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La Mañana Yiya Murano

El relato del horror: el hijo de Yiya Murano contó cómo quiso matarlo cuanto tenía 10 años

Martín cuenta una infancia signada por el miedo, el silencio y la necesidad de tomar distancia de un vínculo imposible de nombrar como maternidad.

Desde hace décadas, el nombre de Yiya Murano está asociado a uno de los casos policiales más impactantes de la historia argentina. Pero detrás de ella, sin embargo, existe una historia menos conocida y profundamente incómoda: la del hijo que creció dentro de ese hogar y que, con el paso del tiempo, comenzó a reconstruir su propia verdad.

Desde Mar del Plata, Martín Murano decidió exponer una experiencia marcada por el miedo, el silencio y la necesidad de tomar distancia de un vínculo imposible de nombrar como maternidad.

Actor, director teatral, conductor radial y escritor, Martín convive desde niño con una identidad pública que nunca eligió. Su testimonio aporta una mirada singular sobre el caso y revela aspectos que exceden el expediente judicial. No se trata solo de los crímenes, sino de las consecuencias íntimas que dejó una figura central atravesada por la manipulación, el engaño y la violencia.

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Yiya Murano fue condenada por homicidio reiterado tras el envenenamiento de mujeres de su entorno cercano.

Yiya Murano fue condenada por homicidio reiterado tras el envenenamiento de mujeres de su entorno cercano.

Una infancia dura y el momento en que su mamá quiso matarlo

Martín tenía apenas 10 años cuando ocurrió un episodio que marcó su vida. Con el tiempo, ese recuerdo tomó otra dimensión a la luz de los hechos que luego saldrían a la superficie.

Según su reconstrucción, en diálogo con Infobae, estuvo a punto de consumir un alimento que terminó en la basura de manera abrupta y sin explicación. Años después, ese gesto adquirió un sentido inquietante.

Desde entonces, Martín afirma que nunca logró sentir a Yiya Murano como una madre. La percibía como una figura ajena, distante, imprevisible. El vínculo carecía de los rasgos básicos del afecto y estaba atravesado por una lógica de control y secretos. La convivencia no incluía golpes ni escenas explícitas de violencia física, pero sí un clima denso, dominado por el manejo del dinero, las conversaciones en voz baja y una constante sensación de alerta.

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El caso de Yiya Murano marcó a su familia y dejó secuelas que persisten décadas después de la condena.

El caso de Yiya Murano marcó a su familia y dejó secuelas que persisten décadas después de la condena.

El niño observaba, escuchaba y acumulaba preguntas. No entendía del todo lo que sucedía, pero intuía que algo no estaba bien. Esa percepción temprana se transformó, con los años, en una certeza imposible de ignorar.

"Fue con una torta que había comprado en teoría para una cena, seguramente luego envenenada. Y bueno, la torta viene cerrada como la de cualquier confitería, obviamente. En este caso el paquete estaba abierto. La dejó sobre la mesa de la cocina. En esa época yo era gordito, me gustaba mucho comer. Y la vi. Obviamente me tenté y corté un pedazo. Cuando me lo fui a llevar a la boca, apareció y me lo sacó. Lo agarró y lo puso sobre el resto de la torta que quedaba y la tiró a la basura", contó.

Y afirmó que "Para mí no se animó, se arrepintió a último momento. La verdad nunca la sabremos. Pero, ¿por qué la tiró? Todo muy sospechoso. Yo digo que me salvé.

Los crímenes, la detención y una verdad que llegó de golpe

Entre fines de la década del 70 y comienzos de los 80, varias amigas de Yiya Murano murieron tras compartir encuentros sociales en su domicilio. La Justicia determinó que habían ingerido veneno en alimentos ofrecidos por ella. El hallazgo de cianuro y las pruebas reunidas condujeron a su detención y posterior condena por homicidio reiterado.

La noche del arresto quedó grabada en la memoria de Martín. La presencia policial en la casa, el clima contenido y las explicaciones evasivas marcaron el inicio de una etapa de desconcierto. Durante días, nadie le explicó con claridad qué ocurría. La confirmación del motivo real llegó a través de los medios, no del ámbito familiar.

Lejos de la sorpresa absoluta, el joven asumió la noticia con una mezcla de impacto y resignación. La idea de que aquella mujer fuera capaz de matar no resultaba del todo ajena. Con el tiempo, también surgieron sospechas sobre otros episodios, denuncias y vínculos, algunos nunca probados judicialmente pero persistentes en el relato público.

Distancia, reconstrucción personal y una vida propia

Tras cumplir su condena y recuperar la libertad, Yiya Murano intentó instalar una versión edulcorada de su paso por prisión. Martín, en cambio, eligió otro camino. Decidió escribir, contar y tomar distancia. Publicó un libro donde narró su experiencia y colaboró en proyectos audiovisuales que buscan aportar testimonios directos y contextos reales, lejos de las ficciones televisivas.

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El vínculo con los familiares de las víctimas, lejos de ser hostil, se transformó en un espacio de respeto y diálogo. Esa relación resultó reparadora para alguien que sufrió durante años el peso del apellido y el estigma social. El bullying y la sospecha ajena fueron parte de su adolescencia, pero también lo fue la decisión de no repetir la historia.

Hoy, el hijo de Yiya vive en Mar del Plata, trabaja como instructor de artes marciales, desarrolla proyectos artísticos y participa en iniciativas vinculadas a la lucha contra la violencia de género. Formó pareja, construyó una familia y afirma estar en paz consigo mismo.

No habla de perdón porque, según su mirada, el perdón implica un vínculo emocional que nunca existió. Prefiere hablar de cierre, de distancia y de una identidad propia que no gira alrededor de un nombre infame. Yiya Murano forma parte de su historia, pero no de su vida.

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