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Francisco y la fórmula para llegar a cumplir 102 años

Francisco Retegui trabajó casi toda su vida en el campo y llegó a Neuquén hace más de 30 años. Días atrás celebró un nuevo cumpleaños.

No es común cumplir 102 años, pero tampoco imposible. Así lo demuestra Francisco Retegui quien acaba de cumplirlos en Neuquén, rodeado de familiares, pero ya no de amigos. Suele decir que los encuentra más en el cementerio que por la calle.

Hay científicos que aseguran que la longevidad tiene un componente hereditario. Francisco debe tenerlo porque superó el centenario y su estado de salud es admirable. ¿Tendrá algo que ver que su madre haya vivido hasta los 92 años y su abuela paterna hasta los 108 años?

Recién cuando cumplió cien años se operó por segunda vez en su vida. La primera había sido a los veinte para quitarse las amígdalas. La última vez fue porque se le quebró la cadera al trastabillar en el patio de su casa cuando estaba cortando los restos de la poda.

Tampoco era común que operaran a una persona de cien años, le dijeron los médicos del hospital Castro Rendón, pero lo hicieron con éxito en un contexto de pandemia en retirada. “Es que es muy porfiado y no hace caso a ninguna recomendación”, coinciden sus dos hijos, quienes tuvieron que regalar la escalera para evitar que la usara a escondidas y se fracturara de nuevo.

Francisco nació un 2 julio de 1921 en el campo, a unos 90 kilómetros al sur de Bahía Blanca y a unos 17 kilómetros de un pueblo llamado Mayor Buratovich. El partero fue su padre, un porteño que recaló en la zona con pocos conocimientos de las tareas agrícolas propias del sur de la provincia de Buenos Aires. Es el tercero de once hermanos de una familia de raíces vascas y alemanas. Próspero, uno de sus hermanos más compinches, falleció por la pandemia de coronavirus y no lo pudo despedir, como tampoco a otros queridísimos hermanos (Nicasio y Mariano) que lo hicieron meses después.

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El campo es duro, pero todavía lo extraña. Francisco empezó a trabajar a los ocho años entre arados, arreos de caballos, y riegos de plantaciones de ajos, papas y cebollas en haciendas vecinas. Ahí aprendió el oficio y ahorró lo suficiente para poder comprarse a los 21 años, y con un gran esfuerzo, el campo que había arrendado su padre durante años.

El que lo conoce, lo define como una persona de palabra. Es de los que no necesitan un pagaré para cumplir con el compromiso asumido. “No tiene maldad, piensa que todo el mundo es bueno como él”, dice Ana, en tono de reproche y orgullo, con quien cumplirá el 29 de julio 60 años de casados.

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Fue productor agropecuario casi toda su vida, estuvo lidiando con el banco y con los intermediarios que son los que se llevan para sus bolsillos el esfuerzo de los que trabajan la tierra a destajo, sin feriados ni vacaciones. A Neuquén llegó prácticamente para jubilarse y para que sus hijos tuvieran una mejor oportunidad. Primero trabajó en La Vascongada, luego se jubiló, pero lejos dedicarse a descansar continuó con un negocio familiar.

Recién ahora le empieza a fallar la memoria, a veces suele despertarse sobresaltado de la siesta porque cree que tiene que darle de comer a los caballos o atender un turno de riego en el campo. Hasta que se da cuenta de que eso quedó atrás, hace ya muchos años.

“Francisco está fuerte como siempre”, dicen con cariño y admiración los cuñados que lo tienen de referente familiar. Para sus hijos es un padre cariñoso y un ejemplo a seguir.

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La última vez que fue a votar tenía 98 años.

La última vez que fue a votar tenía 98 años.

A la hora de describirlo, Marcelo, su hijo mayor, sostiene: “Es una persona íntegra, que me enseñó que todo se logra con mérito, que desde que lo conozco siempre estuvo trabajando”. Y agrega sin dudarlo: “Me enseñó a no pedir nada, a conseguir con esfuerzo lo que uno quiere. En fin, un padre, esposo y abuelo ejemplar que lo quería hasta la suegra”.

Su hija menor, la que todos concuerdan que heredó su carácter fuerte, cuenta que una de las primeras enseñanzas que recibió de su padre fue “que siempre se debe tratar a las personas por igual, independientemente de su poder o jerarquía; que el valor de la palabra no está pasado de moda; que siempre se hace lo que dice; y que ve en él, a pesar de los años, que siempre mantiene esa voluntad del trabajo pocas veces vista”.

Anécdotas para todos los gustos

Si bien le cuesta engancharse en alguna anécdota, un poco por la sordera y otro poco por la memoria, hasta hace un año increíble, sonríe cuando la familia evoca que siendo joven era tan distraído que un día anduvo por el pueblo sin uno de los vidrios de los lentes de sol y nunca se dio cuenta. “A cada uno que saludaba me preguntaba qué me pasaba. Todos me decían lo mismo hasta que me encontré con un hermano que también me preguntó y le dije ya medio enojado que no me pasaba nada, que por qué todos me preguntaban lo mismo. ‘Francisco, andás con un lente oscuro de un lado y en el otro no tenés nada’, me dijo llorando de risa”, recuerda.

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Ana dice que cuando estaban en el campo, el frío húmedo se hacía sentir por esos lares. Y que su marido se iba, a una hectárea sin sembrados, donde tenían un monte de tamariscos y piquillines a sacarse el frío con el hacha en mano.

Admite que siempre fue porfiado y no escucha razones, que se levanta con las manos en los bolsillos, sin bastón ni andador para ayudarse. Tras un par de sustos por algunas caídas, la pregunta que le hacían médicos y enfermeras era recurrente: cuál era la fórmula que seguía para estar bien, a pesar de su edad.

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Lo cierto es que no siguió ninguna fórmula para llegar al centenario, aunque para describir sus hábitos, sus familiares suelen decir que mientras ellos viven para comer, Francisco come para vivir. “Siempre fue así, por más que le cocine su plato preferido, se limita a comer lo necesario para reponer energías”, corrobora su esposa.

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