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La Mañana Favaloro

Favaloro, el médico rural que cambió para siempre la cardiología mundial

Su nombre trascendió fronteras y su legado se mantiene vigente con una práctica que se lleva a cabo 700 mil veces por año en todo el planeta. Nació en La Plata y un pueblo pampeano lo adoptó como propio. Su historia.

“Después de la muerte lo único que queda es la certeza de la labor cumplida”. Pocas frases pueden resultar tan emblemáticas para una persona como ésta de René Favaloro. Frase que es absolutamente autorreferencial, por cierto. Porque si hay vida después de la muerte, este hombre, tan científico como médico rural, estará comprobando que desde su lugar hizo muchísimos aportes, aunque uno por demás significativo: inventó la técnica del bypass. Algo que lo ubicó en los puntos más altos de la cardiología mundial y lo hizo merecedor de grandes aplausos, pero por sobre todas las cosas le entregó el mérito más preciado de un médico: darle vida a la gente. Porque el bypass le permitió vivir a ese paciente que en otro tiempo estaba condenado a morir, y no debe haber corona de laureles más importante para un doctor que ésa.

Igualmente, se impone una aclaración religiosa sobre aquello de “si hay vida después de la muerte”, porque difícilmente un agnóstico como era René Gerónimo Favaloro pensaría en algo así. Su concepto fue siempre sumamente terrenal, de ver para creer; hacer y confiar. Y 54 años atrás, el 9 de mayo de 1967, hizo. Tomó su bisturí en un quirófano de la Cleveland Clinic y se concentró en la mujer de 51 años que tenía delante suyo, anestesiada y acostada sobre la camilla.

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Como tantas otras veces, un paciente cardíaco se entregaba a su mano y a sus conocimientos, los que tenía y profundizaba pero también los que iba incorporando a cada paso, escuchando a todos, a los más reputados y también a los que le daban su mirada más simple. Favaloro era un humanista, que empatizaba de inmediato con los que acudían a él, muchas veces en busca de una salvación desesperada. “No concibo al médico que se dedica sólo a lo específico. Sin humanismo no sirve… Y el médico que no sufra con su paciente, entonces que se dedique a otra cosa”, supo sentenciar.

Había llegado a los Estados Unidos en 1962 después de haber sido durante 12 años médico rural en la localidad pampeana de Jacinto Arauz, donde los conocimientos médicos que tenía se vieron desbordados por la realidad que capeó día y noche. Era un pueblo de 3500 habitantes y el clínico al que él reemplazó, Dardo Rachou Vega, estaba enfermo y a los pocos meses murió de cáncer. Pero está dicho que Favaloro era una persona que se nutría de todos y en esa docena de años comprendió definitivamente el valor curativo-social de la medicina. Como dato sobresaliente: en ese lapso, Jacinto Arauz redujo su mortalidad infantil casi al 0%, en el contexto de una comunidad que adoptó a su doctor y lo adoró por siempre. Pero tras aquellos 12 años, el amado médico del pueblo sintió que debía decir adiós para ir en busca de nuevos horizontes o más: de nuevos conocimientos.

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Monumento a Favaloro en Jacinto Arauz.

Monumento a Favaloro en Jacinto Arauz.

Y fue un docente suyo de la Universidad de La Plata, donde él había estudiado, el profesor José María Mainetti, quien captó sus necesidades. Y como tantas otras veces en que lo había aconsejado, le recomendó ir a los Estados Unidos, puntualmente a la Cleveland Clinic, donde podría encontrar fundamento y aprendizaje para las inquietudes que estaba teniendo vinculadas a las operaciones cardiovasculares. Tenía una contra: prácticamente no hablaba inglés. Sin embargo, eso no lo intimidó y pudieron más sus deseos, su vocación de aprendizaje y, en definitiva, sus ganas de pisar un terreno nuevo cuyo atractivo lo apasionaba. Sería el primer paso a la consagración.

Al tiempo empezó a trabajar en el equipo de cirugía de la prestigiosa clínica norteamericana a la que había llegado con 39 años. Ahí trabó muy buena relación con todos los doctores jefes de las diferentes áreas: cirugía cardiovascular, cardiología y laboratorio de cineangiografia. En este último sector, que estaba a cargo de Mason Sones, Favaloro pasó largas horas de estudio para complementar los conocimientos que iba adquiriendo en el día a día en la sala de cirugías y satisfaciendo sus necesidades de incorporar un conocimiento que le permitiera hacer historia, cumplir aquello de “lo que queda es la certeza de la labor cumplida”. La “cineangiografia”, que puede sonar difícil de pronunciar cuando se está poco familiarizado, para el médico argentino se había convertido en un paisaje habitual y en ese fabuloso laboratorio (Mason Sones era una eminencia) comenzó a estudiar la anatomía de las arterias coronarias y la relación que tenían con el músculo cardíaco.

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Favaloro con Mason Sones.

Favaloro con Mason Sones.

Según describe la biografía de René Favaloro publicada por la Fundación que lleva su apellido, “a comienzos de 1967 comenzó a pensar en la posibilidad de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria”. Ésta vena se encuentra en las piernas y el cirujano estudió e implementó una técnica que superaba la obstrucción de una arteria haciendo un puente con la vena; un bypass. O, en términos más científicos, una “cirugía de revascularización miocárdica”, que resultó la investigación más trascendente de su carrera y marcó un antes y un después en el tratamiento de las enfermedades coronarias. Su legado no sólo que está escrito desde 1970 en un libro (Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis Coronaria), sino que se replica en cada intervención cardíaca, en cada bypass, estimándose que se realizan más de 700 mil por año a nivel mundial.

Había nacido el 12 de julio de 1923 y su cuna lejos estuvo de ser acomodada. En la humilde barriada El Mondongo, del partido bonaerense de La Plata, el joven René se fue haciendo camino al andar, aunque no heredaría su pasión por la medicina de su mamá Ida Raffaelli, modista, ni tampoco de su papá Juan Manuel, ebanista, y en cuyo taller encontraba refugio todas las tardes, post colegio, para aprender sobre el arte de la carpintería. Fue de su tío de quien recibió el don de la medicina y, con el objetivo de cumplir ese sueño, se anotó en la Facultad una vez que terminó la escuela secundaria en el Nacional Rafael Hernández, que depende de la Universidad de La Plata.

Por origen y formación, pero no ésa que está en los libros sino la que se descubre todos los días y, como dice Serrat, se aprende “con la leche templada y en casa canción”, Favaloro tuvo claro que las cosas costaban mucho y que había que dar mucho esfuerzo para alcanzarlas. Por eso alguna vez escribió que “los progresos de la medicina y de la bioingeniería podrán considerarse verdaderos logros para la humanidad cuando todas las personas tengan acceso a sus beneficios y dejen de ser un privilegio para las minorías". Defensor de la salud y de la educación pública, el trabajo rural lo puso cerca de la gente y sus grandes logros internacionales posteriores no lo alejaron. Al contrario, se constituyeron en los cimientos para construir en beneficio de todos porque “el individuo no vale de nada si no está rodeado de gente", solía decir.

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El bypass que está cumpliendo 54 años puso en relieve la trascendencia de estudiar mucho más sobre los tratamientos de las enfermedades coronarias. Allá por 1967 aún no se registraban demasiadas evidencias científicas sobre trombosis o pólipos, ni la hipertensión o el tabaquismo eran considerados factores de riesgo, definición que desde hace poco más de un año, con la pandemia de coronavirus, se incorporó al lenguaje cotidiano de casi todo el mundo.

Pero la técnica de Favaloro, especialmente, resalta la figura de un hombre, este humanista que además de un médico generoso y apasionado, fue un mártir que unos días después de haber cumplido 77 años, hace casi 21, se suicidó de un tiro en el corazón porque sentía que no le daba la cara para afrontar la angustiante situación económica que vivía su Fundación y los empleados que trabajaban en ella. Y admitió en una de las siete cartas que dejó como despedida que lo había “derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla… Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país fue expresar siempre en vos alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario, se castiga”. Se llevó a la muerte, como escribió, el consuelo de haber atendido a todos sus pacientes “sin distinción de ninguna naturaleza”. Porque, como supo afirmar, “en el cajón no entra ninguna riqueza. Sólo se lleva el recuerdo de haber procedido en vida correctamente, con amor y dedicación. Lo demás, es secundario”.

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