Luciana Ortiz Luna: "En los últimos 45 días se extinguieron 52 focos de incendio"
La secretaria de Emergencias y Gestión de Riesgos realizó un balance del accionar del equipo de manejo del fuego en territorio. Inversiones en equipamiento y tecnología muestran los primeros resultados.
Neuquén atraviesa un tiempo bisagra. Un tiempo donde la emergencia dejó de ser un evento excepcional para convertirse en parte de la agenda cotidiana, marcada por la sequía extrema, los incendios forestales de nueva generación y una presión constante sobre los sistemas de respuesta del Estado. En ese escenario, la provincia eligió un camino claro: anticiparse, actuar rápido y asumir que el riesgo ya no es una hipótesis, sino una realidad permanente.
En diálogo con LU5, la secretaria de Emergencias y Gestión de Riesgos, Luciana Ortiz Luna, lo define sin rodeos: estamos en la era de los incendios forestales de sexta generación. Fuegos más feroces, más explosivos, más impredecibles. Incendios que antes tardaban meses en avanzar y hoy, en cuestión de horas, pueden arrasar territorios completos. No es un fenómeno local ni argentino. Es global. Y Neuquén decidió no mirar para otro lado.
Desde mediados de noviembre, la provincia enfrentó 52 focos de incendio. La mayoría provocados por tormentas eléctricas inéditas en intensidad y frecuencia, con jornadas que llegaron a registrar más de 3.800 descargas. Hoy, solo dos permanecen activos. El dato no es menor. Es el resultado de una decisión política y técnica: cambiar la lógica de observación pasiva por una estrategia de ataque rápido.
La incorporación anticipada de medios aéreos, tres aviones y un helicóptero alquilados antes del inicio de la temporada crítica, modificó por completo el abordaje del fuego. Ya no se espera a que el incendio crezca. Ante el primer humo, el primer punto caliente detectado por radares y sistemas meteorológicos, se despliega la respuesta. Aire, tierra, drones y brigadistas trabajando en simultáneo. Un sistema aceitado que permitió contener focos que, en otros contextos, hubieran tenido consecuencias devastadoras.
La experiencia internacional avala esta decisión. Canadá, uno de los países con mayor desarrollo en manejo del fuego, destina el cien por ciento de su inversión a la supresión. No porque la prevención no importe, sino porque el origen del fuego, natural o humano, muchas veces escapa al control. Lo que sí puede controlarse es la velocidad y la contundencia de la respuesta.
Fueguitos con penas de entre 1,7 y 1.700 millones de pesos
Pero hay un factor que sigue siendo decisivo y evitable: la conducta humana. La mitad de los incendios tienen origen antrópico. Por eso Neuquén avanzó con un decreto claro y sin excepciones: está prohibido hacer fuego. Fogones, quemas, asados al aire libre. No es un capricho. Es una línea de defensa.
Las multas, que pueden ir de 1,7 millones a 1.700 millones de pesos, buscan disuadir, pero sobre todo instalar una condena social. Un fogón mal apagado puede costar un pueblo entero. Y también la vida de quienes arriesgan la suya para apagar el fuego.
Brigadistas, bomberos, policías, equipos de emergencia. Hombres y mujeres que trabajan literalmente pegados a las llamas. Exponerlos por una imprudencia no es una travesura: es una irresponsabilidad grave.
La Legislatura provincial y una deuda con la comunidad
En paralelo, Neuquén sigue empujando una deuda estructural que atraviesa todas las emergencias: la falta de un número único. Hoy, ante un incendio, un accidente o una urgencia vital, la gente no sabe a quién llamar. 107, 100, 101, múltiples números que no siempre funcionan según la compañía telefónica o la zona. Casos recientes mostraron llamadas que terminaron derivadas a otras provincias. Eso no puede pasar.
Existe una ley dormida en la Legislatura que establece la creación de un 911 provincial. Un solo número. Una sola puerta de entrada. Un solo sistema que coordine todas las respuestas. No es una inversión imposible ni una utopía tecnológica. Es una decisión política pendiente. En una emergencia, perder segundos es perder vidas.
Rolo, Luciana y una forma de conducir
La experiencia de los grandes desastres enseña otra lección central: no puede haber múltiples mandos. El sistema de comando de incidentes exige una sola conducción, una sola estrategia, una sola voz. Magdalena fue el punto de inflexión.
Más de mil personas trabajando bajo una estructura clara, con campamentos organizados como un reloj, demostraron que la unificación del mando no es autoritarismo, es eficacia.
Ese modelo, que genera resistencias y roces, es el mismo que permitió salvar comunidades enteras, evacuar a más de 600 personas y evitar una tragedia mayor. En la emergencia no hay lugar para asambleas ni disputas de poder. Hay decisiones que deben tomarse y ejecutarse.
Un área que cosecha méritos y reconocimientos
Neuquén empezó a ser observada desde afuera. Equipos internacionales, expertos de Canadá e Israel, reconocieron el valor de una Secretaría de Emergencias que integra a todos los organismos bajo una misma estructura. No es común. Y menos aún en contextos políticos fragmentados.
Detrás de los números, los operativos y las estrategias, hay una dimensión que no puede soslayarse. La emergencia también es humana. La historia personal de quien conduce el sistema atraviesa el relato de manera inevitable. Haber necesitado ayuda en el momento más duro de la vida y haberla tenido, no por un nombre propio sino porque el sistema funcionó, reafirma el sentido de todo esto.
La política, cuando es servicio, no se mide en cargos ni especulaciones. Se mide en respuestas concretas. En llegar a tiempo. En salvar vidas. En dejar sistemas que sigan funcionando cuando uno ya no esté.
Neuquén hoy discute fuego, agua, rutas, emergencias. Pero en el fondo discute algo más profundo: si quiere un Estado que improvise o un Estado que esté preparado. La respuesta, por ahora, se construye todos los días, con decisión, con costo político y con una convicción clara: en una emergencia, el Estado no puede fallar.
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