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Victoria Galardi: "Uno escribe con la infancia"

Guionista y directora de cine, nació y creció en Neuquén, pero San Martín de los Andes es el paisaje de su infancia. Desde Buenos Aires, donde vive, habla de eso y de su nueva serie, Manual de supervivencia.

Por Paula Bistagnino - redacció[email protected]

Esteban tiene 40 años, es abogado y su padre tiene un estudio jurídico que le asegura trabajo y futuro. Pero él quiere ser actor y renuncia a todo para lograrlo. Ese conflicto con la vocación es el eje de Manual de supervivencia, la primera serie de Movistar Play en Argentina, escrita y dirigida por Victoria Galardi, que recorrió un largo camino de cuatro años hasta llegar a este gran estreno. Pero esa es otra historia, porque ahora la directora neuquina disfruta de las repercusiones de su trabajo y hasta de tener que hacer entrevistas de prensa virtuales para acá y para otros países.

“Hace semanas que vengo negando la pandemia”, dice Victoria, que pasa la cuarentena con su marido, el fotógrafo Julián Ledesma -director de fotografía en publicidad y en todas las películas y series de ella- y el hijito de ambos, que tiene 4 años y que suma preguntas a lo que está pasando. Algunas no tienen respuesta. Otras sí, y no son las que espera: este invierno no habrá abuelos ni nieve en la Patagonia. “Para él, ir a Neuquén es un planazo siempre. Imaginate. Y ahora ve que vino el frío y espera el viaje y la nieve. Y no. Para él es lo más grave, claro, y a mí me enfrenta a la falta de respuestas que tenemos todos”, cuenta.

La pandemia se cuela en la alegría del estreno. Es inevitable. Y aunque Victoria puede seguir trabajando, porque escribir en su casa es lo que hace casi siempre con y sin cuarentena -salvo cuando está filmando-, no es tan sencillo porque la vida doméstica se lleva casi todo. Tiene su parte linda el parate, pero a medida que pasan los días le pesa más: “La cuarentena se parece bastante a mi profesión, pero es muy diferente cuando estoy todo el día siendo mamá y maestra. Intentar trabajar es muy difícil. A la vez está buenísimo aprovechar el momento para estar en familia, pero también se hizo largo y el futuro es incierto. Es un subibaja: hay días en los que te vas a negro y otros en los que podés ver un horizonte. No hablo de la cuarentena, sino de la pandemia. Qué va a pasar es una pregunta que me hago todo el tiempo. Y eso que nosotros venimos bien”.

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La vocación

Hay una escena que es el punto de giro en la vida de Victoria: tenía 19 años, hacía menos de uno que había llegado a Buenos Aires y estaba estudiando Relaciones Internacionales en una universidad privada de San Telmo. Como todos los días, se tomó el subte hacia Constitución y cuando estaba saliendo se cayó por la escalera y se golpeó como nunca antes en su vida. Como pudo, se levantó, subió la escalera, fue a la Facultad y se dio de baja. Cuando volvió a su casa, llamó a sus padres a Neuquén y les contó que no iba a estudiar más esa carrera y que lo que quería hacer era teatro.

Ya estaba estudiando con Augusto Fernández, pero era apenas una vez por semana. La respuesta de los padres fue: “Si eso es lo que querés hacer, hacelo en serio”, recuerda. Para un ingeniero y una bioquímica, un curso de cuatro horas no contaba como carrera. Se decidió por un curso en Nueva York de unos meses.

Ni siquiera ella sabe de dónde salió lo del teatro. Menos lo del cine, que se le había cruzado por la cabeza después de un test vocacional, pero lo descartó porque no tenía a nadie que pudiera guiarla. No sabía ni dónde se estudiaba. En su casa no había nada vinculado al arte en su infancia. Apenas había un cine en Neuquén al que iba a veces. Tan lejano era ese interés, que el padre la apoyó, pero le dijo: “No sé cómo ayudarte”.

Los tres meses en Nueva York se convirtieron en tres años. Consiguió un trabajo y se quedó. Viviendo y estudiando: “Siempre me gustó mucho viajar y moverme. De hecho, venirme a Buenos Aires eran más las ganas de moverme que de saber qué iba a hacer. Y me anoté en Relaciones Internacionales solo porque el nombre me sonaba a embajadas y viajes. Tampoco empecé queriendo ser directora de cine. Empecé queriendo dirigir teatro y queriendo escribir”.

Cuando volvió, siguió formándose en dirección de actores con Augusto Fernández. A esa altura ya estaba escribiendo, pero solo teatro. Y empezó de manera autodidacta en cine, porque no sabía mucho de formatos cinematográficos. Pero escribió un guión y se lo llevó a Sarlec Producciones, que eran los productores Luis Sartori y Alberto Lecchi. Les interesó producirla. Después, la contrató un director como guionista y empezó a escribir para otros.

Pero en un momento sintió que no quería que otros dirigieran sus historias. Le pasó con Amorosa soledad (2008): “La historia era muy personal y me parecía extraño dársela a otro para dirigirla. Porque el resultado nunca es lo que uno se imagina cuando escribe. Hay mil maneras de contar un mismo guión, para bien y para mal. Entonces busqué un codirector y me mandé. Y estando en el set, dije: ‘Esto es lo quiero hacer’. Sentí que ahí era donde podía unir el trabajo anterior de la dirección de actores con la escritura. Me di cuenta de que no me daba lo mismo cómo los actores dicen el texto, no me da igual la fotografía, no me da igual el arte, no me da igual el color. Y me fui convirtiendo en directora”.

Ahora, con un tercio de su vida como directora, mira para atrás y no duda: “Es muy difícil a los 18 años saber lo que querés el resto de tu vida. Encontrarte con la vocación a esa edad es casi ridículo. Y me parece que ese perder tiempo en realidad es ganarlo, que esa búsqueda aporta, te deja algo”.

“Uno escribe con la infancia”

Después llegó Cerro Bayo (2010), que fue otro relato autobiográfico. Y llevó el set a la Patagonia, que era el lugar en el que los hechos ahora ficcionados habían pasado en realidad. La filmó en Villa La Angostura, aunque el lugar de su infancia fue más San Martín de los Andes. “Tiene personajes que conozco, diálogos que conozco, gente hablando de si va a nevar o no va a nevar, sobre lo que pasa con las temporadas, con lo económico ligado al turismo. Es una película que nació de haber crecido ahí. No hubiese podido escribir nunca Cerro Bayo si no hubiera vivido ahí”.

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Escribir sobre lo que uno conoce, dice Victoria: “Es más que eso: uno escribe con la infancia. Aunque cuando crecés, lo que tenés son recuerdos y no hechos, porque transformás un poco lo que viviste. Después hacés ficción con eso. Sobre todo con los conflictos más centrales y universales. Uno siempre termina hablando de los mismos temas”. Los suyos son la familia, las relaciones entre las parejas, la maternidad, los vínculos en general: los amigos, la familia: “A mí me siguen interesando las personas. Por ahora no se me ocurre escribir sobre una nave espacial”.

Nació y creció en Neuquén, pero todos los fines de semana de su vida neuquina fueron en San Martín de los Andes. Y también larguísimas temporadas de verano e invierno. Porque ahí estaban sus tíos y sus primos. Esquiaba y competía en el equipo de no residentes de San Martín de los Andes: “Es mi segundo hogar”. Pero la película la hizo en La Angostura y se llamó Cerro Bayo por cuestiones de producción, pero sobre todo porque se parece mucho más a la San Martín de los Andes en la que ella se crió. “Tengo muchos recuerdos de la Navidad en San Martín de los Andes, de la navidad cordillerana en la calle, el pesebre viviente. En el invierno esquiábamos y en el verano estábamos en el lago. Mi tío es de San Martín de los Andes, uno de los primeros pobladores. Y sigue ahí, y tengo primos con hijos, así que me encanta ir porque la pasamos muy bien”, asegura.

“Mi infancia estuvo buenísima. Crecimos muy sueltos en Neuquén. Tengo recuerdos de estar en la calle jugando a la escondida hasta las 12 de la noche. Fue una infancia re libre, que se la deseo a mi hijo: dejábamos la llave abajo del felpudo. Cuando era chiquita, vivíamos en el centro, cerca de la gobernación, y después nos mudamos cerca de la escuela. Así que era ir y venir”. Siempre fue a la escuela pública y su familia iba al Club Santafesino primero y después al Tenis club.

Escribir sin certezas

Todos los días se sienta a escribir. A veces sólo sale media página. Otras, una escena de 14. Nunca sabe bien para qué ni para cuándo está escribiendo. Esa incertidumbre la maneja bien. De hecho, Manual de supervivencia empezó siendo un proyecto independiente que empezó a grabar de manera parcial con una plata que ganó en un concurso de INCAA y terminó siendo el gran estreno de Movistar Play -la primera temporada de 8 capítulos ya está en la aplicación-.

“Yo nunca sé bien para cuándo y para qué estoy escribiendo”, dice. Pero ahora, pandemia mediante, la sensación es distinta. “En nuestra profesión, hay una incertidumbre peor. Porque no son las empresas principales a las que se está ayudando. Toda la industria audiovisual está parada, la televisión acaba de parar. Los teatros, los conciertos. Todo lo vinculado con el arte está frenado. Y no tenemos la menor idea de cómo se van a implementar los protocolos”. Mientras, intenta que no le gane la desesperación. “Trato de aprovecharlo como puedo. Es un momento para reflexionar. Sobre nosotros mismos, sobre la humanidad, sobre quienes nos gobiernan, sobre quiénes son los poderosos del mundo y cuáles son las prioridades”. Y enumera: pensar en cómo se vive, qué se consume, lo importante que son los amigos, lo social. Quizá de ahí salga su próximo trabajo.

Una comedia con primeras figuras

Manual de supervivencia es una comedia dramática de 8 episodios, ganadora del Concurso Federal de Series de Ficción y Docuficción del INCAA, protagonizada por Esteban Bigliardi, Dolores Fonzi, Martín Piroyansky, Violeta Urtizberea, Julieta Zylberberg, Daniel Hendler, Abián Vainstein, Pilar Gamboa y Verónica Llinas, entre otros. La serie está disponible para los más de 85 millones de clientes de Movistar Chile, Colombia, Argentina, Ecuador, Uruguay y México a través de la plataforma Movistar Play.

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