipicio. El resplandor de las luces blancas de los faroles de su auto pegó contra las paredes de unas casas, él se encandiló y al pasarlas todo se le volvió negro. Su vista, engañada, quedó enceguecida y el volantazo resultó letal, porque perdió el control del vehículo y empezaron los vuelcos sobre un barranco. Él quedó protegido por la jaula antivuelcos, pero su amigo no. Daniel Urrutia salió despedido del Chevrolet 39 llevándose puesta con la inercia de su cuerpo la puerta y sufriendo muchísimos golpes, en especial daños gravísimos, irreparables al fin, en sus cervicales.

Fangio internado, donde se enteró de la muerte de su amigo.JPG
Fangio fue internado, con graves heridas. En el hospital se enteró que su copiloto había muerto.

Fangio fue internado, con graves heridas. En el hospital se enteró que su copiloto había muerto.

Por culpa del cansancio de haber dormido poco y mal, por culpa de la noche cerrada, por culpa de los faroles que lo encandilaron… Por culpa de Fangio. El hombre que tres años después de este trágico episodio ganaría el primero de sus cinco campeonatos mundiales de Fórmula Uno, el corredor de autos que, al día de hoy, para muchos es el mejor de todos los tiempos, había cometido el peor error de conducción de su vida.

“Es fácil morir sin darse cuenta. Entre la vida y la muerte no hay nada. Y cuando uno vuelve a la realidad después de un accidente grave se da cuenta de que no es tan triste morir, porque no hay tiempo de pensar”.

La comprensión de la muerte que tenía Juan Manuel Fangio se redondeó en su cabeza después de esa fatalidad que le costó la vida a su amigo. Él se enteró mientras todavía estaba internado en el Hospital de la Beneficencia Pública, en Trujillo, golpeado pero sano, dolorido pero vivo. No era la primera muerte que veía de cerca, pero ninguna antes había sido por su culpa. El Chueco entendió que morir así no daba tiempo de pensar ni de sufrir, en cambio era más desgarrador seguir vivo, cargar para siempre con la muerte de un amigo en la espalda.

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¿Por qué siguió corriendo? Porque su pasión y sus ganas de ser quien quería ser lo impulsaron hacia adelante. Porque el tiempo cicatriza las heridas del alma aunque queden las marcas. Juan Manuel Fangio quería correr carreras, lo fantaseaba desde que tenía 12 años y empezó a trabajar en un taller mecánico de Balcarce donde, con la excusa de limpiar, se animó a darle marcha a esos coches que lo deslumbraban y moverlos aprendiendo a poner primera y reversa. Y como esa misma pasión la compartía con su amigo Daniel Urrutia, haber dejado de correr era un autocastigo que, en definitiva, nunca mitigaría la pena que lo acompañó el resto de su vida por aquella muerte.

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El Chueco y una visita a la tumba de Daniel Urrutia.

El Chueco y una visita a la tumba de Daniel Urrutia.

“Sólo espero una oportunidad para enfrentarme con bravos rivales y gane o pierda dedicaré este esfuerzo al gran camarada Urrutia, hermano en las buenas y en las malas”. Así anunció Fangio, en una entrevista filmada, su regreso a las competencias. Nunca volvió a correr con un copiloto. Asumiría todos los riesgos solo. Y aun habiendo tenido otro durísimo accidente en 1952 -ya en la Fórmula Uno- en el que casi se mata y por el que quedó varios meses fuera de las pistas; y habiendo esquivado por centímetros la mayor tragedia de la historia del automovilismo en Le Mans 1955, donde un choque provocó la muerte de un piloto y de más de 80 espectadores, nunca Fangio sintió un vacío igual que el que tuvo con la muerte de Urrutia. Y que pudo cambiar para siempre su historia deportiva. Un antes y un después. Entre poder haber sido un mecánico más de Balcarce y ser uno de los corredores más grandes de la historia de la Fórmula Uno.

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