La nueva grieta argentina: ¿dolarización o inflación acelerada?
Faltan 50 días para las elecciones generales del 22 de octubre y este lapso se está tornando insostenible a nivel psíquico. Tanto los empresarios como los ciudadanos de a pie se plantan frente a la disyuntiva de saber si después del 10 de diciembre se seguirá utilizando el peso como moneda de cambio o si será sustituido por el dólar.
El pasado 13 de agosto, los argentinos se dividieron en dos mitades casi iguales. A corto plazo, se proponen dos modelos de país completamente distintos unos de otro. Fue constituida allí, la nueva grieta argentina, motivo de discusión en mesas familiares y reuniones de amigos. Los derechos humanos, las cadenas nacionales, los medios de comunicación de la dictadura y la pelea entre gobierno y campo parecen haberse convertido discusiones de otra época. Dolarizar o no: esa es la cuestión.
Un lado de la grieta está personificada en un único candidato con posibilidades reales y que no propone dolarizar. Si al 21,4%, de votos que obtuvo Sergio Massa a su favor le sumamos los obtenidos por de los votos de Larreta, Grabois, Schiaretti y la izquierda combinada, podemos afirmar que un 44,5% del electorado, optó por candidatos que están en contra de la dolarización.
Argentina ya transita una inflación pronunciada con Massa como su principal cara porque, además de candidato, ejerce como ministro de Economía y virtual presidente. El electorado no percibe que la situación inflacionaria pueda mejorar en el corto o mediano plazo, en caso de triunfar esta opción. ¿Hay algo que Massa pueda hacer si gana, distinto a lo que ya está haciendo? Es la principal pregunta que nos recorre, mientras se observa un festival post electoral de miles de millones de pesos en beneficios para distintos sectores que, ya sabemos, se financian con emisión monetaria e inflación. Una rica torta, que se va haciendo cada vez más y más pequeña.
Las últimas políticas económicas afianzan la pertenencia internacional de Argentina al “team inflación”, junto a Venezuela, Zimbabue, Sudán, Turquía, Surinam e Irán, entre otros.
Por el otro lado de la grieta, tenemos a Javier Milei, quien cosechó el 30,04% de los votos y a Patricia Bullrich, con el 16,98% . Si combinamos a estos dos, podemos afirmar que el 47,02% del electorado, optó por candidatos dolarizadores.
Quienes tenemos más de 30 años, guardamos en nuestra memoria al menemismo y los efectos de la dolarización.
Sólo basta mirar un poco la historia para saber que nos enfrentamos a la pérdida de soberanía monetaria, exposición a los shocks económicos externos y a la resignación a la posibilidad de aplicar políticas de estímulo o de restricción cambiaria, a sabiendas de que siempre es necesario un ajuste del tipo de cambio, respecto de países que compiten con nuestra producción, como por ejemplo el gigante brasileño.
La inflación no dejará de existir por completo, ya que el dólar estadounidense es propenso a una inflación, que en los últimos años ha promediado un 5,5% anual. La rigidez de precios y salarios generará desequilibrios en el mercado laboral, con mayores niveles de desempleo y destrucción de muchos sectores económicos por perder competitividad. También hay que mencionar que los argentinos se endeudarán en dólares para consumir e invertir, lo que generará una situación de difícil retorno, una especie de “adicción al dólar”. Parafraseando a Carlos Marx: "La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".
Sin embargo, esta opción parece ser la que más adeptos tiene, porque el argentino siente que ya queda tan poco para perder que está dispuesto a dar el salto al vacío de la dolarización con tal de lograr estabilidad en los precios. Romper todo y empezar de nuevo.
De triunfar alguna de las propuestas de dolarización entraríamos en el “team dólar” junto a las Islas Marshall, Micronesia, Palaos, Timor Oriental, Puerto Rico, Panamá, Ecuador y El Salvador.
Si hacemos el ejercicio de economía política comparada más básico, podemos observar que ninguno de los grupos de países -dolarizados o inflacionarios- a los que perteneceremos después del 10 de diciembre parecen muy prometedores.
Por supuesto que las motivaciones para votar a uno u otro candidato fueron múltiples y no se explican sólo por estar a favor o en contra de la dolarización: voto bronca, afiliaciones ideológicas y partidarias también influyeron y sin duda influirán en la decisión final del voto en octubre. Pero sabemos que en esta instancia, ya no hay opciones intermedias. Dolarización e hiperinflación son dos extremos. En el medio está el “team normal” compuesto por la mayoría de los países del mundo, entre los que por ejemplo están Canadá, Noruega, Nueva Zelandia, Brasil o Chile, por mencionar algunos. Pero ejercer la soberanía monetaria, con un banco central independiente y con responsabilidad fiscal, ya no parece una opción para los argentinos.
Durante la transición de gobierno, nuestra estabilidad psíquica estará jaqueada por la sensación de incertidumbre y el principal desafío, lo tendrán los gurúes de la economía y la política, quienes deberán construir los nuevos consensos políticos y sociales en torno a un plan de gobierno del que hoy carecemos, y así reemplazar las emociones negativas por un nuevo sueño argentino.
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