La combinación de pasto seco abundante, viento y tormentas incipientes dejan como resultado fuegos incontrolables y fuertes pérdidas en producción.
En las últimas semanas, devastadores incendios forestales y rurales azotan el sur y oeste de La Pampa. Estos ya arrasaron al menos 83.000 hectáreas, provocando graves pérdidas productivas y poniendo en jaque a productores, bomberos y brigadistas.
El escenario se agravó el 26 de diciembre pasado, cuando las altísimas temperaturas, la gran carga de pasto seco y una seguidilla de tormentas eléctricas se combinaron en un detonante perfecto para la proliferación de focos ígneos.
Las zonas más afectadas incluyen distritos como Jacinto Arauz, Santa Isabel, Rucanelo, Quehué, Utracán, Hucal y Guatraché, entre otros departamentos.
En el oeste pampeano, Marcelo Mendiara, productor de la zona de Victorica rumbo a Santa Isabel y El Pastoril, describió un panorama crítico marcado por la irregularidad de las lluvias. “Las tormentas no son como las que venían antes, que llovía en toda La Pampa. Ahora son nubes que capaz que le descargan 100 milímetros al vecino y a mí no me descargó nada”, explicó a La Nación.
Según relató, incluso cuando se producen lluvias intensas, el alivio es efímero. “Con este calor desaparece la humedad en un instante. Se tiene que producir como un microclima de humedad que nunca llega para que dure; porque al otro día se seca y está todo complicado”, sostuvo.
El productor contó que en los últimos días fue testigo directo de cómo se originan muchos de los incendios. “A una legua de mi campo [unos cinco kilómetros] se prendió fuego el campo del vecino. A mí me llovieron más o menos 10 milímetros y a él no le llovió nada, le cayeron los rayos y se prendió fuego porque hay mucho pasto seco”, relató.
En su experiencia, no solo los rayos explican el inicio de los fuegos. “En la ruta, los camiones viejos juntan hollín en el caño de escape y largan chispitas. Me estaban diciendo los brigadistas que de la ruta también saben salir los fuegos”, señaló.
En su caso, las picadas en el campo fueron clave para frenar el avance del incendio. “Tengo picadas de ocho metros internas, en total 16 metros, por eso se apagaron solos los fuegos”, explicó. El establecimiento está dividido en potreros y protegido con picadas y cortafuegos.
Por esas medidas, Mendiara logró evitar pérdidas de ganado, aunque advirtió que no todos corrieron la misma suerte. “Gracias a Dios no me ha matado hacienda, pero sé de productores que perdieron animales”, afirmó.
El viento como factor determinante en los incendios
La dinámica del viento es otro factor determinante. “Normalmente, con el viento sur viene la tormenta y caen rayos que provocan focos. Después cambia el viento y el fuego vuelve sobre lo quemado”, explicó, y agregó que la gravedad del incendio depende en gran parte de la altura del pasto y del monte.
Marcelo Rodríguez es productor agropecuario y vicepresidente segundo de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap). Coincidió, en diálogo con La Nación en que las condiciones climáticas extremas complican cualquier intento de control. “Con 39 grados es muy complicado”, resumió.
Aunque el sábado parecía que la situación estaba controlada, el viento volvió a encender las alarmas. “En los montes parece que el incendio está apagado, pero los vientos lo reavivan”, explicó. El lunes pasado la provincia envió un avión hidrante para reforzar el combate del fuego.
“El gran problema que tenemos hoy son los vientos. Los focos se van controlando, pero después se reavivan y continúan haciendo daño”, insistió Grun, en referencia a la inestabilidad permanente del escenario.
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