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"La gente a veces piensa que somos payasos, pero hay mucho amor puesto en los trajes, hay dedicación, plata, sacrificio", comenta Aldana, que hace seis años baila en la Quitamufa, una murga de Neuquén. Siempre que se respeten los colores de la agrupación -en este caso rojo, amarillo y negro- cada bailarín puede diseñar el traje a su gusto, y la joven de pelo muy corto y ojos vivaces optó por uno "bien quilombero". Es que llenó los pantalones de flecos que se mueven al compás de la batucada y se elevan en el aire con cada uno de sus saltos.
Según explica Franco Ortega, de la murga Piedra Libre de Cutral Co, el traje típico consta de pantalón, levita y galera, y nació como una forma de burlarse de la elite. Se visten como los caballeros ricos de antes y los desestructuran hasta lograr lo imposible: que los pobres usen galera y que los ricos, que ahora son ellos, se retuerzan sin elegancia ante un ritmo brioso y feroz.
En la confusión del salto y el movimiento, en el retumbe de los tambores, todos parecen ser iguales, como si el golpear incesante del bombo los uniformara con una sonrisa, un traje de colores y una pasión casi idéntica por el carnaval. "El carnaval para nosotros es todo, es lo que esperamos todo el año", confiesa Jéssica, de la murga Galanes del Momo, de Cipolletti.
Sin embargo, los murgueros no se quedan un año entero agazapados a la espera de transmitir su alegría. Todo el año contagian su ritmo en distintos corsos que se organizan para festejar el aniversario de cada murga. Por eso, viajan por todo el país para encontrarse, bailar juntos e intercambiar prendedores y cintas de colores que luego cosen a sus trajes.
Trasladarse insume tiempo y dinero, pero también les abre las puertas del mundo. Franco es durlero y hace unos años que toca el bombo en los Galanes del Momo, lo que le permitió conocer gente y descubrir geografías que hasta ese entonces sólo había visto en fotos.
Los pasos audaces de la murga exigen una dosis extra de energía. Maycol trabaja doce horas por día en una papelera y cuando llega, extenuado, inventa ánimos nuevos para moverse al ritmo de los tambores de la Barriada Sin Fin. En los 30 minutos que dura el desfile, su corazón se acelera y la respiración se vuelve entrecortada, pero sigue bailando con la misma pasión que le puso al primer paso. "Te juro que, cuando lo disfrutás, no podés sentir el cansancio", dice triunfal.
Aldana asegura que la murga le cambió la vida. "A mi verdadera familia la conocí acá y este grupo me enseñó lo que es la sencillez, porque vos con un jogging y un ruido de tambores pasas de ser nadie a ser un bailarín", señala mientras hace bailar el platillo contra la base y golpea el bombo con suavidad. Dice que lleva la murga en la piel y uno lo comprueba cuando se corre su remera de flores y se deja ver, tatuada en la espalda, la palabra carnaval.
La solidaridad es algo que llevan en la piel
La mayoría de las murgas son agrupaciones independientes y autogestionadas, que trabajan a pulmón no sólo por crear coreografías y canciones nuevas, sino por conseguir su sostenimiento económico.
Si bien algunos grupos cobran por hacer presentaciones en fiestas privadas, la mayoría se financia con eventos, venta de rifas y de comida a domicilio. El dinero a veces se destina a nuevos trajes e instrumentos, pero en general se gasta en los viajes que hace el grupo a distintos puntos del país.
Algunos van en colectivo y otros tratan de comprar sus propias trafics para poder trasladarse, y al llegar duermen en escuelas o centros comunitarios que gestiona la murga anfitriona.
Casi todos los grupos ofrecen sus espectáculos de forma gratuita en corsos, festejos del día del niño y las fiestas de carnaval. También son convocados en eventos solidarios y tratan de transmitir su alegría en situaciones desafortunadas.
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