El minuto a minuto de un sábado negro para el fútbol argentino

La Superfinal sufrió una nueva suspensión y marcó una jornada que se mantendrá en la historia como una mancha indeleble.

Esta vez no fue una tormenta. O sí, pero devenida en un diluvio de piedras.

La Ciudad de Buenos Aires amaneció a puro sol y las inclemencias climáticas que retrasaron el partido de ida no merodeaban por el Monumental. River y Boca, por fin, definirían la Superfinal de la Copa Libertadores tras el 2-2 del domingo 11 de noviembre en La Bombonera. Pero no. No pudo ser.

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Un ataque feroz al micro que trasladaba al plantel xeneize y la inoperancia policial hicieron que el encuentro más importante de la historia del fútbol argentino volviera a suspenderse.

El día arrancó según lo planeado por los dos equipos. River gozaba de una concentración tranquila en medio de un entorno natural a 75 kilómetros de Núñez, en la localidad del norte bonaerense de Los Cardales.

Boca, por su parte, decidió alojarse en el hotel del club de Puerto Madero, donde desde temprano se acercaron miles de hinchas para darle su apoyo al plantel.

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Pasado el mediodía, después de almorzar y de unos minutos de descanso, las delegaciones comenzaron a preparar la partida hacia el Monumental sin saber la jornada de locura que los esperaba.

El Millonario, que estaba más distante, partió pasadas las 14.30. En la puerta del complejo en el que habitualmente concentra, cientos de hinchas hicieron guardia para darle su apoyo a los dirigidos por Marcelo Gallardo. El técnico, que al llegar al estadio debía separarse de los futbolistas por la sanción que pesa sobre él, ya había brindado la charla técnica. Después de días interminables de especulación, nadie, excepto él y sus pupilos, supo la alineación que hubiera plantado.

14.45 comenzaba el principio del fin. Escoltado por una marea partió el micro xeneize desde el centro de Buenos Aires. La ruta que siguió el ómnibus y la escolta policial fueron inusuales: en lugar de tomar por Avenida del Libertador, como habitualmente lo hacen, las autoridades guiaron al plantel por la avenida Monroe, donde parapetados, en una esquina, cientos de hinchas millonarios esperaron y rompieron a cascotazos y botellazos los vidrios del colectivo. Para “contener” a la gente, los policías tiraron gases lacrimógenos y perjudicaron, también, a varios integrantes del plantel xeneize.

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Ya cuando los jugadores entraron al estadio se los pudo ver refregándose los ojos, tosiendo al borde del vómito y tomándose la cara. En ese momento, la primera imagen que se le apareció a todos los futboleros fue la del partido del gas pimienta en La Bombonera en 2015.

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De ahí en adelante, el descontrol en el que Conmebol suele moverse volvió a ser protagonista. Como hace 15 días por la lluvia en un campo que no daba abasto por el agua y especuló hasta el final, la entidad madre del fútbol argentino estiró la decisión que desde los cuatro puntos cardinales suponían como la lógica.

Después de la primera reunión entre Daniel Angelici, Rodolfo D’Onofrio y Alejandro Domínguez –titular de la Conmebol-, la entidad comunicó que la Superfinal comenzaría a las 18, una hora después de lo previsto. Pero desde el vestuario azul y oro no dejaban de transmitir que no estaban dispuestos a salir al campo de juego, mientras dos compañeros, Pablo Pérez y Gonzalo Lamardo, habían sido trasladado a una clínica para que fueran revisados por sus heridas en los ojos.

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A 15 minutos de tener que salir, supuestamente, a la cancha, Angelici salió del vestuario como una tromba y volvió a solicitar una reunión con Domínguez. El partido volvía a suspenderse hasta las 19.15. Después, para las 19.45.

Al final, como debía resolverse desde el inicio por el condicionamiento a los futbolistas, y tras un nuevo cónclave del tridente, el mandamás de la Conmebol enfrentó los micrófonos, a las 19.31, y anunció: “El partido pasa para este domingo a las 17”.

Así terminó un sábado en el que la lluvia que fue protagonista fue de piedras y no de agua.

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