Primer triple crimen: el último paseo por Cipolletti
Nos remontamos a finales del milenio pasado, fines de los 90, cuando Cipolletti tenía unos 75 mil habitantes y las chacras con frutales abundaban. La localidad gozaba de renombre no solo por el glorioso albinegro que disputaba el Nacional B, sino por las grandes historias escritas que dejó para la eternidad Osvaldo Soriano, como “El penal más largo del mundo”. En su narrativa, Cipolletti y el Alto Valle siempre estuvieron presentes. El Gordo Soriano justo murió el 29 de enero de 1997. A fines de ese año, la fama a Cipolletti le llegaría de la mano de un macabro triple crimen.
Moverse unas cuadras del centro cipoleño ya era adentrarse en el espacio rural y era habitual que grupos de chicas se juntaran a caminar y recorrieran la calle San Luis hasta Ferri, unos tres kilómetros como mucho.
También los muchachos sabían hacer el mismo recorrido, pero por las abandonadas vías del ferrocarril Roca que habían entregado a la maleza y el olvido las privatizaciones menemistas.
En ese Cipolletti, que era una suerte de gran barrio donde todos se conocían, criarse callejeando era casi una obligación y la inseguridad era una palabra que solo utilizaba la prensa porteña, la tragedia daría un golpe de efecto que sacó a la luz que había un Cipolletti oscuro de hampones de poco monta, narcos en proyección, policías corruptos y funcionarios judiciales negligentes.
Nos metemos de lleno en las entrañas de un triple crimen sin respuestas y con muchas preguntas vigentes que tal vez pueda responder una sola persona: Claudio Kielmasz.
Tres chicas para la eternidad
Sus rasgos, sueños y sonrisas se perdieron para siempre esa tarde del domingo 9 de noviembre de 1997. Verónica Villar tenía 22 años, era estudiante de agronomía. Las hermanas González, Paula, de 17 años, estaba cursando la secundaria y María Emilia, de 24, tenía una nena de 2 años y medio, y estudiaba para maestra jardinera.
Las amigas ya habían acordado salir a caminar esa tarde, por lo que Verónica llamó a Emilia para coordinar. La idea era ir hasta la casa de Alejandra Meraviglia en el barrio Magister, dejar el auto y hacer la caminata que realizaban cada dos por tres y donde aprovechaban para hablar de todo. La única novedad fue que María Emilia invitó a Paula ese domingo para que no se quedara en la casa aburrida.
La hora elegida fue las 19, de hecho figura tanto en la sentencia como en el expediente. El dato clave lo aportó Ulises González, papá de Paula y María Emilia, que les prestó el auto, un Renault 9, para que fueran porque él estaba viendo el partido que jugaba Huracán con Racing y justo en el minuto 9 el Globo se ponía en ventaja, encuentro que terminarían ganando 2 a 0 los de Parque Patricios. Los datos fueron confirmados por la AFA en un informe que se le solicitó desde la Justicia rionegrina.
Las tres chicas partieron en medio del relato y la repetición del gol con destino a lo de Alejandra, pero cuando llegaron a calle Jujuy 175, en el barrio Magister, golpearon, esperaron y nada. Supusieron que Alejandra se había demorado en Neuquén y decidieron dejar el auto ahí; al regreso aprovecharían para charlar un rato.
El trayecto, sobre el que tantas dudas tuvieron la Policía y la Justicia, era simple, era el que siempre hacían. Caminaban hasta Avenida Circunvalación y de ahí hasta calle San Luis para luego ir hacia Pollolín, y a veces solían estirar el paseo hasta una ermita de Ceferino que había un poco más adelante al costado de la calle que lleva a Ferri.
De acuerdo con los registros y las estimaciones oficiales que se hicieron en la reconstrucción del presunto trayecto, se obtuvieron unos horarios aproximados, que son justamente eso, y pueden variar según el tranco que llevaban las chicas.
Si salieron de la casa de los González tipo 19:10 en el auto, a la casa de Alejandra suponen que llegaron en 9 minutos. Hubo un par de minutos de espera ahí y luego hasta el cruce de Circunvalación y San Luis podría haberles llevado otros seis minutos, unos tres minutos hasta el secadero de frutas que estaba sobre calle San Luis en dirección a Ferri. Después se cruzaron con un testigo que las vio a dos minutos del secadero y 10 minutos después llegaron a Pollolín. Pasaron por la casa de una testigo ubicada a unos tres minutos de Pollolín y después podrían haber demorado 14 minutos más hasta la ermita de Ceferino. Es decir, casi a las 20 habrían arribado a dicho lugar para pegar luego la vuelta.
Pero nada de esto está comprobado ni para la Justicia ni para la Policía, son todas especulaciones.
Vale recordar que en esa época ningún joven de esa edad tenía un celular a mano como pasa hoy en día, donde un teléfono tiene casi más valor que una huella digital.
En esos años, era necesario reconstruir todo a ojo de testigo y con un par de policías duchos, pero fue poco lo que se pudo aportar respecto del trayecto. Todo se convirtió en un enigma lleno de especulaciones e hipótesis a la deriva.
Sí es cierto que la vecina que las vio pasar por su casa cerca de Pollolín se metió adentro a las 20, por lo que no las observó pasar de regreso, lo que no significa que no lo hayan hecho.
Si hubiese sido una salida normal, casi seguro estaban de regreso en lo de Alejandra a las 20:30, donde se hubiesen demorado charlando para llegar a su casa pasadas las 21. Nada del otro mundo teniendo en cuenta que ya en noviembre los días son más largos.
Insisto, estamos sumergidos en una trama que carece de certezas y respuestas a lo largo de 24 años.
El rapto
A la luz del expediente y los testimonios que se sumaron al relato, surge que las chicas fueron secuestradas a unos 50 metros de los semáforos de Circunvalación y San Luis, que sería a la altura del secadero. La versión la da Huirimán Llocón, un testigo que vio cómo secuestraban a las chicas sobre la banquina del lado de la San Luis en la mano que va en dirección a Ferri.
El hombre contó que eran las 20 aproximadamente. Observó “dos autos, uno blanco y otro verde”, y explicó que el blanco sobrepasó al verde y comenzó a hacer señas de luces.
El testigo agregó: “Los dos automóviles se detuvieron. Las chicas venían caminando y siguieron”.
Al llegar a la altura del auto verde, que después surge que era un Taunus bastante estropeado, se abrieron las puertas y bajaron cuatro hombres que cercaron a las jóvenes.
“Uno de pantalón negro sacó un revólver y les apuntó, vio que subían a las chicas a empujones en el auto verde; ellas pedían que las dejaran y gritaban, pero las subieron, una adelante y dos atrás, subiendo también los cuatro sujetos, todos apretujados”, se detalló en la sentencia.
Ambos vehículos siguieron hasta el semáforo y doblaron por Circunvalación a la derecha en dirección a la Ruta 151.
Llocón contó después, a los periodistas de LU19, que cuando iba camino a la radio a revelar lo que había visto tras la aparición de los cadáveres de las chicas, desde un auto blanco lo amenazaron y le dijeron que lo iban a limpiar. Esto ocurrió en pleno centro cipoleño.
Para los jueces, sus dichos “constituyen una versión relativa al momento del secuestro de las víctimas, no puede descartarse, aunque carece de peso todos los detalles que no aparecen corroborados por otros indicios, que pudo haber apreciado erróneamente o confundido luego”.
Es decir, no le dan del todo credibilidad por tratarse de un peón rural que tenía problemas de alcoholismo, pero que tampoco está comprobado que en ese momento haya estado alcoholizado.
Pese a ello, otra testigo, de la que ya aportaremos sus dichos, dijo que vio a un hombre de las características de Llocón justo donde declaró el testigo.
El Taunus verde fue confirmado por la versión de varios testigos que aseguraron que en cuyo interior había entre cuatro y seis jóvenes alcoholizados. Otros aportaron que habían estado molestando a las mujeres que pasaban.
Incluso, una testigo agregó que pasaron y “le gritaron palabras desagradables”.
Dos mujeres religiosas que volvían de la capilla de Santa Rita de Ferri vieron pasar el auto verde que iba zigzagueando a la altura de Pollolín tipo 18:30.
Es decir, hay testimonios e indicios que ubican a dicho vehículo transitando por la San Luis en ambas direcciones.
Será un constante de la Justicia en la causa descartar, desestimar o poner en duda los relatos de personajes marginales o de vecinos de zonas rurales.
La testigo presencial
“Cualquier persona normal que hubiera sido testigo de este caso experimentaría fundado temor en declarar, máxime si sabe que algunos de esos sujetos están libres”, apreciaron los integrantes de la Cámara Segunda del Crimen de Roca Cesar López Meyer, María Evangelina Garíca y Juan Máximo Rotter.
Aquí es donde aparece en escena una chica de 13 años, “que estaba inmersa en un medio socioambiental de riesgo verdaderamente genuino. Es creíble que haya sido amenazada de muerte para que no hablara. Además, que albergara un comprensible sentimiento de culpa, porque había acudido voluntariamente al lugar acompañando a los sujetos de semejante agresión”, explicaron en la sentencia.
Esta adolescente logró revelar lo ocurrido ese 9 de noviembre de 1997 porque tuvo suerte, también la podrían haber asesinado porque iba en el auto con los autores.
En octubre de 1998, su situación de calle y marginalidad la llevaron a ser internada en el Hogar Gabriela Mistral porque se encontraba en riesgo.
La confianza y seguridad que sintió dentro de las cuatro paredes que le brindaba el hogar y el afecto recibido por parte de la directora, Graciela Kaempffann, le permitieron sacar de adentro ese gran peso que cargaba y le develó que había sido testigo del triple crimen.
Esto dejó atónita a la directora, que luego llamó al psicólogo Pablo Franco para hacerle un psicodiagnóstico y comprobar cuál era la situación de la joven.
Lógico era que desconfiaran y creyeran que estaba fabulando, por eso la intervención del psicólogo fue clave.
“Estaba nerviosa y le provocaba angustia relatar los hechos de los que había sido testigo presencial”, aportaron desde el hogar a la Justicia, dichos que figuran en la sentencia.
Si bien después por temor se retractó y dijo que lo había escuchado de otra persona, la adolescente declaró en el Juzgado de Menores el 6 de noviembre de 1998, a días de cumplirse el año del triple crimen. Allí confirmó que fue testigo presencial y 20 días después se retractó e insistió en que era testigo de oídas. La adolescente temía por su vida.
Las autoridades, al advertir que la joven estaba surcando un trauma profundo y aterrador, convocaron a una junta médica integrada por el forense Adolfo Scatena, la psicóloga forense María Emilia Abaca y la psicóloga Claudia Planas, que arribaron a la conclusión de que “el estado de las facultades mentales de la chica (a la que le protegeremos la identidad) encuadra dentro de parámetros normales, sin indicadores de fabulación y/o mitomanía”.
Es decir, si mentía o se desdecía era por temor, porque si le tocaba volver a la calle, su vida estaba en juego.
Transcurridos unos meses, la joven mantuvo una reunión solo con las psicólogas Abaca y Planas, en una sala cerrada que, sin que ella lo supiera, tenía un circuito cerrado de video que grabó todo.
En ese contexto, la testigo presencial se sintió más segura y se expresó con mayor soltura y naturalidad al relatar lo sucedido. Así, respondió preguntas que habían enviado el tribunal y las partes. Aclaró su situación y reconoció que a las chicas las llevaron a la chacra de Feruglio, donde había una tapera con medio techo de chapa donde pasó todo.
Una de las psicólogas destacó en el informe: “La menor no quería que se aclarara el caso a costa de ella, y sus temores quedaron evidenciados cuando expresó, en la última declaración, que si los autores quedaban en libertad, sus pedazos iban a quedar desparramados por todo Cipolletti”.
Cuando fueron al sector, poco más de un año después, la tapera había sido demolida.
“Ya en la casa abandonada se quebró, sorprendida porque sabía cuál era la casa y dijo que era esa la construcción. Cabe destacar que la testigo nunca solicitó la recompensa ofrecida para quien aportara datos útiles”, se reveló. Dicha recompensa era de 2500 pesos en ese entonces.
A la chica las autoridades tuvieron el buen tino de sacarla de Cipolletti y la llevaron a una localidad alejada (que preservaremos), donde vivió en una parroquia.
El cura contó a las autoridades que, tras un tiempo de convivencia en el lugar, un día se acercó espontáneamente y se puso hablar con él. No era una confesión sacramental, y le contó durante dos horas todo lo que presenció en esa tapera de la chacra de Feruglio.
El sacerdote, que tiene experiencia en escuchar relatos y saber cuándo le mienten y cuándo no, dio parte de esto a la Justicia y adujo que la chica fue sincera y que él creyó en todo lo que le contó.
Pero en la sentencia, le quitaron crédito al relato de la joven de forma elegante: “Sí tiene gran peso convictivo para acreditar que esta menor dijo la verdad cuando declaró haber sido testigo presencial de tales hechos, pese a que, como ya se dijo, sus recuerdos puedan estar muy confundidos por su corta edad en aquella época, por su temor, por su sentimiento de culpa, por la ingesta alcohólica y la aspiración de marihuana que reconoció”.
¿Qué esperaban los jueces que hiciera tras un episodio de esas características una chica sin hogar y con la vida en riesgo? ¿Correr a la universidad a estudiar derecho o evadirse en los consumos?
Tan alejados estaban los funcionarios judiciales de la sociedad, que carecían de empatía y les sobraban los prejuicios. Lo interesante es que sus estudios, diplomas y formación no les bastaron para esclarecer el caso. Las palabras soberbia y encubrimiento comienzan a tomar forma a esta altura de los acontecimientos.
La joven tuvo la suerte de sobrevivir y ser protegida primero en un hogar y luego en una parroquia. De no haber sido por ella y el peón rural, seres marginales para la Justicia, nunca hubiesen podido ni siquiera encontrar los cuerpos de las adolescentes.
Búsqueda y espanto
Cuando se hicieron las 23 del domingo 9 de noviembre, Ulises González se preocupó porque sus hijas no habían llegado, así como tampoco la hija de Villar, y el auto seguía estacionado en la casa de Alejandra, en el barrio Magister, que lo vio al regresar de Neuquén, pero nunca aparecieron sus amigas.
De inmediato fueron a las Subcomisaría 69 a radicar la denuncia, pero en aquellos años, los policías recitaban de memoria el peor verso de la investigación criminal: “Deben esperar 48 horas y si no tienen novedades, vuelven y radican la denuncia. Averigüen si no se fueron con familiares y/o amigos”.
Hoy, por suerte, la Policía se ha enterado de que esas 48 horas iniciales son vitales para cualquier investigación y que en el caso de los secuestros no extorsivos, las víctimas son asesinadas en las primeras 24 horas, un calco de lo que ocurrió en este triple crimen.
Los padres, salieron de la subcomisaría y, con ayuda de algunos amigos, se organizaron para buscarlas por la ruta habitual que hacían cuando salían a caminar gracias al dato que les indicó Alejandra.
Como los agarró la noche, buscaron linternas y comenzaron a circular por las vías y gritando sus nombres, pero las chicas no aparecían.
El lunes 10, no solo se difundió la noticia por los medios, sino que ya vecinos de la zona y amigos de las chicas se habían sumado a la búsqueda.
Son varios los que cuentan y están convencidos de que ese día pasaron por Los Olivillos y no había nada.
La Policía, pese a que no habían pasado las 48 horas, tuvo que tomar cartas en el asunto porque estaba todo el pueblo buscando a las chicas y ellos no podían estar cruzados de brazos en la subcomisaría esperando que se cumpliera el plazo.
“Fue vergonzoso lo de la Policía, porque la comunidad estaba organizada en grupos y cubriendo secciones, y ellos de repente vinieron y empezaron a mandar gente para lados que nada que ver”, contó una mujer que colaboró en la búsqueda.
Dos días después, el martes 11 de noviembre, a las 9:30, Dante Caballero, vecino del barrio Magister, salió temprano con su perra a recorrer la zona de las vías del ferrocarril Roca, en dirección a Cinco Saltos, y a unos 600 metros de Circunvalación encontró los cadáveres de las jóvenes semienterrados en Los Olivillos, por donde el día anterior los vecinos juraron haber pasado y no haber visto nada.
El lugar está a unos 200 metros de la calle San Luis por donde las chicas habían salido a caminar como de costumbre.
Caballero se acercó, según su declaración, y una chica estaba con jeans y remera roja. Era Verónica Villar. Varios metros más adelante estaban los cuerpos semienterrados de las hermanas González.
Escena del crimen
Caballero dio aviso a la Policía, pero en pueblo chico la noticia corrió como reguero de pólvora y en pocos minutos el lugar estaba lleno de vecinos que desbordaron el pésimo cerco que habían hecho los agentes afectados al operativo para proteger la escena del crimen, algo sumamente vital.
En definitiva, del lugar solo pudieron extraer los cuerpos, pero no lograron levantar ni un rastro de algún tipo de calzado y tampoco huellas de vehículos.
El ingreso masivo de los familiares y amigos contaminó toda la escena.
Los cadáveres, estimaron los especialistas, fueron puestos en el lugar entre la noche del lunes y la madrugada del martes. Quienes los dejaron ahí sabían que ese sitio ya había sido recorrido y no contaban con que se fuera a revisar de nuevo.
Los cadáveres de Véronica, María Emilia y Paula hablaron durante la autopsia que se realizó en el Cuerpo Médico Forense de Roca y ahí se pudo determinar fehacientemente qué les hicieron y cómo las asesinaron.
Macabros
Lo más certero es que luego del secuestro a las chicas las hayan conducido, como dijo la joven testigo que presenció todo, hasta la tapera de la chacra de Feruglio, donde sufrieron un ataque sexual atroz.
De hecho, los especialistas hicieron un relevamiento en marzo de 2000 en dicha tapera ya destruida y pudieron levantar elementos clave, como adherencias palinológicas, esporas y polen, que coincidieron en un 99% con las que se encontraron en las prendas de dos de las chicas.
Es decir que hay un alto grado de certeza de que todo el horror que vivieron previo a la muerte fue en esa tapera, tal como lo dijo la testigo, que aclaró que arribaron a ese lugar el 9 de noviembre cuando estaba oscureciendo.
En dicho lugar fueron ultrajadas. No dejaron restos de ADN, en este caso líquido seminal o semen, por lo que se estimó que los abusos fueron con preservativos, que no se encontraron en el lugar, o con un objeto peniforme, que podría ser un palo.
No se pudo estimar durante cuánto tiempo padecieron el macabro ataque, que fue concretado por entre cinco y seis personas.
En la autopsia se develó: “Los cuerpos de las hermanas González se encontraban juntos, tapados con tierra y hojarasca del lugar, habiéndose producido sus muertes por heridas de bala en los cráneos; el cuerpo de Villar estaba a unos 23 metros hacia el sur, semitapado de la misma manera. Su muerte fue como consecuencia de asfixia mecánica por obstrucción de las vías aéreas superiores”.
La mecánica para deshacerse de las jóvenes fue la siguiente: a María Emilia la maniataron con un cordón blanco de sus zapatillas. Tenía muchas lesiones externas, todas vitales, previas a la muerte, casi todas en cabeza, cuello y tórax. La remataron con un tiro en la cabeza.
Paula tenía el torso desnudo y presentaba lesiones similares a las de su hermana en el resto del cuerpo. A ella le fracturaron la quijada de una trompada y le dieron tres tiros a quemarropa, dos en la cabeza y uno en un hombro.
En el caso de Verónica Villar, estaba atada con los cordones de su calzado, amordazada con el corpiño deportivo que llevaba y tenía lesiones vitales calcadas a las de sus amigas. La diferencia fue que a ella no le dispararon, tal vez porque se quedaron sin balas, por lo que la ejecución fue a punta de cuchillo en la zona del cuello. Se estima que cuando la enterraron estaba en pleno proceso agónico, ahogándose con su propia sangre.
Los forenses notificaron también que las tres chicas tenían signos de estrangulamiento.
Lo que no se pudo establecer fue dónde las ejecutaron. Está descartado que haya sido en Los Olivillos, porque los cuerpos hubiesen presentado marcas de rasguños de la vegetación del lugar. Hasta ese lugar las llevaron muertas. Lo más seguro es que la ejecución haya sido en la tapera de Feruglio.
La data de muerte de las chicas, según los patólogos y los forenses que tuvieron un arduo debate respecto de la rigidez cadavérica, se terminó estableciendo entre 36 y 48 horas antes del hallazgo, es decir que las asesinaron la madrugada del lunes.
Pero, ¿quiénes fueron? ¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Fue un crimen por encargo? ¿Fue un crimen por error? ¿Hubo hijos del poder involucrados? ¿Hasta dónde la Policía encubrió y hasta dónde la Justicia miró para otro lado?
Claudio Kielmazs el único condenado por el triple crimen, alojado en la cárcel federal de Senillosa. ¿Cuál fue su rol y por qué calla? ¿Es el asesino?
Parte de toda esa trama, trataremos de develarla en el informe del próximo sábado.
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