El 6 de enero, precisamente el Día de Reyes, hubiera cumplido 78 años; pero nos dejó tristes y solitarios aquel 29 de enero de 1997 cuando murió a los 54 (demasiado joven) por un cáncer de pulmón. A pesar de haberse iniciado tarde en el arte de las letras –su primera novela Triste, solitario y final fue publicada en 1973–, Osvaldo Soriano dejó su marca en la literatura argentina como creador de una obra en la que buscó construir la voz de esos perdedores solitarios, acaso desde una visión irónica de la realidad.
“El éxito verdadero es el cumplimiento de algunos de nuestros sueños y al fin de cuentas el único éxito es la felicidad, que es también la primera utopía”, dijo un año antes de su muerte quien fue uno de los escritores argentinos más leídos en el país desde los años 80, aunque nunca contó con la adhesión de críticos y académicos. ¿Para qué?
Todavía hay quienes en el Alto Valle cuentan de su amistad con el Gordo, como le decían cuando desde los 10 años vivió en Cipolletti y estudiaba en la ENET 1 de Neuquén y soñaba con ser delantero de la primera de un equipo de fútbol. Los paisajes y las vivencias en la zona están presentes en sus mejores relatos, fueron fuente de inspiración para su literatura.
Volver a sus libros, a sus artículos periodísticos, nos permite disfrutar de esa forma metafórica de retratar la realidad y a la sociedad argentina; de conjugar la ironía con la política, la historia nacional con el fútbol, con un estilo único. Una vez Soriano confesó que le hubiera gustado ser un escritor realista pero que nunca pudo serlo porque la Argentina era un país fantástico. Sin embargo, fue uno de los escritores que mejor supieron interpretar la realidad argentina.
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