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Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, comió, violó y se convirtió en estrella

La historia de un joven que viajó a París para cumplir su perverso sueño: "Yo solo quería saborear su carne". La Justicia de Francia lo extraditó a su país y vive en libertad.

Una pareja disfrutaba de la hermosa y tranquila tarde del 13 de junio de 1981 en el Bois de Boulogne, un parque en las afueras de Paris, cuando algo llamó su atención. A unos metros de distancia, un hombre de contextura pequeña dejaba atrás el taxi en el que había llegado y arrastraba con esfuerzo dos valijas que parecían muy pesadas, al menos para él. Estaba tan concentrado que ni se fijó en ellos. Solo se dirigió hacia el mismo lago frente al cual ambos contemplaban el atardecer. Dejó caer las maletas al agua y, por fin, tomó aire. Recién ahí, se percató de la presencia cercana de aquel hombre y aquella mujer de mediana edad, que lo miraban extrañados. Los miró por un instante. Segundos después corrió la vista y se fue del lugar. Sorprendidos, el hombre y la mujer se levantaron y caminaron hacia el equipaje abandonado. No tuvieron que acercarse demasiado para ver y horrorizarse. De una de las valijas, que estaba entreabierta, emergía una mano ensangrentada.

Cuando la Policía llegó, descubrió que aquella mano pertenecía al brazo amputado de una mujer. Junto al mismo, en el interior de la maleta se encontraban el otro brazo, las piernas y la cabeza de una veinteañera caucásica de identidad, hasta ese momento, desconocida. El torso sin extremidades de la misma joven conformaba el contenido de la segunda pieza de equipaje. Los senos, sin embargo, brillaban por su ausencia. Lo mismo pasaba con los labios y la punta de la nariz en la cabeza, y varios trozos de músculo en las piernas. De hecho, el fémur de la derecha era totalmente visible.

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Con el cuerpo del delito en su poder, las autoridades comenzaron su investigación. Tenían dos datos que les ayudarían a dar con el asesino. Uno: que quien había descartado el cadáver había llegado en un taxi. El otro: que esa persona era de baja estatura y tenía rasgos asiáticos. Con aquella información, los investigadores se concentraron en las distintas compañías de taxi de París. Éstas consultaron a sus choferes si el 13 de junio habían trasladado hacia el Bois de Boulogne a un asiático bajito que llevaba consigo dos valijas. Rápidamente, localizaron al conductor que lo había hecho, quien pudo brindar la dirección desde donde lo había recogido. El taxista lo recordaba muy bien. Si hasta le había preguntado en broma si en las valijas llevaba un muerto, de lo pesadas que le habían resultado cuando lo ayudó a subirlas al auto.

El 15 de junio, seis oficiales tocaron el timbre del segundo piso del 10 de la calle Erlanger, en el coqueto barrio parisino de Passy. Estaban armados y preparados para la resistencia que pudiera ofrecerles el “Carnicero de Bois de Boulogne”, como ya apodaba la prensa francesa al autor del crimen. Pero cuando la puerta se abrió, quien salió fue un tranquilo estudiante japonés de voz suave, que no protestó en absoluto cuando fue arrestado. Tenía 32 años y su nombre era Issei Sagawa.

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Renée Hartevelt, la víctima.

Renée Hartevelt, la víctima.

->Lo que hizo

El 11 de junio de 1981, Renée Hartevelt, una chica holandesa de 25 años, visitó la misma vivienda de Sagawa. Ambos eran compañeros de La Sorbona, Universidad en la que estudiaban literatura comparada. Y si bien se conocían tan solo desde mayo, se habían hecho bastante amigos. Ya había ido antes a ese departamento en dos oportunidades. Durante la primera, comieron sukiyaki, charlaron y escucharon música de Beethoven y Handel. Durante la segunda, ella le enseñó algo de alemán. Él quería aprender para así poder leer poesía romántica alemana en su idioma original. Y Renée no solo se mostro dispuesta a ayudarlo, sino que también le prometió leerle poemas germanos cuando él quisiera. De hecho, para eso acordaron esa tercera cita en su hogar. Nunca se imaginó que sería la última.

Cuatro días después, en la estación de policía, Sagawa relató de manera calma y con lujo de detalles lo que hizo esa tarde con Hartevelt:

Le había mentido para que viniera a mi casa. Le dije que mi profesor quería algo de poesía alemana grabada. Ese fue el pretexto, y ella nunca dudó de mí. Elegí el poema, puse 'Rec” en la grabadora y ella comenzó a leer en voz alta.

Mientras ella leía de espaldas a mí, sentada frente a mi escritorio, agarré la escopeta. Estaba realmente asustado, pero, finalmente, apreté el gatillo.

Ella siguió hablando hasta que, de repente, se quedó en silencio. Primero, cayó sobre el escritorio. Después, se desplomó hacia el suelo junto con la silla en la que estaba sentada.

Puse una toalla debajo de su cabeza y, entonces, comencé a desvestirla. Empecé con su culo. Pensé que se veía delicioso. Decidí que tenía que ser la nalga derecha, porque la izquierda está mas cerca del corazón, y a mí me da miedo la sangre.

Mordí su glúteo, pero me di cuenta que era demasiado duro para desgarrarlo con los dientes. Me hizo doler la mandíbula. Tomé un cuchillo de la cocina e intenté usarlo en ella, pero tampoco pude traspasarla. Así que me rendí y fui al mercado.

Compré un cuchillo curvo para carne, volví y, por fin, pude penetrar la carne. Tuve que cortar muy profundo para llegar a la parte roja. No me acuerdo si rebané un pedazo o la agarré con los dedos.

Aquel relato de los hechos que le brindó a la Policía en ese entonces se lo repitió casi treinta años más tarde a Vice, para el mini documental de 2010 “Interview with a Cannibal” (“Entrevista con un Caníbal”) del cual lo reprodujimos. Es realmente impresionante ver y escuchar a Sagawa narrar sus aberrantes actos frente a la cámara, con la misma parsimonia descrita por quienes lo entrevistaron a las pocas horas de lo sucedido. Con esa misma facilidad para el lenguaje, medida pero minuciosa, con la que tantas veces relató su crimen, ya sea en reportajes, cartas, libros y hasta en el manga que el mismo escribió y dibujó.

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

Sin problemas ni pruritos, en distintas oportunidades contó lo que faltaba de lo ya contado. Que tuvo sexo con el cuerpo sin vida de Renée. Que diseccionó varios trozos de tejido y músculo. Que a algunos de ellos se los comió crudos. Que a otros los devoró cocidos. Que a los demás los guardó en su refrigerador para futuros almuerzos y cenas. Que descuartizó lo que quedaba del cadáver cuando el olor a podrido empezó a sentirse y el miedo a ser descubierto lo sacó de su macabro trance.

-> Lo que siempre quiso hacer

Desde que tuvo uso de memoria, Issei Sagawa jura que convive con la fantasía del canibalismo. No en términos generales, sino con una muy específica: la de comer la carne de mujeres blancas occidentales. Si bien desconoce a ciencia cierta el origen de su perversión, el asesino la atribuye a, principalmente, dos cosas.

La primera, a un juego infantil que, cree, lo traumó de por vida. Cuando eran chicos, su tío Mitsuo Sagawa (un popular cantante y actor japonés) jugaba con él y su hermano menor Jun a que era un gigante que venía a devorarlos y del que ellos tenían que escapar. Su padre Akira, por su parte, era el caballero que enfrentaba a la bestia para salvarlos. Pero no siempre ganaba su papá: a veces, el gigante lograba agarrarlos y meterlos en una olla imaginaria para cocinarlos. Al pequeño Issei le encantaba este juego. Pero también, según se acuerda el Issei adulto, lo excitaba a niveles mórbidos y masoquistas.

El segundo episodio con el que relaciona el origen de su perversión es su propio nacimiento. Sagawa nació prematuro y su cuerpo nunca pudo desarrollarse como era debido. Cuando llegó al máximo de su crecimiento, medía menos de un metro y medio de altura y no llegaba a los cuarenta kilos de peso. Para esa época, su fetiche antropófago ya se había consolidado. Deseaba con todas sus ansias saborear la carne caucásica de una chica fuerte, alta y de hombros pálidos como los de Grace Kelly, su amor imposible.

Sin embargo en Japón, su tierra natal, no era fácil encontrarlas. Solo lo había hecho una vez, y había salido todo mal...

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

Fue cuando todavía cursaba su carrera de grado en la Universidad Wako de Tokio. Allí conoció a una profesora de 35 años que cumplía con todas sus expectativas: era alemana, bella y de buen porte. Un día, averiguó su dirección, fue hasta su casa y descubrió que dormía con la ventana abierta. Así que se metió por ahí y, cuando pisó su habitación, la encontró semidesnuda en la cama. Totalmente excitado, decidió golpearla hasta dejarla inconsciente, para así poder morderla. Pero cuando quiso llevar a cabo su plan, la docente se despertó, gritó y él escapó del lugar. Horas más tarde, la Policía lo detuvo acusado de intento de abuso sexual. Lo liberaron rápidamente: su padre, un ejecutivo de mucho dinero, hizo un arreglo económico con la maestra, quien decidió no presentar cargos. Ni su familia, ni la mujer, ni siquiera el psiquiatra que lo entrevistó en la comisaría supieron nunca que su intención jamás había sido violarla.

Intentó reprimir su fantasía durante varios años. De hecho, hacía cuatro que vivía en Francia cuando finalmente la cumplió. Es en Paris donde su pulsión se vuelve irrefrenable. “Veía a las mujeres occidentales en la calle y mis fantasías se disparaban solas. Se me cruzaba una mostrando la espalda y ya me imaginaba estrangulándola con un cinturón para desmayarla. Cuando lo hiciera, tenía que taparle la boca con cinta y atarle las manos y los pies con una soga. Recién ahí podría desnudarla. Luego, la examinaría. Primero sus genitales, después la parte de atrás. Entonces iría a la cocina a buscar un cuchillo. Acto seguido estaría cortándola, para luego cocinar su carne en la sartén. Pero, un momento: ¿tendría que matarla? Yo no quería matarlas, ¡solo quería comerlas!”, contó Sagawa de sus divagues previos. Dijo también que el mero pensamiento de morir sin haber probado antes el sabor de la carne humana femenina lo llenaba de angustia. Sabía que si no lo hacía al menos una vez habría desperdiciado su vida.

Fue en ese tiempo cuando compró un pequeño rifle de caza. Tenía que estar preparado para el momento en que, por fin, se decidiera a pasar de la ilusión a la realidad. Al ver a Renée Hartevelt por primera vez, supo que había llegado. Su piel blanca. Sus ojos grises. Su sonrisa gentil. Su atractiva figura. Sus hermosos hombros pálidos. De todas las opciones del menú, ella era la elegida.

Cuando pasó lo que pasó, los medios de comunicación de la época, sobresaltados por el morbo de un caso del que todavía no se conocían todos los detalles, no tardaron en contar el por qué. El motivo detrás de tal salvaje aberración. De acuerdo a los periodistas, Issei estaba enamorado de Renée, pero Renée solo quería a Issei como amigo. Por eso este inmigrante oriundo de la ciudad japonesa de Kobe había hecho lo que hizo con su par originaria de los Países Bajos. Como no soportó su rechazo, decidió asesinarla para después violar y comer de su cadáver.

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

El propio Sagawa, por su parte, aseguró después que esa versión de la historia no es cierta. “Se ha dicho que como amaba a mi víctima, le confesé mis sentimientos y ella se rio de mí, yo perdí el control y la maté. Eso es completamente falso. Fue solo un mes después de haberla conocido que el accidente ocurrió. Renée era una chica muy hermosa, pero éramos solo amigos. Renée era tan amable... Desafortunadamente, en ese momento, no pude entender que su amistad venía del corazón. Ella era una buena amiga. Pero yo la veía solo como un apetitoso bowl de carne”, aseguró tiempo después.

“Accidente”. Así llamó, de manera tan descarada e hipócrita, al planeado asesinato de la joven. Sin embargo, en cada declaración, el femicida-necrófilo-antropófago siempre expresó su supuesto remordimiento en relación a la primera parte de su crimen. Como dijo en ese entonces: “Yo no quería matar a Renée, yo solo quería saborear su carne. Me arrepiento terriblemente de haberla matado. Por eso nunca repetí mi crimen caníbal. Sigo fantaseando con comer carne humana, pero nunca volveré a matar”. Hasta la fecha, cumplió.

-> Lo que hicieron con él

Tras su confesión, Issei Sagawa fue encarcelado en la prisión parisina de La Santé, a la espera del juicio. Al enterarse de lo que su hijo había hecho y de su encierro, Akira Sagawa viajó a Francia y contrató a uno de los más reconocidos y caros abogados de ese país. Poco menos de dos años después, el caníbal japonés fue declarado inimputable y enviado de inmediato y de manera indefinida al hospital psiquiátrico Henri Colin. Para su suerte, y para la indignación del mundo entero, el juez consideró que un estado de demencia había invadido al nipón a la hora de asesinar a su compañera de estudios, violar su cuerpo sin vida y comer del mismo durante 48 horas.

Doce meses más tarde, y ante la presión del pueblo galo (que no quería pagar con sus impuestos la estadía de un inmigrante que había cometido tal atrocidad), la Corte de Casación francesa sostuvo la inimputabilidad por insanía y determinó que Issei fuera deportado a Japón. Cabe destacar que, para esa época, el caso se había reavivado cuando un periodista de la revista Paris Match fue arrestado por divulgar las fotos del cadáver mutilado y desmembrado de Hartevelt, tomadas en la morgue al momento de haberle sido realizadas las pericias correspondientes. El escándalo y el rechazo de las imágenes por parte de la sociedad no pudieron disfrazar, de todas formas, las miles de ventas de la edición en las que salieron publicadas.

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

Sagawa regresó a su tierra natal como un hombre libre. Pero su familia ya había decidido por él: apenas bajó del avión fue trasladado al Hospital Matsuzawa de Tokio, en donde se internó como paciente voluntario. Allí, los cinco psiquiatras que lo analizaron llegaron a la conclusión de que el ya para ese entonces famosísimo asesino antropófago era una persona completamente cuerda que debía ser condenada legalmente por sus actos. Pero cuando la Justicia de Francia rechazó el pedido de las autoridades japonesas de que le fuesen entregados los archivos de la causa por la que Issei había sido exonerado (como ya no enfrentaba cargos en Francia, el juez no tenía derecho a cederlos), nada pudo hacer el mismo poder nipón para ponerlo tras las rejas.

Después de 13 meses el superintendente del nosocomio, cansado del asedio de la prensa local y convencido de que, como el paciente no estaba loco, ningún tratamiento podría beneficiarlo, decidió que la estadía de Sagawa había concluido. De esa manera, a su familia no le quedó otra opción que ocuparse de él. Luego de gestionar el cambio de identidad de su hijo, Akira Sagawa, quien se había visto obligado a renunciar a la corporación que dirigía, usó parte del poco dinero que le quedaba (tras los importantes gastos que había tenido que afrontar durante los últimos cinco años) para alquilarle un pequeño departamento. Allí vivió hasta la muerte de sus padres, y hasta que se le terminó la plata.

-> Lo que hizo con lo que hizo (y lo que hicieron de él)

Ya desde su confinamiento en La Santé, Issei Sagawa pudo reconocer la fascinación que su horrendo crimen había generado. No solo en Francia, sino también, y en mayor medida, en su país de origen. Un día, leyó en un periódico que una productora cinematográfica japonesa quería llevar a la pantalla grande su historia. La misma tenía en mente al prestigioso dramaturgo, escritor, actor y compositor Juro Kara para encomendarle el guión de la película. La admiración que profesaba por aquel artista lo hizo decidirse: tenía que involucrarse en el proyecto. Casi de inmediato le escribió una carta a Kara, en la que le ofrecía su versión de los hechos. Aceptó deleitado, Durante tres meses, el caníbal y el artista mantuvieron una correspondencia.

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

Sagawa estaba feliz de su intercambio. Hasta que, de un día para el otro, las misivas del autor cesaron. Otros tres meses pasaron para que la decepción de Issei se completara: Kara había publicado sin su consentimiento una novela titulada “La carta de Sagawa”, en la que presentaba un relato en parte real y en parte ficticio disparado por todo lo que el criminal en ese momento preso le había contado. El libro (publicado luego en castellano por la editorial Anagrama) en pocas semanas se convirtió en best-seller y fue premiado con el Premio Akutagawa, la máxima distinción literaria de Japón.

Traicionado como se sentía, el asesino se apuró en tomar cartas en el asunto. No necesitaba de nadie más para que su verdad saliera a la luz. Sabía muy bien que él también podía escribir, así que encaró su propio libro. Estando internado en el psiquiátrico francés, Sagawa recibió la visita del también escritor y traductor Inuhiko Yomoto. Entusiasmado, le entregó un manuscrito incompleto de su futuro opus, esperanzado de que lo ayudara a publicarlo. No se esperaba, por supuesto, que Yomoto también fuera desleal con él. En septiembre de 1983, su texto sin terminar fue editado en Japón, bajo el título de “En la niebla”. Otra vez, la publicación había sido sin su consentimiento. Pero las 200.000 copias rápidamente vendidas le dieron cierta satisfacción y, más importante aún, una idea. Ahora, sabía a ciencia cierta que muchísimas personas estaban interesadas en lo que él mismo tuviera para decir.

Tras recuperar su absoluta libertad en suelo nipón, Sagawa terminó de descubrir cuál era su nueva realidad. Por un lado, era un paria. Un monstruo a quien nadie quería tener cerca ni, mucho menos, darle trabajo. Pero por el otro, y como todo monstruo, alguien que despertaba una morbosa atracción que, ante la falta de oportunidades laborales y la imposibilidad de anonimato, necesitaba aprovechar.

Con ese panorama por delante, a lo largo de los años el caníbal japonés escribió varios libros y la mencionada, híper detallada y explícita versión en historieta de lo que hizo con Renée Hartevelt, como también distintas colaboraciones periodísticas. Además, y muy rápidamente, aceptó dar cuanta entrevista (paga) se le presentara, al igual que realizar cualquier tipo de aparición mediática. Con el correr de los años, tuvo algunos pequeños y bizarros roles como actor en películas y muchísimas participaciones en programas, documentales, especiales de TV y videos.

Issei Sagawa, el caníbal japonés que mató, violó y se convirtió en estrella

Si bien siempre con morbo, al principio su crimen y su persona eran tomadas con relativa seriedad. Pero con el tiempo algunas de sus participaciones se volvieron denigrantes. Como una filmación en la que se burlan constantemente de él y de su físico, por ejemplo. O como otra, más sádica aún, en la que interpreta al lobo de una Caperucita Roja con más triple que doble sentido. Sí, de criminal atroz Issei Sagawa había pasado a ser una estrella. Un ícono de la cultura popular japonesa. Pero el precio a pagar era muy caro, tanto para él como para muchos más.

Quizás la culminación más patética y peligrosa de su explotación mediática, tanto propia como ajena, haya sido su incursión en el porno. Otro de los momentos más impactantes del ya citado documental de Vice es cuando muestran imágenes del video hardcore que protagonizó. No las de las escenas explícitas en sí, sino más bien las del momento en el que tiene que contarle a la actriz con la que había tenido sexo durante todo un día quién es él en verdad y qué hizo, con su verborragia para los detalles característica. A ese nivel de violencia llegaron Sagawa y parte de la sociedad que lo hizo famoso, tras su acto de violencia original.

-> El final

La conclusión de su historia todavía no llegó, pero Issei Sagawa la ansía desde hace mucho tiempo. “Me hubiera gustado que me dieran la pena de muerte. La muerte es mi única esperanza. Quiero morir sufriendo. Y me gustaría ser asesinado por una mujer hermosa. Esa es mi fantasía”, le dijo a Vice en 2010. Algunos años antes decía lo mismo, pero de una manera más específica y acorde a su personalidad: “Comer y ser comido es lo mismo para mí. Siempre sueño con ser devorado por una hermosa mujer blanca”. Todavía eran épocas en las que, según contaba, seguía intranquilo. Él no quería, y se había prometido, matar nunca más. Pero sus deseos antropofágicos permanecían dentro suyo. “Cuando tengo una necesidad caníbal la reprimo masturbándome. Pero me volví impotente y ya no puedo masturbarme. Estoy terriblemente preocupado de no poder reprimir mis deseos canibalísticos al masturbarme. Temo que mi canibalismo pueda emerger nuevamente”, llegó a advertir en ese entonces.

Once años después de esa confesión, Issei Sagawa es tan solo lo que queda de él. En 2013 sufrió un infarto cerebral que dañó su sistema nervioso de manera permanente. Ahora vive en los suburbios de Tokio con su hermano, quien lo cuida y alimenta. “Tengo miedo de que voy a morir”, dijo ante la cámara de “Caniba”, el documental de 2017 premiado en el Festival de Cine de Venecia que constituye su última aparición pública hasta el momento. Cuatro décadas atrás, Renée Hartevelt ni siquiera pudo temer por la vida que le arrebató.

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