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La Mañana Evita

Evita, la "jefa espiritual de la Nación" a la que no dejaron descansar en paz

Durante más de dos décadas y después del sufrimiento físico provocado por el cáncer, su cuerpo fue víctima de pujas políticas durante más de dos décadas. Se cumplen 69 años de su muerte.

El dormitorio principal, ubicado en el primer piso del entonces Palacio Unzué, en el barrio de la Recoleta, estaba en silencio. Afuera, ya de noche, frío y húmedo, como tantos días de julio en Buenos Aires. Adentro, una luz cálida acompañaba la frialdad propia de la antesala de la muerte esperada. Hacía más de dos horas que el sol había desaparecido de la vista de los porteños, casi al mismo tiempo en que Evita había entrado en una inconciencia de la que ya no saldría.

"Cumple la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación. Los restos de la señora Eva Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente", anunció la sobria voz del locutor Jorge Furnot en un comunicado radial que llenaría de pesar a buena parte de la población argentina y daría comienzo a la leyenda.

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Cuestionada y aclamada a lo largo de la historia, aunque jamás inadvertida.

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Su muerte, políticamente, significaría con el tiempo mucho más que el fallecimiento de la primera dama, de una inmensa e incuestionable influencia popular. Su pérdida marcaría un quiebre y, para muchos analistas, el principio del fin de la primera era de Perón al frente del Gobierno Nacional, del que fue derrocado en 1955 en el sangriento golpe de Estado en el marco de la llamada Revolución Libertadora.

El comunicado leído por Furnot se oyó por primera vez a las 21.10, una hora y cinco minutos después de la muerte de Evita. En realidad, habría sido una hora y siete minutos más tarde. En el libro “Historia del Peronismo, La obsecuencia”, del periodista Hugo Gambini, se refleja que el médico personal de Eva, el doctor Ricardo Finochietto, al momento de su muerte le sostenía la mandíbula mientras que su colega, el cardiólogo Alberto Taquini, la tenía tomada de la muñeca. Ambos la soltaron en un momento y Taquini, mirando a Perón, simplemente dijo “ya no hay pulso”. Eran las 20.23 y el fallecimiento era un hecho, pero fue idea del subsecretario de prensa de la Nación, Raúl Apold, informar que ocurrió “20.25”, porque así sería más fácil de recordar a lo largo de la historia.

De un modo u otro el final estaba consumado y terminaba con un sufrimiento corporal de casi un año. En septiembre de 1951 una biopsia confirmó que tenía cáncer en el cuello del útero y la operación que le realizó el especialista norteamericano George Pack, nada pudo hacer para mejorar el cuadro. Por el contrario: esa cirugía confirmó el estado terminal del tumor que padecía Evita y que llevaría a su inexorable final más temprano que tarde. Aun así, recién operada y desde la cama del Policlínico de Avellaneda, fue parte de un acontecimiento histórico en la sociedad argentina: el 11 de noviembre emitió su voto en las elecciones presidenciales que reeligieron en el cargo a su marido, siendo la primera vez en la historia que las mujeres tuvieron derecho a votar en nuestro país.

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Cuando la noticia fue oficial, la Argentina entró en un luto que literalmente casi la paralizó. Si bien desde la radio se venían haciendo anuncios que cada vez eran más sombríos respecto al estado de salud de Eva, una vez confirmado su fallecimiento comenzaron a llegar las indicaciones y órdenes respecto a qué medidas debía tomar la gente común y cómo reaccionar. Así fue que se suspendieron todas las actividades oficiales por 48 horas, pero también las recreativas. Las radios dejaron de transmitir sus programaciones habituales para solo pasar música litúrgica cristiana, los bares y restaurantes tuvieron que cerrar por tres días, aunque no sólo se vieron afectados este tipo de comercios “sociales”: los negocios comunes también debieron bajar la persiana.

Los diarios no salieron y el transporte público se vio reducido (los taxis, por ejemplo, no circularon). No hubo Turf -cuyas carreras solían convocar a miles de personas- ni la expresión deportiva más popular de todas, el fútbol, que se suspendió por tres semanas. Además, el Gobierno decretó que todos los hombres tendrían la obligación de usar un brazalete negro durante un mes a partir del mismo 26 de julio, quedando expuestos a posibles castigos quienes no cumplieran con estas normativas.

Más allá del dolor y la angustia que sentían muchísimas personas por la muerte de Evita, estas imposiciones exacerbaron la división política que ya existía en la población, en el llamado “peronismo” y “antiperonismo”. Grieta que se fue profundizando hasta terminar en la intervención militar del 55, que dio marcha atrás con todas las medidas y proyectos vinculadas a la muerte de Eva, como el decreto de que todos los 26 de julio fuesen jornadas de duelo, la aprobación para que la ciudad de La Plata cambiara su nombre a “Eva Perón”, la construcción de un monumento y decenas de réplicas para poner al menos una por cada provincia, y que el libro póstumo de Evita, La razón de mi vida, fuese de lectura obligatoria entre los estudiantes secundarios.

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-> El velorio, el cuerpo embalsamado y su secuestro

A partir del 27 de julio, en el Ministerio de Trabajo y Previsión, donde actualmente funciona la Legislatura porteña, se realizó el velorio de Evita, que fue el más largo de la historia: duró 16 días. A pesar de que su mamá, Juana Ibarguren, quería que el cuerpo de su hija reposara públicamente apenas unas 48 horas, pesó más el deseo del presidente Perón, quien pretendía que toda persona que deseara despedirse de su esposa, llegando desde cualquier punto del país hasta la Capital Federal, lo hiciese (igualmente, en centenares de localidades del interior argentino se armaron capillas ardientes con la foto de Eva).

Fueron largas jornadas con un desfile incalculable de personas que finalizó el 11 de agosto, cuando a las 15 comenzó el cortejo fúnebre que llevó el cuerpo hasta la sede de la CGT (previo paso por el Congreso Nacional) donde quedó en manos de Pedro Ara Sarriá, quien se encargó de embalsamarlo. Ara Sarriá era un médico español que se especializó en la conservación de cadáveres y sobre Evita, en realidad, empezó a trabajar unos minutos después de su muerte. Acondicionó el cuerpo para el largo velorio y luego le dejó el lugar al peluquero histórico de la esposa de Perón, Julio Alcaraz, quien le cortó y tiñó el pelo, además de, obviamente, peinarlo. A partir del 12 de agosto, finalizados los funerales, el doctor Ara Sarriá retomó su labor sobre el cadáver hasta llevarlo a la perfección que él deseaba.

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Lo que el médico ni nadie en ese momento sospechaba es qué pasaría con ese cuerpo embalsamado tres años y cuatro meses después, cuando con Perón en el exilio después de haber sido derrocado y con todo lo que oliera a peronismo perseguido por la Revolución Libertadora, el general Pedro Eugenio Aramburu, a cargo ya de la presidencia en noviembre de 1955, ordenó “secuestrar” el cadáver de Evita, hacerlo desaparecer, ejecutando un plan propio de una película de Netflix. Porque cuando los militares bombardearon la Plaza de Mayo y tomaron el poder en septiembre, arrasaron también con cualquier tipo de simbolismo vinculado a Juan Domingo Perón, quien el 20 de septiembre había escapado rumbo a Paraguay y un mes y medio después se dirigió a Nicaragua y Panamá.

Pero el cuerpo de Eva seguía en la CGT, desde donde fue “robado” en una operación militar secreta el 22 de noviembre de 1955 a cargo del coronel Carlos Eugenio Moori Koenig. Lo curioso fue que ante el temor de que grupos clandestinos partidarios de Perón los estuviesen vigilando, pasearon al cadáver de casa en casa. Una de éstas habría sido la del mayor Eduardo Arandía, miembro del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), quien entre tanta paranoia persecutoria, le disparó y mató a su esposa, que en una madrugada se había levantado para ir al baño. El militar la habría confundió con un intruso que descubrió el cadáver. Finalmente, el cuerpo estuvo casi un año dentro de un armario en la sede del SIE hasta que en abril de 1957 fue “mudado” a Europa por orden de Aramburu, convencido de que toda la maniobra captora estaba por ser descubierta.

El cadáver fue trasladado a un cementerio de Milán pero con un nombre falso: no podía filtrarse que la difunta embalsamada que llegaba a Italia era nada menos que Eva Duarte de Perón. Así estuvo, con sepultura cristiana y toda la pompa, aunque con un nombre y una vida que nunca habían existido. Recién en 1971, el general Alejandro Lanusse, presidente de facto en ese momento, autorizó la devolución del cuerpo a Perón, que vivía en Puerta de Hierro, Madrid. Allí estuvo a cargo de su viudo, que no la regresó al país cuando él decidió volver definitivamente en junio de 1973. De hecho, el cuerpo de Evita fue repatriado recién en noviembre de 1974 -lo dejaron en la residencia de Olivos-, cuatro meses después de muerto Perón y 19 años después de haber sido secuestrado. Y dos años antes de que, a instancias de otro presidente de facto, el general Videla, fuese definitivamente trasladado al cementerio de la Recoleta, a pocas cuadras del lugar en el que había muerto en 1952.

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“Si me muero, no importa. Yo seguiré con mi pueblo y con Perón. Desde la tierra o desde el cielo”, supo decir esta mujer nacida en la localidad bonaerense de Junín y que vivió solo 33 años. Que fue actriz, primera dama, dirigente política y feminista; y se convirtió en una leyenda que se leyó, escuchó y vio en decenas de libros, artículos periodísticos, documentales y hasta un musical. Amada, admirada; odiada y repudiada; el nombre y la imagen de Evita permanecen inmortales 69 años después de su muerte física.

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