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La Mañana Historia

Los asesinatos seriales jamás resueltos de la Argentina: el caníbal y el cazador

En esta primera entrega, dos de los casos más emblemáticas de la historia argentina. En la próxima entrega se completará el informe con los dos hechos restantes.

Si los homicidios y femicidios en serie son el tipo de crímenes que más interés despiertan en la prensa y el público en general, los que no pudieron esclarecerse lo hacen todavía un poco más. En este informe, nos adentraremos en cuatro casos emblemáticos en la historia de nuestro país que, hasta el momento, no tuvieron resolución. Hoy, el “Caníbal de San Isidro” y el “Cazador de Mariposas”.

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El Caníbal de San Isidro

“Mataba por placer, como el ‘Petiso Orejudo’ o Robledo Puch. Eso es típico de un asesino en serie que considera que los humanos son un objeto de su propiedad, sus piezas privadas. Sentía excitación cuando mataba sin piedad. Con su fuerza bestial deshacía los cuellos. Es del tipo de asesinos predadores”, le dijo años atrás al diario Perfil nada más y nada menos que el célebre y respetado forense y criminalista argentino Osvaldo Raffo, acerca del protagonista de uno de los casos más enigmáticos de la historia criminal nacional. Un “serial killer” criollo jamás descubierto al que la Policía y los medios de la época bautizaron como el “Caníbal de San Isidro”.

Corría el año 1972 cuando, en la mencionada zona del conurbano bonaerense, una serie de violentos ataques tuvieron lugar. Las víctimas compartían las mismas características: mujeres jóvenes, atractivas y rubias. Todas ellas fueron sometidas de la misma manera. Su agresor las había sorprendido por la espalda, cerca de alguna parada de la línea 60 de colectivos. Les había tapado la boca. Las había llevado hacia algún baldío aledaño. Las había golpeado hasta dejarlas inconscientes. Las había violado. Las había asesinado.

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Osvaldo Raffo.

Osvaldo Raffo.

Y no solo eso: también les había arrancado a mordiscones partes de sus cuerpos.

“Las mordidas eran violentísimas”, recordaba bien Raffo en la citada entrevista. Tal era la fuerza con la que el “Caníbal” mordía que los investigadores pudieron confeccionar una dentadura gracias a las marcas que el asesino dejó en los cadáveres, a partir de la cual lograron descartar a 24 sospechosos tras una comparación de piezas dentales.

Su asesinato más memorable (y documentado) tuvo lugar el miércoles 23 de noviembre de 1972. La chica a la que mató tenía 23 años y se llamaba Diana Goldstein. Una estudiante de periodismo rubia de ojos azules, que trabajaba en la fábrica de colchones de su padre. Fue encontrada sin vida por un canillita en el jardín de un vecino de los Goldstein, ubicado en Emilio Mitre al 100. Al momento de su muerte, Diana vestía un sweater rojo y una pollera negra que fueron destrozados en el ataque. Raffo fue el encargado de llevar adelante su autopsia. Además de constatar que a la fallecida le habían arrancado a mordiscones un tercio de lengua, el labio inferior, la punta de la nariz, una parte de una mejilla y piel de su cuello y mano derecha, también pudo determinar que había sido estrangulada después de su violación.

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Cuadra donde fue asesinada Diana Goldstein.

Cuadra donde fue asesinada Diana Goldstein.

Si bien, en un principio, la Policía detuvo a cuatro ex presuntos amantes de la joven, todos fueron liberados al poco tiempo. Ninguno de ellos era el femicida que buscaban. No había pruebas que los incriminaran. Tampoco coincidían con la descripción que les había dado una de las chicas atacadas. La única, quizás, que tuvo la suerte de escapar con vida.

“Por la declaración de una de sus bellas víctimas, que se salvó de sus feroces garras, el sujeto amoral ya había propinado bárbaros ataques a mujeres de la zona norte”, decía una nota publicada en aquella época por el diario La Razón, la cual se refería a la sobreviviente de un intento de secuestro sobre la avenida Maipú, a metros de una parada del 60. La chica habló con los investigadores y les contó que el hombre que había tratado de abducirla tenía nariz aguileña, mirada extraviada y estaba peinado para atrás. Según su testimonio, el agresor del cual logró huir había alcanzado a morderla y a taparle la boca con la mano. “Sus dedos olían mal, por eso sospechamos que se trata de un basurero”, confió una fuente policial al mencionado medio. De acuerdo al mismo artículo periodístico, un colectivero también había declarado ver a un pasajero de rasgos similares que se sentaba al lado de mujeres y las acosaba.

Las pocas características físicas aportadas por ambos testigos fueron los únicos datos con los que los detectives tuvieron que manejarse. Su hipótesis era que el asesino en serie, si no era basurero, se dedicaba a algún oficio demandante desde lo físico que se extendía al menos hasta las 23:00, horario tras el cual se produjeron todos los crímenes. Sin embargo, no le pudieron seguir el rastro. Los femicidios de esa clase tan particular dejaron de sucederse y la investigación se diluyó. Se cree que el misterioso “serial killer” que azotó las calles de la zona norte de la provincia de Buenos Aires o bien fue apresado por algún otro delito o falleció antes de ser identificado. Al mismo tiempo, el poco interés que la prensa pareció mostrar por el caso mermó rápidamente. Eran épocas convulsionadas en la Argentina, y las páginas policiales todavía se concentraban en la figura de Robledo Puch, quien había sido detenido en febrero de ese mismo año.

Hoy, medio siglo después, muy poco es lo que se sabe del “Caníbal de San Isidro”. Muchos incluso lo confunden con otro famoso criminal serial de la misma localidad, que en un lapso de seis meses, entre 1974 y 1975, violó a 15 mujeres y asesinó a 13 de ellas. Uno que sí fue localizado (y acribillado) por la Policía: Francisco Antonio Laureana, el “Asesino Puntual”.

Pero esa es otra historia.

EL CAZADOR DE MARIPOSAS 2 (1).jpg

El Cazador de Mariposas

Entre 1986 y 1989, la Autopista Panamericana, un tramo de la Ruta Nacional 9 comprendido entre las localidades bonaerenses de Escobar y Florida, fue el epicentro de una serie de crímenes cuyas víctimas fueron muchas de las chicas trans que trabajan en la zona desde la vuelta de la democracia. Un lugar al que los medios más sensacionalistas bautizaron como “Travestilandia” en el cual, según algunas versiones, un misterioso asesino serial jamás identificado salía a cazar...

“Le decían el 'atrapa mariposas', o el 'caza mariposas'”, contó años más tarde Carla Pericles, sobreviviente de uno de sus presuntos ataques, en un testimonio recolectado por el Archivo de la Memoria Trans, un colectivo argentino que busca resguardar la historia de esa comunidad en nuestro país a través de fotos, videos y recortes de diarios. De acuerdo a Pericles, muchas eran las chicas que, como ella, trabajaban en la Panamericana e intentaban cuidarse de un presunto “serial killer” que circulaba en un Peugeot 504 color crema. Sin embargo, otras declaraciones difundidas por la prensa hablan de que el auto en cuestión era blanco y negro, o, en realidad, un Falcon verde como los que se usaban durante la Dictadura Militar. Algunas crónicas, incluso, indicaban que el sospechoso era rubio y tenía una notoria cicatriz en su rostro.

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Carla Pericles.

Carla Pericles.

El número de víctimas fatales que se le atribuyen varía según la fuente. La revista ¡Esto!, por ejemplo, contabilizaba en su edición del 18 de agosto de 1987 la cifra de 28 travesticidios. Cintia Di Carlo Scotch, otra de las trabajadoras de la Panamericana de la época que habló acerca del misterioso criminal, denunció la muerte de “60 compañeras”. El presunto modus operandi del travesticida tampoco es homogéneo en los rumores. Algunas aseguraban que mataba atropellando con su vehículo. Otras que lo hacía con sus propias manos, luego de hacerse pasar por un cliente. “A Marcela Ibáñez le pegó una puñalada cuando bajaba del coche. El tipo salió con ella, todo bien, pero cuando bajó la Ibáñez sintió como una trompada. Se dio cuenta al rato por la sangre. Se salvó porque tenía un cinturón ancho”, recordaba Di Carlo Scotch acerca de uno de los ataques.

El único testimonio de primera mano documentado es el de la mencionada Pericles. Antes de morir en 2020, fue la única en asegurar haber tenido un encuentro cara a cara con quien podría haber sido uno de los peores asesinos en serie de la historia nacional. Según su relato, Carla se acercó a su auto y, al hacerlo, notó que se trataba de un Peugeot 504 color crema igual al que describían varias de sus compañeras de ruta. Idéntico al que habían visto subirse a Robotina, una de sus más grandes amigas, antes de que apareciera asesinada días después. Sus sospechas se convirtieron en certezas, y su miedo inicial en terror, cuando, al ingresar, vio que el conductor, además, portaba una pistola.

“Me adelanté y le tiré una patada, con tanta suerte que le hice caer el arma de la mano”, contó. Tras ese impulso salvador, rememoró, empezó a golpearlo. Fue tal la paliza que le dio que, según el relato de Pericles, no solo “pasaron coches a mirar” sino que, también, se aproximaron unos policías que, ante la atención, “hacían como si no me conocieran”. Cuando por fin se bajó del auto, uno de ellos, finalmente, se acercó a increparla. “¿Sos loca, Carla?”, le preguntó. “Llevalo preso. Es el 'atrapa mariposas'. Él mata a las travestis”, le contestó ella, señalando al hombre del que se había defendido. Y si bien puede no haberla sorprendido del todo, lo que el efectivo le dijo a continuación terminaría marcando su futuro.

“¡No! Es el nuevo comisario”, le reveló el agente. Poco tiempo después, aterrorizada por las amenazas que empezó a recibir, Carla Pericles tuvo que irse del país.

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Es en esa presunta respuesta policial donde se encuentra uno de los elementos clave para quienes no creen que los crímenes de personas trans durante la segunda mitad de los ochenta hayan sido cometidos por un travesticida en serie. “El 'Cazador de Mariposas' tiene más ribetes de un mito. Un invento de la prensa en sintonía con una profusa cantidad de experiencias similares en otros países que investigaban asesinos seriales”, señaló a Infobae el año pasado Marce Butierrez, activista travesti, antropóloga e investigadora feminista queer. “La versión de un asesino serial es cómoda para todos. Exime a la Policía, justifica el odio hacia las travestis en un asesino con ribetes psicopáticos, exime a los vecinos y limpia de conflictos la escena”, asegura la investigadora.

“El centro de la cuestión no es si hubo o no un solo asesino”, indicó al mismo portal de noticias Patricio Simonetto, Doctor en Ciencias Sociales y Humanas especialista en historia social y cultural de la sexualidad en América Latina, quien, a su vez, explicó: “En la violencia de los años 80 había también grandes cuotas de clasismo y racismo, porque este odio a la transgresión de género está cargado también por un deseo profundo de distanciarse de todo aquello que se considera marginal”.

Según Butierrez, “los asesinatos en la Panamericana tenían diferentes características dependiendo de la zona en que ocurrían”. Y detalla: “Los conflictos en Munro, Martínez y Villa Martelli tenían que ver con peleas entre las travestis y quienes intermediaban en la venta de sexo de las prostitutas cis. Vicente López, en particular, era un espacio vedado para las travestis, que solían recibir las agresiones de los fiolos o de la Policía que protegía el comercio sexual. En Tigre, en cambio, a veces eran personas que aleatoriamente disfrutaban del acto de matar a las travestis. Y hay también registros de casos en los que eran asesinadas en hoteles y tiradas en la ruta. En general, los casos quedaban asentados como accidentes, sin que se produjeran mayores investigaciones”.

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Sin embargo, para la investigadora, en todo ese contexto de violencia también “es probable que haya habido algún caso que se correspondiera con un crimen con motivaciones más individuales”. “Los testimonios hablan de un método para matar en donde no habría resultado extraña la connivencia entre la Policía y algún efectivo de civil subido a un auto sin identificación. Hay declaraciones donde incluso se señala a los vehículos particulares de oficiales de la Bonaerense. Todo eso está sin investigar”, asegura Butierrez.

¿Existió entonces un asesino serial operando en la Panamericana de aquellos años? Es casi un hecho que nunca lo sabremos. Lo que sin dudas existió, y aún continúa vigente, fue la impunidad detrás de las decenas de crímenes muy reales que azotaron a la comunidad trans durante ese período de nuestra historia. Una que no debemos permitir que se repita nunca más.

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