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La Mañana Diego

Maradona y Charly, la amistad entre dos genios con noches a puro rock y admiración eterna

Diego y Charly forjaron una amistad que tuvo su pico más alto en los 90. La música, la fama y el talento los unió en inolvidables noches en boliches porteños.

Ubicado en Costanera Norte, Ski Ranch se había convertido en un reducto futbolero porteño durante casi todas las noches de la semana, pero especialmente los domingos, cuando las fatigadas piernas de muchos jugadores se tomaban ahí su “relax” post partido. Si en el deporte, como en la vida, existe la honestidad y la trampa, esto último abundaba en la noche de este local bailable y noventoso, alimentado a pizza y champán, propiedad del matrimonio compuesto por quien fuera por aquellos años el secretario de Turismo del gobierno de Menem, Omar Fassi Lavalle, y su mediática esposa, Liz. En alguna de esas noches de domingo, en 1995, cuando Diego Maradona estaba por volver a Boca una vez cumplida su segunda sanción por doping (la del Mundial 94), Ski Ranch y su entorno fueron el escenario para una cena organizada por dirigentes del club, con la prensa como invitada.

Todavía faltaba para que las sillas y las mesas fuesen corridas y la zona se liberara como pista de baile. Había chicos y chicas que querían primero comer algo, después bailar y, en el medio, compartir el rato. Y también mujeres que se acomodaban en lugares estratégicos: ya empezaban a ser llamadas “botineras”, eran habitués al lugar y estaban expectantes a los futbolistas que empezarían a llegar en cualquier momento. Claro que el arribo de Maradona era distinto y especial. Estaba invitado a cenar, era la figura esperada, aunque llegó para la hora del postre. Todos los que estaban sentados, se pararon. Hubo revuelo, desorden, sillas que en el apuro de la movida quedaron patas para el costado y más de un cubierto fue a parar al suelo. Cada uno se puso en acción: los organizadores de la cena se acomodaron para recibirlo; los admiradores sorprendidos abrieron los ojos y empezaron gritar “olé, olé, Diego, Diego”; los periodistas, lapicera en mano, empezaron a tomar nota de los detalles… Y, botinera a sus botines, una de ellas pidió una birome porque tenía algo importante que escribir en una servilleta de papel que, a través de un allegado, le hizo llegar a Maradona unos minutos después: “Soy la rubia de azul, la que te está mirando”.

La rubia, en aquel momento una veinteañera poco conocida, con el tiempo se hizo de un nombre y una fama que marcaron su futuro mediático aunque, paradójicamente, nunca terminó formalmente vinculada con un futbolista. Posiblemente, ni siquiera esa noche haya terminado junto a Maradona, quien ignoró el mensaje casi con desdén. En estos días, en los que tantas cosas se recuerdan de Diego, sobresalen las frases típicamente “maradoneanas”. Y una de ellas era “tengo menos mujeres que la tapa de El Gráfico”. De esto, sólo es cierta la parte objetiva, la que tiene que ver con las tapas de la famosa revista deportiva. Porque Maradona tuvo y dispuso de mujeres y de todo lo que quiso.

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Diego fue fútbol, magia y vestuario, como también calle de tierra, cuna de barro, hambre de gloria, y una vida que, sin darse cuenta, pasó a tenerla servida en una bandeja de oro. “De una patada en el culo me mandaron a la cima del mundo”, supo graficar. ¿Por qué tenemos la sensación de que todo lo que vivió no entra en 60 años? Tal vez porque fue full time. Diego fue día y fue noche: “más noches que la Luna”, por citar otra frase célebre. Y a través de esa mezcla de tierra, adoquín y asfalto, transitó trastabillando y volviéndose a levantar. Se juega como se vive y Diego siempre tuvo a mano un esfuerzo superador para reponerse de los trancazos.

De la muerte, obvio, no se salva nadie. El tema es quién se salva de la vida. Él la vivió a pleno, lo que incluyó padecimientos, desde ya, pero con la valentía de hacerse cargo de quién era, porque es fácil cantar, como Manu Chao, “si yo fuera Maradona viviría como él” cuando nunca lo seremos. Esa canción, “La Vida es una Tómbola”, que se luce en la película de Kusturica “Amando a Maradona”, tiene una lírica que define muy bien lo que vivía fuera de la cancha como consecuencia de lo que era adentro: “Mil cohetes, mil amigos, y lo que venga a mil por cien”.

Del mismo modo en que visitaba Ski Ranch, la noche porteña recibió a Maradona en cuanto lugar le garantizara fiesta y toda su pompa. Incluso, no necesariamente debía ser un boliche, porque también en aquellos años de regreso al fútbol argentino, el Soul Café, un restó-bar del barrio Las Cañitas, propiedad del músico Fabián Von Quintiero, era un lugar en el que Diego tenía las puertas abiertas. Fana de Boca, el Zorrito fue testigo de cómo empezó a crecer la relación entre sus grandes ídolos y cada vez más amigos: Maradona y Charly García, a quien acompañaba en los teclados desde mediados de la década del 80. También de aquellas noches solía participar Juanse, guitarrista y cantante de Los Ratones Paranoicos, también muy “bostero” y que años después reflejó su pasión por el Diez en una canción que en su versión original se llama “Para siempre”. Al poco tiempo, sobre la misma base musical, escribió otra letra y la tituló “Para siempre Diego”, con un inicio QUE hoy cobra un sentimentalismo mayúsculo: “Quisiera ver al Diego para siempre, gambeteando por toda la eternidad…”.

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La noche que Diego volvió a Boca en 1995, cuando dejó la frase inmortal

La noche que Diego volvió a Boca en 1995, cuando dejó la frase inmortal "Segurola y Habana", la disfrutó con Charly en el Soul Café.

Con Charly hubo admiración y respeto mutuo, aunque posiblemente el verdadero gancho haya sido la conexión de vida que tenían, independientemente del arte de cada uno. Con diferentes repercusiones, se sabían genios, rebeldes, poderosos, viciosos y, también, generadores de vicios en los demás. Diego más intuitivo, Charly García más académico, los dos destilaban oposición a lo establecido; los dos tenían demasiado ego y sufrían y disfrutaban la consecuencia de ser quiénes eran y contaban con sus públicos como indestructibles aliados “perdonatodo”. Por eso, sintonizaban. Y si bien el bicolor nunca fue un súper fan del fútbol, pese a su simpatía por River, sí se fue declarando hincha de Maradona especialmente en el inicio de la década del 90, cuando Diego dejó Napoli y se reinstaló en Buenos Aires.

Posiblemente el quiebre más empático por parte de Charly fue el “me cortaron las piernas” de 1994, que conmocionó al mundo y encontró al músico en Madrid, grabando una colaboración para el ex guitarrista de Manal, Claudio Gabis, que gestaba un disco doble con temas históricos y muchos invitados. La angustia y la impotencia de Charly al enterarse de la noticia del doping y la sensación de despojo, de confabulación antimaradoneana -idéntico sentimiento al duelo nacional que se vivía en la Argentina- lo inspiraron para escribir una canción que llamó “Maradona Blues”. De hecho, además de cantar el cover del famoso tema del rock nacional “Jugo de tomate frío”, Charly se hizo un lugar en aquel disco con su flamante blues que no negaba lo ocurrido en Estados Unidos, aunque trataba de comprenderlo diciendo que “un accidente no es pecado y no es pecado estar así (bajoneado), pero aquí estoy en este lado (Madrid), por eso déjame salir, yo solo quiero tu vivir”.

Charly Garcia festeja su cumpleaños con Maradona - 1994

Charly estaba en una época musicalmente caótica. La ópera-rock La Hija de la Lágrima parecía haberlo desgastado y enseguida comenzó la etapa Say no more. En aquel momento, empezaba su camino rumbo al colapso que sería gradual y encontraría su pico varios años después. Sin embargo, cada encuentro con Diego no lo tenía en la plenitud del descontrol, como si parara la pelota y asumiera un rol paternalista, una suerte de protector, tal vez porque comprendía las búsquedas y desesperanzas de Maradona en cada escapada. Pero estaba claro que la facilidad de ambos para acelerar a fondo hacía que subirse a esa moto provocase un vértigo sólo para elegidos.

En aquellos años, en un cumpleaños de Maradona que sirvió para festejar en cierto modo el de ambos, porque Charly es del 23 y Diego del 30 de octubre, la cita fue en otro punto de encuentro de los 90: la disco Buenos Aires News, que quedaba en el barrio de Palermo, en el denominado Paseo de la Infanta. El detalle glamoroso era que el actor neoyorkino Christopher Lambert estaba vinculado al paquete accionario de este boliche, que contaba con varios sectores para diferentes gustos musicales, además de un VIP en el entrepiso. Claro que si lo que se festejaba era nada menos que el cumpleaños de Maradona, ese VIP crecía a más de la mitad del lugar, que no se cerraba del todo para el ídolo porque parte del marketing pasaba porque los fans pagaran su entrada para compartir la noche -aunque no el espacio- con Diego y su banda.

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En esa banda, entre decenas de personas, estaba Charly. Según recuerda el propio Zorrito, otro de los invitados era Juanse, que también formó parte de una “animada” charla nocturna. Los minutos fueron pasando, se convirtieron en horas, de igual modo que la noche del cumple se transformó en otra noche de fiesta. Claudia, todavía su esposa, comenzó a insistirle a Diego para irse y éste que y que no. García, testigo del hecho, se reía haciendo pocos comentarios. Pero la mujer de Maradona insistió tanto que en un momento, cansada de las negativas, deslizó su verdadera razón de fondo: “Vamos, Diego, que no te quiero dejar acá solo”. Lejos de darse por aludido y sentirse parte del “riesgo” que Claudia avizoraba para su marido, Charly interpretó que su preocupación pasaba porque a Diego le pudiese afectar la soledad de quedarse en el boliche sin alguien de su familia. Y tuvo una intervención épica: “Claudia, andá tranquila, que se queda conmigo”, pretendió hacerse responsable Charly. Y Diego remató, con una ancha sonrisa maradoneana: “Uy, sí, se va a quedar re tranquila”.

El jueves 26 de noviembre, cuando la muerte de Maradona nos tenía todavía suspendidos en el aire de la incredulidad, Charly publicó en su cuenta de Instagram una carta dedicada (dirigida) a Diego, acompañada por dos fotos: una, la última que se sacaron juntos, cuando coincidieron en una visita al polémico doctor Rubén Mülhberger: la otra con el texto de puño y letra de García, como para confirmar que, aunque alguien le hiciera de Community Manager, él tuvo peso en esa publicación.

“Esperame ahí… la casa invita”, le pide a Diego, en esta teletransportación al cielo a la que nos llevan las redes sociales, que nos hacen escribirle desde la tierra a alguien que ya no está entre nosotros. Es que la partida de Diego hizo y hace florecer en casi todos un sinfín de recuerdos y sensaciones, en una recorrida por su apasionante vida que, utilizando una descripción de Fernando Signorini, su histórico preparador físico, Diego (la persona) compartió con Maradona (el D10S). A veces bien, a veces mal, pero siempre a mil y a su gana. Alguna vez Pelé dijo de sí mismo que era como Beethoven y Diego lo calificó de aburrido, y para variar le retrucó: “Yo soy el Ron Wood del fútbol, soy el Keith Richards del fútbol”. Quizá, los Stones, o el mismo Charly, sean como Maradona.

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