En el último tiempo se puso muy de moda, especialmente en el mundo de las redes sociales, finalizar una frase que tiene un contenido significativo con una aclaración: “Dato, no opinión”. Una forma de potenciar una subjetividad apoyándola con un hecho concreto. Esto tiene cabida en la historia de River, la muy reciente y también la de hace algunos años, más precisamente 34, desde el 14 de diciembre de 1986, cuando en Tokio el equipo que dirigía el Bambino Veira fue campeón Intercontinental.
¿Fue ése el logro más importante de la historia del club? Por lo pronto, hasta ahora, es un acontecimiento único e irrepetible. Ni 10 años después, cuando de la mano de Ramón Díaz River perdió 1-0 con la Juventus; ni tampoco en el doblete que metió Gallardo en la Libertadores y que llevaron al club a disputar el ahora llamado Mundial de Clubes en 2015 y 2018. En la primera ocasión, en Yokohama, Japón, fue derrota contundente en la final contra el Barcelona (3-0); y en la segunda, en Emiratos Árabes Unidos, ni siquiera llegó a enfrentar en la final al Real Madrid porque cayó en semis, por penales, ante el equipo árabe Al-Ain. Entonces, “dato, no opinión”, aquel River del 86 consiguió el logro más importante de la historia.
Y son los propios jugadores de aquel equipazo, después de haber sido campeón del torneo de Primera División 85/86 y de ganar la Copa Libertadores ese mismo año, los que intentan que el paso del tiempo no los borre de la memoria colectiva. O, al menos, que la espuma del presente impida que se rescaten los buenos viejos tiempos. Hoy por hoy, el River de Gallardo tiene eclipsado a todos sus hinchas, sean de la edad que fueren, como también a buena parte del periodismo, que califica a esta etapa que comenzó a mediados de 2014 como la mejor de la historia. Y, claro, los futbolistas de antaño reaccionan. No quieren quedar como los que siempre dicen que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco moverse en la candidez de aceptar que el arrastre de la actualidad les quitó un lugar que se ganaron.
Por eso, en una entrevista de hace unos pocos meses, Antonio Alzamendi trató de poner las cosas en su lugar, sin ignorar que le estaba metiendo también sal y pimienta al tema: “Que me perdone Quintero, pero mi gol fue el más importante de la historia de River. Fue para salir campeón del mundo”.
Cuando el ex goleador uruguayo habla de “mi gol” se refiere al que le dio la victoria a River frente el campeón de Europa de entonces, el Steaua de Bucarest (Rumania), y la obtención de la Copa Intercontinental. Y cuando habla de “Quintero” se refiere al colombiano que metió uno de los tres goles con los que el conjunto de Gallardo le ganó 3-1 la final de la Libertadores 2018 a Boca, en el Bernabéu. Una final con todos los condimentos para ser histórica (datos, no opinión), por la victoria y vuelta olímpica ante el clásico rival, porque el equipo tuvo que remontar un resultado adverso y hasta porque, por primera vez en la historia, el partido decisivo de la Copa Libertadores se llevó a cabo en Madrid. Histórico por el contexto, aunque el título en sí mismo fue el cuarto en la estadística del club. En cambio, la Intercontinental por el momento no tiene par en las vitrinas del Monumental.
Y los que la depositaron en ese lugar son un grupo de jugadores que constituyó un equipo tan versátil como compacto. Porque hablar del River del 86 es hablar de un conjunto que ganó todo lo que tuvo por delante en un corto plazo. Primero, el campeonato de Primera División -que había comenzado a mediados de 1985 y finalizó un año después-, luego la Copa Libertadores y finalmente la Intercontinental. La versatilidad refiere a la mutación de estilo que hizo el equipo, que al principio fue lujoso, arriesgado y eficaz, para transformarse en uno menos vistoso, pragmático… y también eficaz. Porque el que terminó ganando las copas internacionales ya no tenía a Enzo Francescoli, que la rompió durante el torneo local, fue goleador, figura y lo vendieron a Europa. Y Héctor Veira tuvo que resolver en poco tiempo, y con pocos movimientos de nombres, cómo rearmar el equipo. Y lo convirtió de uno que podía ganar un partidazo 5-4 (siempre un gol más que el rival) a otro que apenas vencía 1-0. Los dos triunfaban merecidamente.
Ése, 1-0, fue casualmente el resultado de aquel mediodía en el Estadio Nacional de Tokio, en la medianoche argentina, donde la televisación del partido llegaba acompañada por el audio del público japonés entre el que se destacaba -además de las exclamaciones de sorpresa ante cualquier jugada más o menos atractiva, como si estuviesen viendo a un trapecista en el circo- una bocina en continuado, que nunca dejaba de sonar, como una vuvuzela infatigable.
Aquel 1986 fue un año lleno de éxitos para el fútbol argentino: al título de la Selección de Maradona en México, se sumaron los continentales e intercontinentales de River. Seguramente los hinchas de Boca no lo celebraron, pero aquel acontecimiento en Japón identificó a mucha gente en el orgullo de sentir que, otra vez, un equipo de Argentina tocaba el cielo. Además, soplaban buenos vientos por entonces: era el tercer año consecutivo en que un equipo nacional llegaba a esa instancia. Dos años antes, en 1984, había sido Independiente, que salió campeón del mundo ganándole la final al Liverpool; en 1985 el representante fue Argentinos Juniors, que jugó una recordada final que perdió en los penales contra la Juventus; y River en el 1986, que se colgó la corona de laureles ante un equipo rumano.
Hoy, quizá, suene a poca estatura el haber tenido enfrente a un rival del fútbol de Rumania, que está lejísimos de los primeros planos. Pero hay que ponerlo en contexto y en aquel momento era mucho más frecuente. El fútbol en el bloque soviético, que todavía estaba en pie, tenía mucha fuerza y, además, aún no existía la Ley Bosman, que a partir de 1996 abrió las fronteras del fútbol europeo y los clubes con las billeteras más grandes empezaron a formar “selecciones” más que equipos y a dominar hasta el día de hoy el fútbol mundial. Aquel Steaua de Bucarest le había ganado por penales la final de la Champions League (Copa de Campeones de Europa) al Barcelona y no era un triunfo menor.
“El gol de Quintero -insistía Alzamendi hace un tiempo, en una nota publicada en la web de Clarín- fue importantísimo porque se lo hizo a Boca en una final de América. Pero uno igual al mío todavía no hay. Para que sea uno igual tiene que ser en una final del mundo. Me parece”. Y, sí, le parece bien a ese wing goleador que River había traído de Uruguay para compartir la delantera con Ramón Centurión, primero, y luego con el recordado Búfalo Juan Gilberto Funes, con quien se consolidó como dupla de ataque.
El buen ojo de Veira para detectar a tiempo las necesidades y conjugarlas con las posibilidades que tenía a mano, hizo que River pase de ser un equipo de “ataque” a ser uno de “contraataque”. Por si a alguno esto le podía parecer una contradicción, el Bambino lo llamó “contrataque ofensivo”, como para no renunciar a sus principios, al menos no desde el enunciado.
La realidad es que ese equipo era más cauteloso. Seguía saliendo a ganar en todos lados, pero era mucho más práctico y le sacaba jugó a cada una de sus líneas. Tenía una estructura muy experimentada, con Pumpido en el arco, el uruguayo Nelson Gutiérrez y Ruggeri como centrales, y el Tolo Gallego como volante de contención. De estos cuatro, tres ya eran campeones del mundo de selecciones. La dinámica del mediocampo la aportaban los incansables Héctor Enrique (también campeón del mundo) y Roque Alfaro; la sutileza creativa estaba a cargo del ya veterano e ídolo del club (y también campeón mundial), Norberto Alonso; y el ataque por Alzamendi y Funes, que combinaban velocidad y potencia, además de contundencia. Un equipazo, realmente.
En la Argentina, no sin sobresaltos, se afirmaba el sol de la democracia que había regresado formalmente tres años y cuatro días antes de esta final. El país y su gente todavía se estaba acomodando a la vida en libertad, como también a la nueva moneda, el Austral, que el gobierno de Raúl Alfonsín había sacado a la calle en lugar del peso, con un valor de 1 a 1 con respecto el dólar. Quizá por ese verano económico fue que muchos hinchas pudieron viajar a Tokio pagando unos 2100 dólares, que era lo que costaban los paquetes armados para la ocasión. Una ocasión que ameritaba porque River llegaba a la final del mundo por primera vez en su historia y flotaba la sensación de que podía traerse la copa para la Argentina. Y la trajo.
Como también trajo la llave gigante de color dorado que Toyota, la automotriz japonesa que auspiciaba la Intercontinental, le daba al que consideraba había sido el mejor jugador del partido (la llave, en realidad, simbolizaba el verdadero premio, que era un auto). Y siempre “el mejor” para los japoneses era el que había hecho algún gol para el que ganaba. Sin subjetividad ni valoraciones personales: efectividad pura. En ese sentido, también aplicaban el “dato, no opinión”. Y el que hizo el gol en aquel frío mediodía de Tokio fue Antonio Alzamendi, gracias a una avivada de Alonso que sacó rápido un tiro libre y dejó solo al uruguayo.
“Yo a esta altura no tengo que andar comparando nada -defendió recientemente Alzamendi su histórico festejo-. Yo sé que mi gol fue muy importante y dio un título mundial. Y ya está”.
Dato, no opinión.
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