Andrés Finzi: "Trato de ponerle palos en la rueda al virus VIH"

Un neuquino que se convirtió en un destacado científico. Andrés Finzi. De familia. Hijo de la pediatra alergista Laura Vega y el dramaturgo Alejandro Finzi, vive en Canadá desde hace 22 años.

Paula BistagnIno - Especial

Todo empezó en la mesa de la cocina de su casa en Neuquén. Andrés era un niño y su mamá, la médica pediatra alergista Laura Vega, desplegaba un pequeño laboratorio mientras preparaba una clase: él daba vueltas alrededor y le hacía preguntas. Años antes habían vivido un tiempo en Francia y ella, había tratado al primer paciente infantil infectado de VIH en aquel país. “De la conversación que tuvimos ese día, porque yo siempre estaba viendo e indagando, nació lo que soy y lo que hago hoy”, explica ahora, desde su laboratorio en Montreal, Canadá. Y aunque no se ve, por cómo se le escucha la voz, se podría adivinar que está sonriendo.

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Lo que Finzi hace ahora es investigar el VIH. Y es lo que ya sabía que quería hacer desde que a los 18 años decidió dejar Neuquén para irse a vivir a Canadá para estudiar la Licenciatura en Microbiología e Inmunología –luego se doctoró también de la Universidad de Montreal y se post-doctoró en Harvard-. Hoy es profesor de Virología e Inmunología en la Universidad y dirige su laboratorio en el Centro de Investigación del Complejo Hospitalario de la Universidad con un equipo de 15 investigadores y estudiantes.

Una familia de letras, música y ciencia

Además de su mamá pediatra alergista y sus investigaciones con lo que tenía a mano y mucho ingenio, Andrés habla con mucha admiración de su padre, el doctor en Letras, profesor jubilado de la Universidad Nacional del Comahue y dramaturgo ganador del premio Konex que, entre obras que le dieron renombre nacional e internacional, escribió un libro de cuentos titulado Historia de un abuelo que vive lejos de sus nietos: es que Alejandro tiene 6 nietos y están todos en Canadá. Porque además de Andrés y sus tres hijos Clara (13), Mathias (9) y Lionel (6), también su otro hijo, el cellista Daniel Finzi, se enamoró de una canadiense: vive en Quebec como músico profesional y tiene otros tres hijos. Andrés toca el violín, pero como hobby. Junto a su hermano, cuando eran chicos, tocaban en la Orquesta de Cámara de Neuquén.

Después de la primaria en el San Martín, Andrés siguió la secundaria en el Centro 12 hasta que a los 17 se fue por un intercambio estudiantil a Montreal un año y terminó allá el colegio. Ese año definió el resto de su vida: además de quedar fascinado con la vida de esa gran ciudad cosmopolita, se había enamorado de una canadiense, Gaëlle. Y no lo dudó: volvió, hizo los papeles y se mudó para siempre. “Nos conocimos en un ensayo de la orquesta sinfónica de jóvenes en la que tocábamos los dos y estudiamos en la misma Universidad. Ella es fonoaudióloga. Hace 22 años que estamos juntos y tenemos tres hijos”, dice. Afuera de su oficina hay 18 grados bajo cero. “Está hermoso -aclara que no es irónico-. Este tiempo es ideal para practicar esquí de fondo o patinar.

Sostiene Andrés que fue una suerte crecer con la certeza de lo que iba a querer hacer. “Primero supe que quería investigar, como mi mamá que hacía sus experimentos en casa buscando cuál era el factor que generaba rinitis alérgica a sus pacientes, y entonces desplegaba distintos elementos y probaba ahí en la mesa”. Y después, también por aquella conversación con su madre, supo que quería investigar sobre el VIH.

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¿Cómo es investigar el VIH hoy?

Lo que yo hago de manera general es tratar de ponerle un palo en la rueda al virus. Y primero, para poder hacerlo, tenés que saber el tamaño de la rueda, la cantidad de rayos que tiene, a qué velocidad se mueve, cuánto pesa y la distancia entre los rayos. Todo, para poder saber con qué palo la podés frenar. Entonces, es una pasión tratar de encontrar y entender cómo funciona el virus, porque solo así vamos a poder atacarlo. Eso es lo que estamos haciendo.

¿Existe la posibilidad de la cura?

Lo que nos dimos cuenta es que el VIH tiene una “capa de invisibilidad” que hace que sea invisible para el sistema inmunitario. Y entonces nos preguntamos cómo hacer para sacarle esa capa. Y encontramos una manera, se la sacamos de manera tal que entonces deviene visible y el sistema inmunitario puede atacarlo. Lo hicimos in vitro y funcionó muy bien. Eso ya lo publicamos en 2015 –por eso fue invitado a dar una TED TALK- y ahora lo estamos probado en modelos animales para ver si esta estrategia funciona in vivo.

¿Qué es lo próximo?

Recientemente hemos descubierto que cuando le sacamos la capa de invisibilidad, una parte del virus toma una forma vulnerable hacia los anticuerpos. Es eso lo que estamos probando en animales, qué pasa cuando estabilizamos esa forma in vivo? Podemos controlar al virus? Puede esto ayudar a generar una cura funcional? Solo los experimentos lo dirán. Esto lleva tiempo y no está bien generar ilusión o expectativas cuando no se conoce con certeza el resultado.

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La tarea de un investigador es insistir en algo años y años para quizá algún día encontrar lo que se busca. ¿Qué es lo que te impulsa cada día?

Entender cómo funciona este virus es importantísimo, pero eso es algo frío si uno lo piensa solo como un avance del conocimiento. Yo estoy trabajando en algo que sé que afecta a millones de personas en todo el mundo y que está haciendo estragos: hubo más de 70 millones de personas infectadas, 33 millones de personas infectadas han muerto, 1.8 millones de personas cada año son infectadas. Y de 37 millones infectadas hoy, 23 tienen acceso al tratamiento, pero hay 14 millones de personas que no reciben lo que pueden salvarles la vida. En Canadá, por ejemplo, tenemos seis nuevas infecciones cada día. Desde lo humano es terrible. Yo soy muy consciente de que estoy trabajando en eso. No es solo un desafío intelectual. Yo pienso en estas personas.

Es una pasión tratar de entender cómo funciona el virus, porque solo así vamos a poder atacarlo

¿Cuál es tu sueño?

Investigar es mover las fronteras de lo que se sabe, del conocimiento, para sumar un granito de arena a una montaña enorme, en la que están todos los granitos de arena que aportan otros. Pero Sería un sueño poder contribuir, con mi granito de arena, a solucionar este problema enorme. Y eso no es ni una persona ni un equipo. Son 30 años de investigación en los que muchísimas personas han trabajado. Esto empezó antes de mí y va a seguir después. La ciencia es una larga tarea incansable y continua. Por eso también yo estoy formando estudiantes de maestría, doctorado y postdoctorado que vienen de Francia, Australia, Canadá, Arabia Saudita, China… Muy diferentes lugares del mundo. Mi sueño es que los estudiantes que pasaron por el laboratorio sigan en la tarea, en cualquier lugar del mundo. No es que no hay vacuna porque la comunidad científica no lo ha intentado. La investigación está avanzando.

La argentinidad a cuestas

Andrés no duda: está enamorado de su vida en Montreal. “Es una ciudad vibrante, multicultural con una vida maravillosa, una gran comunidad científica universitaria, con cuatro grandes universidades que reúnen alrededor de 200 mil estudiantes universitarios”. Y, por supuesto, además está su familia: “Canadá en general y Montreal en particular es un buen lugar para la vida, porque se vive tranquilo y con muchas posibilidades. Pero además de que los chicos vayan y vengan solos de la escuela, es hermosa la naturaleza”. Ahora están esperando que se congele el lago del pueblo en el que viven, que es en las afueras de la ciudad, y que dice que es como el “potrero” de allá, solo que en vez de jugar a la pelota, juegan al hockey y patinan. “No se vive el frío con encierro. Y el verano, claro, es espectacular, pero también otoño y primavera son hermosos. Y la gente es muy amable y generosa”, define.

Qué lugar ocupa hoy Neuquén en tu vida?

Neuquén es parte de mi vida porque allá están mis viejos y porque son todos mis recuerdos de infancia. Las bardas, el paisaje, todo eso está impreso en mi código genético. Uno lleva consigo eso, claro. Aunque mi casa es acá, y llevo más de la mitad de mi vida acá, yo llego allá y estoy en casa también.

Además de los sentimientos y las imágenes, hay dos cosas que dice muy argentinas que no se pudo sacar de encima: el mate que toma todos los días y el hablar rapidísimo.

Si bien volvió varias veces al país solo, recién en 2017 hizo el gran viaje familiar a Neuquén con su mujer y sus tres hijos. “Estaban felices de que podían hablar en español, al fin les servía para algo que el padre les hablara su lengua desde que nacieron. Pero además fuimos a Las Grutas y al Valle de la Luna, cerca de Roca, y Mathias, que es fanático de Star Wars, creía que estaba en Tatooine. Los chicos me reclaman alfajores y pan con chicharrones y ahora me están pidiendo que les haga los trámites de la ciudadanía argentina”.

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