Eduardo Talero: el destierro de un poeta romántico y rebelde

Fue condenado a morir fusilado en Colombia por orden de su tío, el presidente de ese país. Tuvo una vida de aventuras por América, pero eligió a Neuquén para vivir. La fuga de presos de 1916 marcó su destino.

“Aprovéchalo, que esta es una de las últimas comidas de tu vida; mañana te espera el pelotón”, dijo el guardia con una sonrisa y deslizó por debajo de la puerta de la celda un plato sucio que tenía algo pegoteado y caliente.

Eduardo Talero ni siquiera lo miró. Permaneció recostado en el camastro con la mirada perdida en algún punto del techo de aquella mazmorra gris, húmeda y lúgubre. Intentó imaginarse un poema o alguna mágica combinación de palabras, pero no hubo caso. Nadie en su sano juicio estaría entusiasmado en una creación poética sabiendo que al otro día lo fusilarían. Y encima de manera injusta. Increíblemente injusta.

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Eduardo Talero tenía 25 años cuando fue encarcelado bajo los cargos de conspiración contra el gobierno de Colombia que hasta hace pocos meses encabezaba su tío, el general Rafael Núñez. Precisamente el hermano de su madre ordenó la detención y lo condenó a la pena de muerte, por rebelde y sedicioso.

Lo acusaban de ser uno de los cabecillas de aquellas multitudinarias manifestaciones que se venían haciendo en distintas ciudades de Colombia en contra de los cambios que impulsaba su tío, en el cuarto mandado como Presidente.

No se vivían tiempos tranquilos en ese país a finales del siglo XIX. Los choques en las calles ya habían dejado decenas de muertos en una guerra civil no declarada, que había surgido de manera casi espontánea entre los círculos de intelectuales.

El origen del conflicto estaba en la decisión de Núñez de terminar con el federalismo de los Estados Unidos de Colombia, para hacer un país más centralista, unitario y conservador, a través de una resistida reforma de la Constitución Nacional. Eso es lo que había disparado las protestas en las calles. Colombia estaba dividida. Y esa división había alcanzado a la familia Talero.

Eduardo podría haber seguido la carrera militar igual que su tío y su padre, pero desde muy joven se inclinó por las ciencias sociales. Antes de cumplirla mayoría de edad se recibió de abogado mientras que en forma paralela se dedicó a la poesía y a la literatura, dos actividades que también lo apasionaban.

Ese día en aquella celda de la cárcel de Bogotá pensó una y otra vez que su suerte estaba echada y que su vida se iría apagando con el correr de los minutos. Al día siguiente se enfrentaría a un pelotón de fusilamiento junto a otros rebeles que como él estaban encarcelados bajo la misma acusación. Nada hacía pensar que podría ser indultado. Por una enfermedad, su tío Rafael había dejado el cargo provisoriamente en manos de su vicepresidente Miguel Antonio Caro, con quien no tenía relación alguna. Las posibilidades de que lo perdonaran eran remotas.

Lo que no sabía Eduardo es que, enterada de su detención, su madre Betsabé había emprendido un largo peregrinaje a través de distintas regiones colombianas para reunirse con su hermano, en la ciudad de Cartagena.

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La mujer cabalgó a lomo de mula y a caballo. Navegó en un lanchón por el río Magdalena hasta que finalmente llegó a la residencia de su hermano.

“¡Es mi hijo, Rafael; y yo soy tu hermana!”, le dijo Betsabé, frente al convaleciente anciano de mirada fría. “¡Tiene que haber una forma de perdón!. ¡Tienes que tener corazón, Rafael!”, le imploró.

La reunión no fue demasiado extensa. El hombre poderoso de Colombia se levantó de su sillón, caminó con los brazos cruzados en la espalda hasta la ventana de su residencia, miró el paisaje de la ciudad y después de unos segundos de silencio, volteó, la miró y le dijo la frase que la mujer tanto estaba esperando. “Le perdonaré la vida, pero no quiero que viva más en este país”.

Ese mismo día Rafael Núñez se comunicó con el Presidente Caro a quien le solicitó el indulto para su sobrino Eduardo. La circular que llegó 24 horas después a la cárcel de Bogotá ordenaba transportar al rebelde hasta Cartagena, subirlo a un barco “sin ninguna consideración y descargado o arrojado de la embarcación en el primer puerto de destino”. Así comenzó la otra vida de Eduardo Talero.

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Humillado por el destierro, dolido por las injusticias de su patria, el joven abogado y poeta inició un largo viaje por distintos países del continente americano. Estuvo en las ciudades de Maracaibo, Caracas, San José de Costa Rica, Santiago de Cuba y Nueva Orleans donde tendría contacto con distintas personalidades del arte y el pensamiento latinoamericano. Tuvo la suerte de conocer a Rubén Darío, Amado Nervo, Jorge Isaacs y Enrique Gómez Carrillo con quienes compartió poemas y escritos y entabló una larga amistad.

Durante su paso por Chile conoció a una joven de la que se enamoró perdidamente y se casó. Se llamaba Ruth Reed, hija de un reconocido arquitecto que había desplegado una amplia obra en países de Latinoamérica. Ese mismo año, Eduardo Talero se radicó en Buenos Aires donde trabajó como periodista para los diarios El Sol y la Nación y viajó por varios países del mundo como corresponsal.

Todo hacía pensar que el cambio que tuvo su vida había sido positivo, lejos de su Colombia natal y de los problemas con su tío el Presidente, que casi le costaron la vida. Sin embargo, el destino tendría otra aventura para darle.

Dos años después de ser nombrado en Buenos Aires como Cónsul General de Ecuador, las autoridades nacionales le hicieron un ofrecimiento: hacerse cargo de la secretaría de la Gobernación del Territorio de Neuquén, cuya sede administrativa estaba ubicada en un pueblo llamado Chos Malal, aunque en ese lugar estuvo nada más que un año debido a la decisión de las autoridades de trasladar la capital a un Paraje llamado Confluencia.

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Neuquén era un pueblo desértico y polvoriento, aunque tenía contrastes encantadores. Estaban las bardas inmensas con médanos interminables, pero también, dos ríos maravillosos que las limitaban.

Talero quedó fascinado especialmente con el Limay, más manso y con agua más cristalina que el Neuquén. Y cerca de ese torrente decidió construir su casa, aunque con una particularidad: la obra tendría que tener algo al estilo de los castillos europeos.

Dos arquitectos españoles fueron los encargados del proyecto que finalizó en 1911 y que fue bautizado como “La Zagala”.

El caserón de ladrillo y piedra llamaba la atención en el pueblo donde predominaban las casas bajas y humildes en medio del arenal. Tenía espacios muy amplios, techos altos y las puertas y ventanas se mezclaban entre arcos y ángulos rectos. Pero lo más llamativo de la construcción era una torre de 14 metros de altura con un altillo intermedio donde el poeta pasaría largas horas con su pluma y la inspiración del paisaje.

“Los guijarros esgrimían llamaradas de reflejos... La arena incinerada hervía... las hojas pugnaban por agacharse a buscar sombra unas tras las otras... Los pájaros volaban presurosos como si temiesen quemarse las alas en el aire. Las nubes eran bloques de acero a punto de derretirse...”, fue la descripción del pueblo que hizo Talero en uno de sus primeros escritos sobre la capital.

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En esa casona pasó sus mejores días de felicidad, junto a su mujer y su hijo, tratando de conocer el territorio, más allá del pueblo donde había echado raíces. Por este motivo realizó numerosos viajes al interior profundo para saber de los pobladores que vivían allí, de sus deseos y necesidades. Estaba intrigado por la cultura local y, fundamentalmente, maravillado con cada paisaje que conocía a medida que recorría los rincones de Neuquén.

Su enamoramiento con este lugar que le había dado asilo, luego de haber viajado por varios países del mundo, se reflejó en una “Leyenda neuqueniana” escrita en 1907: "Roma desde San Pedro, París desde su torre Eiffel y Nueva York desde la mano derecha de su Libertad, no pasan de menguadas tolderías junto a este panorama de la cordillera neuqueniana, visto desde la cumbre del Domuyo".

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Eduardo Talero ocupó distintos cargos dentro de la administración del territorio neuquino, pero hubo uno en particular que marcaría su vida para siempre.

La fuga de presos de 1916 y el posterior fusilamiento en Zainuco lo encontró como Jefe de la Policía y fue él quien tuvo que asumir la responsabilidad por las consecuencias que había tenido aquel sangriento escape.

El periodista Abel Chaneton ya había denunciado que los reclusos no murieron en un enfrentamiento, sino que habían sido asesinados a sangre fría por la Policía, aunque el gobernador Eduardo Elordi avalaba la versión de la fuerza.

En aquel momento la fuga de la cárcel se había convertido en escándalo que había traspasado las fronteras de Neuquén.

Talero no quería que su nombre quedara manchado por aquel crimen y por este motivo le solicitó en vano al gobernador una y otra vez que se reabriera el caso y que se hiciera una investigación imparcial sobre lo que realmente había sucedido.

La negativa de Elordi, la tensión que se había producido y el sorpresivo asesinato de su amigo Chaneton, afectaron severamente su salud.

Eduardo Talero finalmente dejaría el cargo y el gobierno promocionaría como reemplazante al comisario Adalberto Staub, justamente el hombre que había perseguido a los presos hasta Zainuco y había participado en aquella masacre.

Ese mismo año, en 1917, el poeta colombiano abandonó la capital para trasladarse a Buenos Aires en busca de un tratamiento para su delicado estado de salud, aunque moriría allí cuatro años más tarde.

Como tantos pioneros del territorio de Neuquén, Eduardo Talero tuvo una vida de película. Fue un poeta romántico, un rebelde en la tierra que nació y que lo expulsó para siempre, y un luchador incansable contra las injusticias en otro lugar donde también sufrió el destierro.

Hoy una calle de la ciudad lleva su nombre. Y una vieja torre que encierra su historia.

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Las fotos de Eduardo Talero que ilustran esta página pertenecen a su nieta, Marta Talero)

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